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Una constitución por conocer

A un siglo de la Constitución de 1917
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Venustiano Carranza en el Constituyente de 1917. Foto: Archivo Casasola

Hace un siglo que se promulgó la Constitución que dicta, de una forma u otra, las leyes de nuestro país. Con motivo de este centenario se realizarán eventos y actividades para celebrar la efeméride. Instituciones gubernamentales, como la Suprema Corte de Justicia o El Senado de la República, y académicas o culturales interesadas en el tema, como el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM o el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México –INEHRM–, se darán a la tarea de conmemorar la Constitución con una amplia oferta de conferencias, programas de televisión, libros y artículos. Todo ello es muy loable. La Constitución merece y debe ser conmemorada. Pero más que conmemorarla conviene conocerla.

No me refiero simplemente a la lectura del documento jurídico, centenario, que se encuentra en vigencia, y que ha recibido tal número de reformas que su extensión prácticamente se ha triplicado. Tanto así, que reconocidos juristas mexicanos opinan que el texto llega a ser “oscuro, confuso, inaccesible” (una notable labor por combatir esa “oscuridad” es esta versión “reordenada y consolidada” del texto constitucional llevada a cabo por destacados académicos). Me refiero, en específico, a que no sólo debe conocerse el texto como tal sino también su historia. Es decir, los procesos que la originaron y el contexto social y político que le dieron vigor en la vida real.

Las circunstancias que le dieron forma a la imperante Carta Magna se remontan no al año de 1917, en que fue promulgada, sino que derivan de un proceso cuyos orígenes se encuentran en uno de los episodios más complicados de la historia nacional: La Decena Trágica, cuartelazo ocurrido cuatro años antes, en febrero 1913.

En rigor, cuando Huerta depuso a Madero y Pino Suárez del poder Ejecutivo hubo quienes no reconocieron su usurpación y le declararon, literalmente, la guerra. El mayor y más famoso de esos personajes fue Venustiano Carranza, quien fuera gobernador de Coahuila. La historia de cómo los ejércitos constitucionalistas, encabezados por Pablo González, Álvaro Obregón y, principalmente, Francisco Villa, derrotaron al Ejército Federal de Huerta no es tema para esta ocasión; sin embargo, debe destacarse que si bien esos ejércitos revolucionarios se levantaron con la misión de “coadyuvar el sostenimiento del orden constitucional”, o sea, hacer respetar la constitución de 1857, la realidad pronto hizo patente la necesidad de reformas sociales para beneficio del pueblo.

Con la derrota de Huerta se dio la ocasión de organizar una Convención que fracasó en la tarea de generar un programa de gobierno nacional debido a las enemistades entre caudillos –Villa, Zapata y Carranza– pero también por los contrastes entre las diversas posturas adoptadas para gobernar al país. Dicha escisión entre revolucionarios condujo a una guerra civil conocida entre los historiadores como la guerra de facciones, “la guerra de los ganadores”.

De nuevo, sobra describir cómo o por qué Villa fue derrotado por las fuerzas de Obregón, el general más sobresaliente de las fuerzas carrancistas, en el Bajío. Lo importante para el caso es reconocer que tras esos acontecimientos la facción “carrancista” o constitucionalista impuso su dominio en la mayor parte del país y obtuvo las condiciones necesarias para crear las reformas sociales que se esperaba que la Revolución diera al pueblo de México.

Así, con gran parte del territorio nacional en calma, y ya con el reconocimiento diplomático de Estados Unidos, Carranza y los principales intelectuales del constitucionalismo comenzaron la tarea de reformar la Constitución de 1857 -activa durante poco más de medio siglo en comparación con su sucesora que le lleva, hasta hoy, el doble de edad.

Para ello se encargó un anteproyecto a Luis Manuel Rojas y José Natividad Macías, notables juristas de la época y colaboradores del gobierno preconstitucional de Carranza desde la segunda mitad de 1914. Al Anteproyecto siguió la convocatoria a elecciones –y las elecciones, obviamente– de diputados Constituyentes quienes se encargarían de reformar la Constitución en el último tercio de 1916.

Los diputados electos representaban casi a la totalidad del país y sesionaron durante dos meses –diciembre de 1916 y enero de 1917– para dar al país una Constitución que superaba, por mucho, el moderado Anteproyecto carrancista y que daba solución, o procuraba hacerlo, a los problemas nacionales que se arrastraban desde principios del Porfiriato y que habían llevado a que las masas se levantaran en armas.

La Constitución de 1917 tiene su origen en la Revolución Mexicana, en la vida y muerte de hombres y mujeres que lucharon por mejores condiciones tanto de vida como de trabajo para los mexicanos. Por tanto, antes que festejarla por mera inercia debemos reconocer esa deuda que tenemos con los revolucionarios, sin importar su ’facción’, ya que las ideas, tanto de vencedores como de vencidos, influyeron los debates en Querétaro y se concretaron en la Carta Magna de 1917, que es sin duda la mayor herencia de la Revolución mexicana.

Por último, debe quedar claro que la longevidad  de la Constitución se debe a varios factores: la estabilidad de un partido político en el poder durante más de medio siglo, el gran número de reformas que se le han hecho pero, sobre todo, los principios que abanderó, avanzados incluso para la época en que se redactaron: soberanía de la nación sobre sus recursos naturales, derechos obreros, ratificación de libertad de culto, educación laica y gratuita. Derechos que la Constitución de 1857 remotamente habría contemplado y que hacen de la Carta de 1917 un documento central de nuestra historia.

Ya llegará el día en que la Constitución sea examinada a detalle para determinar si sigue siendo o no un faro en la vida del país. Mientras tanto, más vale conocer su historia para apreciarla pese a sus deficiencias y defectos. Este Centenario nos invita, como nunca, a mirar la Carta Magna como el producto de un proceso histórico que, aunque remoto, tiene gran influencia en nuestras vidas y no sólo como el resultado dos meses de debates y ‘dimes y diretes’ entre políticos.

Aníbal Peña

 

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