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100 fotografías de Juan Rulfo

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“Árbol” de Juan Rulfo. Fotografía: Archivo de Clara Aparicio / Editorial RM

100 fotografiasJuan Rulfo ve, se detiene y observa, mira lo que miraba de niño, congela el tiempo en su tiempo, el instante de su tiempo, vemos lo que vio y por un momento somos Juan, vamos a donde él fue. Se siente la tierra, el viento, la lejanía; vemos el México que desde hace cientos de años es así. Ha habido cambios, claro, pero en esencia es el México que ha rodeado y quizá determinado la vida de muchas generaciones, de individuos cuyo nombre se perdió en el tiempo, es el México que también lo rodeó a él y que no lo olvidó. Rulfo detiene la pátina y conserva la memoria de todos. “Aquí era así”, nos dice. La vida cotidiana, la vida que avanza entre iglesias, ruedas, montañas y amigos.

A Juan lo consideran dos Juanes o tres, tal vez cuatro. Hay quien dice que los Juanes no se relacionan y otros dicen que están evidentemente vinculados, pero olvidan que no son varios ni diferentes, que siempre fue uno, el mismo, con intereses y gustos particulares. Dicen que Rulfo tenía mucho que decir y más bien, encontró que hablar con distintas voces era la solución. De su voz más famosa conocemos el llano, a Pedro y quizás al gallo; de ella se valió para decir lo que quería, creó imágenes presentes en la memoria de muchos; con ella le habló al mundo y fue a lugares insospechados. A través de su voz visual pareció darles rostro a sus personajes, se encargó de crear imágenes nuevas con las que ofreció un archivo vasto del México que admiraba, además exploró las posibilidades que la ilusión del movimiento le ofrecía a la creación de historias y plasmó su voz en grabaciones, tal vez porque es otra forma en que la existencia permanece. A Juan se le puede considerar como un hombre inagotable, curioso por explorar distintas formas de expresión y distintos paisajes. En su texto titulado “Donde no hay palabras”, parte del libro 100 fotografías de Juan Rulfo que aquí se reseña, Daniele De Luigi cita a Alberto Vital cuando afirma que Rulfo “optó por la literatura: porque la fotografía por sí sola no le permitía decir todo lo que necesitaba”.

100 fotografías de Juan Rulfo comprende una magnífica selección de imágenes donde están presentes algunos de los géneros que el también fotógrafo abordó: la arquitectura, la vida de los pueblos, paisajes naturales y retratos de artistas, amigos y familiares que han pasado al lado de la vida pública del escritor. El libro nos permite a su vez contemplar lo que al autor de Pedro Páramo y El llano en llamas le interesaba de su país y nos devuelve una visión de cómo era él, el Juan creador de imágenes visuales y no sólo literarias.

Es la pluma de grandes conocedores de Rulfo, quienes crean los textos para este libro, como Víctor Jiménez, arquitecto y amigo que conservaba gran parte del archivo fotográfico del escritor jalisciense; Andrew Dempsey, quizás el que conoce mejor su desempeño como fotógrafo, y Daniele De Luigi, historiador italiano que participara en la selección de las piezas para otros proyectos en torno a las creaciones del escritor mexicano. Son ellos los que se encargan de contarnos acerca de su infancia, su pueblo, sus intereses y sus conocimientos, sobre lo que pensaba de él mismo. Aquí Juan habla de Henri y Nacho, grandes maestros de la plata y la gelatina, y sin quererlo se refiere a él, en sus palabras trasluce su forma de pensar y ver las cosas. Los textos presentes en esta edición son los que nos ayudan a conocerlo un poco más a partir de lo que otros veían en él. Así, publicaciones como ésta evitan que la memoria borre la existencia de Juan Rulfo.

Como siempre, la editorial RM nos brinda un libro que es un placer tenerlo entre las manos y se disfruta visualmente gracias al gran cuidado que tuvieron en su producción. Sin duda, nos recuerda que Juan cumple 100 años porque, como muchos de sus personajes, nunca ha dejado de estar presente.

Análisis: Luisa F. Arellano y Gerardo Suzán
Redacción final:
Luisa F. Arellano

Sobre el fotógrafo

3337-1-12_33_42Juan Rulfo (16 de mayo de 1917, Sayula, Jalisco-7 de enero de 1986, Ciudad de México) creció en San Gabriel donde recibió las primeras lecciones de lectura durante una infancia marcada por la muerte temprana de sus padres. Más tarde viajaría a la Ciudad de México donde asistió a la Facultad de Filosofía y Letras y tomó cursos de literatura, historia, antropología y geografía de México. Empezó a publicar cuentos en revistas y a ejercitarse como fotógrafo. En 1953 publicó El llano en llamas, y en 1955, Pedro Páramo, mismos que lo harían célebre casi de inmediato. De ahí en adelante se dedicaría a escribir guiones, tomar fotografías, pero ya no a publicar libros completos. Los últimos años de su vida los pasaría como funcionario del Instituto Nacional Indigenista. Desde entonces, su obra se ha convertido en un pilar de la literatura mexicana.

 

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