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150 años: “El Capital” de Marx

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Un ejemplar de la edición de 1867 de “El capital” (“Das Kapital”) exhibido en el Deutsches Historisches Museum de Berlín. Foto: Especial.

En septiembre de este año se cumplieron 150 de la publicación del primer tomo de El Capital. Crítica de la economía política, una obra tan voluminosa e intrincada, desde distintas perspectivas, como fascinante. Legado para el pensamiento, en general, y las ciencias económicas, en específico, en tanto detonador de múltiples lecturas y encarnizados debates, como libro-objeto de culto al que se le atribuyen poderosos y peligrosos secretos y, con menor frecuencia, el fruto de la genialidad de un humanista perspicaz en medio de los acelerados cambios políticos y económicos de la Europa del siglo XIX.

A lo largo de su primer siglo y medio, ese primer tomo, la investigación preliminar (los Grundrisse de 1957-1958) y sus subsecuentes dos tomos (1885 y 1894), éstas últimas publicaciones póstumas, no han dejado de ser leídos, traducidos e interpretados, a veces como manual dogmático, otras de maneras más creativas, siempre a raíz de sensibilidades y tiempos cambiantes. Marx, Capital and the Madness of Economic Reason (2017), del geógrafo David Harvey, por citar un ejemplo reciente, es una defensa de su vigencia a la luz de la crisis financiera de 2008. Tampoco se podría ignorar el guiño de Thomas Piketty en su consagrado análisis sobre el vínculo indisoluble entre capitalismo y desigualdad en El capital en el Siglo XXI.

El Capital fue una obra de muy lenta gestación, un fantasma a lo largo de la vida de Marx, cuyo plan modificó en numerosas ocasiones. Sus biógrafos insisten en las duras condiciones en las que concluyó el primer tomo en 1867: una situación sumamente precaria para él y su familia, con problemas recurrentes de salud que iban desde una afectación hepática hasta forúnculos que le impedían sentarse; y, desde luego, fueron necesarios innumerables cigarrillos de pésima calidad. Nunca concluyó la obra en su totalidad. El Tomo I es sólo una fracción del material que dejó en fragmentos, cuadernos de notas y manuscritos. A partir de estos textos en una críptica caligrafía, Friedrich Engels dedicaría la mayor parte del resto de su vida a descifrar, editar y publicar los Tomos II y III.

Al dedicado trabajo de edición, reescritura y culminación de Engels, se suman las intervenciones de sus múltiples traductores. Algunos especialistas han denunciado las dificultades de comprensión ligadas a simples errores de traducción, por ejemplo en su versión al español. A pesar de ser una obra compleja, cuya inmersión exige dedicación y esmero, El Capital provee un valioso marco de referencia y conceptos sugerentes para entender rasgos fundamentales de ese constructo histórico que llamamos “capitalismo”.

 

Uno de esos conceptos es el “fetichismo de las mercancías” o sea, en palabras de Marx, cómo en el capitalismo “establecemos relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas”. El capitalismo tiende a naturalizar su principal mecanismo de funcionamiento: la brecha entre la producción y la distribución del valor y la plusvalía, cuya fuente única es el trabajo. El “velo de las relaciones de mercado” hace que las mercancías y el dinero medien nuestras relaciones. La obsesión de los políticos por el crecimiento del PIB per se es un ejemplo en boga de ese fetichismo. Al no ser intrínseco a los bienes o servicios sino el resultado del trabajo, el valor es sobre todo un conjunto históricamente definido de relaciones sociales. La manera cómo atribuimos valor es una obsesión que Marx decodifica en El Capital, principalmente, a partir de tres dimensiones: sustancia (trabajo abstracto), cantidad (tiempo de trabajo socialmente necesario) y expresión latente (valor de cambio).

Otro hallazgo es la tendencia capitalista a la concentración de los medios de producción, su paulatina expansión y reconversión en el mercado mundial, o lo que hoy llamamos globalización. Según Marx, el capitalismo es dinámico y genera nuevos tipos de organización, sistemas legales e instituciones, pero también desequilibrios y conflictos, que desembocan en crisis periódicas. Si el dinamismo del capital recae en su capacidad de expansión y precarización, dentro y entre las naciones, el conflicto es uno de sus rasgos distintivos. Las crisis bajo el capitalismo nunca son meramente “financieras” o “monetarias”, sino fruto de contradicciones y desigualdades más profundas.

¿Es El capital una obra de economía, filosofía, historia o sociología? Quizás esa mirada original sea una de sus principales fortalezas. ¿Es un libro normativo, analítico o un documento histórico? Cuidémonos de exagerar la ruptura entre el joven Marx humanista de Los Cuadernos de París (1844) y el Marx científico de El Capital. ¿Qué sentido tiene repetir –en palabras de José Guilherme Merquior– la grotesca fábula del dilatado nacimiento del verdadero Marx? Resulta demasiado elemental transponer la fragmentación del marxismo a la obra y el pensamiento de Marx.

Las múltiples tablas y recuadros en El Capital revelan las ambiciones científicas de Marx, pero la razón subyacente se encuentra en la famosa tesis 11 sobre Feuerbach: “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Una reflexión social que acepta acríticamente el orden existente carece de una de sus condiciones de validez. Sin duda, una de las fuentes de la incuestionable fuerza de El Capital es su proyecto moral de carácter utópico, que a su vez retoma y reforma de la economía política de Adam Smith y David Ricardo.

Werner Blumenberg, uno de los múltiples biógrafos de Marx, sostiene que el prolongado nacimiento de El Capital se origina en una tensión entre el engagement político y la crítica radical al statu quo burgués, por un lado, y su incuestionable franqueza intelectual, por otro. Como buen hombre decimonónico, su compromiso irrenunciable con la verdad impide cualquier atajo en sus razonamientos o en el análisis de los innumerables materiales empíricos recopilados en el Museo Británico. En El Capital subyace la convicción de que el humano es un “ser social”, cuya dignidad y libertad contra toda forma de alienación debe ser alcanzada mediante la verdad.

Santiago Ruy Sánchez – Maestro en ciencias políticas por El Colegio de México.

 

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