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A una década del adiós a Bergman

Ingmar Bergman, 1972. Foto: Bo-Erik Gyberg.

Ingmar Bergman, 1972. Foto: Bo-Erik Gyberg.

“No soy aquel que creen que soy. No soy, tampoco, aquel que creo ser. Pero si el público cree saber que sabe quién es uno, debemos dejarle creer que lo sabe. Que la gente continúe creyendo que pego a mis actores, o bien por el contrario que los dirijo con dulzura. Lo que pienso de mí mismo no tiene, en el fondo, ninguna importancia, puesto que, de todas maneras, han tomado la costumbre de considerarme como un bicho raro…”

Ingmar Bergman

 

En tiempos en los que se habla de la gloria del cine escandinavo y de los triunfos alrededor del mundo de los directores nacidos en esa parte del norte de Europa, no viene mal voltear al pasado y recordar al pionero que comenzó a construir esa reputación de calidad y éxito. Hoy, cuando los nombres propios de Von Trier, Hallström, Östlund, Winding Refn o Vinterberg suenan en los festivales más importantes del planeta, es justo decir que todos son, de manera directa o indirecta, herederos del cine de un gran maestro, del mítico trabajo de Ingmar Bergman (Suecia, 14 de julio de 1918- 30 de julio de 2007).

Hijo de un pastor luterano ultraconservador y adorador de las marionetas desde su más tierna infancia, la leyenda de Bergman inicia con su precoz entrada al mundo del teatro; primero como asistente de dirección y dramaturgo, luego como el más joven director de Helsingborg, para luego encabezar proyectos escénicos en Malmo, Gotemburgo y Estocolmo. Ahí, desde las tablas, entendió que lo suyo era la dirección y que ya fuera en un escenario, en el cine o incluso en la televisión, lo que en verdad importaba era la solidez del texto y trabajar con los actores.

De su desempeño como pez en el agua en distintos soportes de la imagen en movimiento, nace una de esas famosas frases que se le atribuyen y casi nadie tiene claro si dijo realmente: “El teatro es mi mujer fiel, mientras que el cine es mi costosa amante”.

Lo cierto es que, como sucede en el caso de otros grandes cineastas como Roman Polanski, Kim Ki-duk o Pedro Almodóvar, un director es su propia historia y la infancia del niño Ingmar va a permear de una manera innegable en la obra de un artista que desarrollaría su propio estilo no sólo a través de las obsesiones y temas que se repetirán a lo largo de su carrera teatral, cinematográfica y televisiva, sino también en el desarrollo de una gramática audiovisual muy particular.

Así, el universo metafísico de la religión, cargado de conceptos como pecado, castigo, perdón o redención, se traduciría en pantalla con espectaculares primeros planos que desnudaban a sus personajes simbólicamente y revolucionaban para siempre el concepto del movimiento interno del personaje en el cine.

Del mismo modo, la familia, Dios, la muerte, el dolor o el amor eran pretextos para explorar los límites de sus socios creativos a los que exigía, al menos, el mismo nivel de compromiso que él estaba dispuesto a aportar. De entre todos ellos, seguramente el más fiel fue su cinefotógrafo, Sven Nykvist, que trabajó con él en 22 películas y después colaboraría con maestros como Andrei Tarkovski o Woody Allen.

Un ritmo pausado, deliberadamente lento y plagado de imágenes simbólicas y poéticas, representaba a la perfección los retratos íntimos, complejos y enigmáticos de los inolvidables personajes que Bergman construyó como una metáfora en movimiento de la desesperanza y la incomunicación que lo persiguió toda su vida. Una fábula sin moraleja de su deseo inalcanzable de construir un hogar y tener un lugar al cual regresar. Una ambición que, a nivel geográfico, se concretaba en su casa de la isla báltica de Färö, y en el terreno emocional, en sus incontables matrimonios y parejas con las que tuvo a sus nueve hijos reconocidos. Una multitud de seres queridos que, paradójicamente, parece nunca consiguieron que el genio dejara de sentirse solo.

A 10 años de que lo sorprendiera la muerte, por encima de la leyenda urbana y el personaje, queda su obra: una colección de retratos descarnados que lo mismo desde sus montajes escénicos -de los cuales hay poco registro-, que del cine y la televisión, dan fe de una manera diferente e innovadora de entender la narrativa desde lo teatral y audiovisual. Se incluyen ahí obras maestras como El séptimo sello, Gritos y susurros, Fanny y Alexander, Persona o Fresas salvajes, pero también pequeñas joyas infravaloradas como Sonrisas de una noche de verano o Secretos de un matrimonio, que en su sencillez se traducen como cine puro. En todas ellas es patente una demoledora capacidad para retratar lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y un talento natural para conmover a partir de los diálogos y el silencio.

Heredero natural de dos genios del teatro, Ibsen y Strindberg, Ingmar Bergman se convertiría en pionero y gran referente del cine nórdico a fuerza de un trabajo espléndido y de una colección de premios en Cannes, Berlín, Venecia o Hollywood.

Revisar el palmarés del festival de cine de Cannes de este año y encontrar una película sueca como la gran triunfadora nos obliga a recordar a Bergman y a reconocer que sigue más vivo de lo que creemos.

El More – Socio en Productora Los Olvidados, profesor de la Universidad Iberoamericana y conductor del programa radifónico El cine y…, de la estación Ibero 90.9

 

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