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Braulio Peralta: 40 años de activismo, crónica y cultura gay

El escritor Braulio Peralta. Foto: Alfonso Navarrete.

A Braulio Peralta le interesaba escribir sobre la historia del movimiento LGBTTTI en México y en concreto sobre las personas que han trabajado por darle visibilidad; quería mostrar cómo viven, qué sienten, qué hacen en su día a día. El clóset de cristal y Otros nombres del arco iris son resultado de esas inquietudes, libros donde se ven reflejadas generaciones de hombres y mujeres que lucharon por años para obtener derechos ante una sociedad que los ha negado sistemáticamente y donde destacan nombres como el de Carlos Monsiváis, el intelectual público más sobresaliente de la cultura mexicana en la segunda mitad del siglo XX.

Hay un Monsiváis poco conocido para la mayor parte del público, el hombre que coescribió junto a Nancy Cárdenas el famoso Manifiesto en defensa de los homosexuales de México, historia que Braulio Peralta cuenta en El clóset de cristal: “Ese libro lo hice muy cerebral, muy puntilloso, a conciencia, porque al personaje que tocaba era muy delicado y no quería que la familia, los amigos, tú sabes… de por sí a mucha gente no le gustó el libro por polémico. Nadie, hasta hoy, lo ha desmentido”.

Al terminar este libro sobre el autor de Días de guardar, Braulio Peralta aún tenía material de sobra para escribir sobre aquellos personajes valientes y contradictorios que expresaban sus formas de ser y vivir en la clandestinidad. En los 70 surgieron colectivos en defensa de los derechos humanos de la comunidad LGBTTTI y Peralta cuenta sus historias en Otros nombres del arco iris, en cuyas páginas desfilan nombres como el de Juan Jacobo Hernández, Henri Donnadieu, Jaime Vite, Alejandro Brito, Antonio Cué, Ignacio Álvarez, Fernando Esquivel, Carlos Olmos, José Ramón Enríquez, entre muchos otros.

Acerca del lugar de El clóset de cristal y Otros nombres del arco iris en el contexto de su obra, Peralta afirma: “Si el primero es muy razonado, éste (el segundo) es muy emotivo. No hay duda de que cualquiera que lo lea va a decir ‘qué tema tan delicado’. Estos son mis dos libros sobre el tema gay, no pienso volver a escribir otro porque creo que ya está dicho todo. Yo he llegado a decir que nomás voy a escribir estos dos libros sobre el tema porque si no van a decir que nomás escribo ‘para putos’, cuando también tengo un libro de Paz, de Juan Gabriel, sobre pintores; me he ocupado de escribir del quinto centenario del descubrimiento de América. Y de repente la gente te etiqueta de que ‘nomás escribes de jotos’… no, soy periodista, soy cronista y me ocupo de los temas que me importan. Lo que sigue es como repetirse. Me importaba mucho la historia del movimiento y las formas de vivir, así te lo puedo decir”.

Este año se cumplieron 40 años de un acto sin precedentes׃ el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria salió por primera vez a la calle a manifestarse. Fue en ocasión del décimo aniversario de los hechos ocurridos con los estudiantes en 1968 y no eran más de 20 manifestantes. Salieron a dar la cara bajo el lema׃ «Ni enfermos ni criminales, simplemente homosexuales». En entrevista, Braulio Peralta relata la escritura de estos dos libros y de la contribución de la comunidad gay en la cultura mexicana.

¿Por qué contar que Carlos Monsiváis era homosexual cuando él mismo no lo hizo?

— La razón por la que yo hice estos dos libros es porque ya está destapado el tema, pero había una ausencia de la historia. Para mí es tratar de contar como periodista, como cronista, una historia posible. Desde luego yo no soy la persona indicada para encargarme de historias que tuvieran que ver con el movimiento LGBTTTI en muchísimas otras partes del mundo, donde hay historiadores que se ocupan, pero como en México no tenemos historiadores sobre el tema gay, yo decidí hacer estos libros. Es mi trabajo de activista pero también mi trabajo de periodista. Y son los dos únicos libros donde creo que hay un Braulio que quiere mostrar activamente una historia y contarla.

Monsiváis nunca lo dijo, pero nunca dejó de trabajar para el movimiento gay. Yo creo que eso es muy importante decirlo. Y quizá se le podría quitar la crítica que se le hace, porque Monsiváis reclamaba a la sociedad por qué tenía que decir que es gay, si ellos no tenían que decir que eran heterosexuales. Es un buen cuestionamiento׃ ¿por qué tengo que andar diciendo lo que soy si los demás no tienen que definirse?, y lo hacía fundamentalmente porque él estaba metido en la política, en el mundo de los empresarios, con los movimientos indígenas, con los movimientos homosexuales. O sea, con todo lo que hizo, si él se hubiera confesado gay, lo hacen pinole como hicieron con Novo, y él lo sabía. No lo justifico, pero así fue y así es la historia, por eso lo tengo ahí reseñado.

En El clóset de cristal intento mostrar el rostro de un tipo que se ocupó del factor político, porque le importaba, porque le incumbía y porque muy poca gente le reconocía ese mérito. Si hay alguien que dio la cara por el VIH en México fue Monsiváis con sus columnas en El Universal, ahí está escrito todo lo que él dijo. Si hay alguien que apoyó a un enfermo de VIH es Carlos Monsiváis; iba a los hospitales, ayudaba a las familias…

Al contrario de lo que se piensa, este libro no es sobre la vida íntima de Monsiváis…

— Sin caer en aquello que podríamos utilizar como la vida íntima de Monsiváis, yo no me ocupé de sus parejas. Relato lo que se puede contar como la vida de las mujeres del presidente, o las mujeres del gobernador, o las mujeres del escritor famoso Alfonso Reyes y su musa. En ese sentido me ocupo de eso, pero mi libro es profesionalmente en el género de la crónica, sin pensar en aquello que sea privado. La única manera de comprobar que Carlos era gay era con un ejemplo y yo me puse de pechito, así de sencillo, porque periodísticamente es imposible decir que alguien es algo y no tener la prueba. Es por eso. Fuera de eso todo lo demás fluye y yo cuento lo que vi, no lo que me contaron, eso es muy importante decirlo, porque si contara lo que se dice de Carlos tendría como 30 demandas a mi alrededor.

Fernández de Cevallos lo insultó con un sobrenombre; René Avilés Fabila denunció que se lo encontró en unos baños públicos; Enrique Krauze, cuando murió, habló del tres veces marginado, por su sexualidad, por su clase y por su religión; Poniatowska sacó por primera vez que su novio se llamó Omar.

Cuando murió se hizo más explícito que era gay por la bandera en su féretro.

— Eso lo hizo Horacio Franco. ¿No es maravilloso que un hombre como Carlos Monsiváis haya tenido la bandera nacional, el escudo de la Universidad, la bandera de comunista y la bandera del arco iris?, ¿no es histórico que un hombre, un intelectual, tenga cuatro banderas en su féretro? Yo creo que habla mucho de lo que fue México a través de un intelectual.

Braulio Peralta durante el XXXVII Festival Internacional de Danza Contemporánea ‘Lila López’ en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, el 19 de julio de 2017. Foto: Secretaría de Cultura de San Luis Potosí.

Ahora que menciona esto, ¿cree que dentro de la cultura mexicana sólo Salvador Novo se le compara?

— Salvador Novo es un gratísimo ejemplo de una forma de activismo gay no declarado, pero sí confrontado con los escritores de la Revolución Mexicana, con los muralistas y con los estridentistas, que lo atacaban por puto no por poeta, ¡fíjate nada más de lo que estamos hablando! A Salvador Novo le tocó dar el rostro de los Contemporáneos para escribir La Diegada en respuesta a las pinturas que hizo Diego Rivera de él totalmente afeminado, o burlarse de los estridentistas o de aquellos que lo denostaban por ser gay, por usar una peluca de color zanahoria, o por estar cerca del régimen de Gustavo Díaz Ordaz en los últimos años de su vida.

Creo que el libro más extraordinario sobre él lo escribió Monsiváis en Salvador Novo. Lo marginal en el centro y también el trabajo de Luis Felipe Fabre con la obra de teatro y Escribir con caca. Esos son dos homenajes de dos homosexuales, uno cronista y otro poeta.

Novo fue el segundo despertar después de 1901. En 1901 fue la sociedad en contra de todo aquello que fuera diversidad sexual, en los años 20 los Contemporáneos ante un mundo adverso, que era el mundo intelectual machista en aquella época, que no aceptaban la homosexualidad de nadie y especialmente de Salvador Novo. Él, Villaurrutia y Pellicer con sus poemas le dieron una respuesta al mundo a través de la poesía, a través del ensayo, a través de la crónica… creo que la mejor lucha es la cultural.

Estoy completamente con Zapata, con Seligson, con José Joaquín Blanco, en aquellos años de los 70 cuando aparece El vampiro de la colonia Roma, la gente etiquetó literatura gay, pero nadie etiquetó a Genet, nadie etiquetó a Wild, nadie etiquetó a Virginia Woolf, nadie etiquetó a Marguerite Yourcenar. En México estábamos un poquito atrasados para pensar y decir que esta literatura es gay. No hay literatura gay, hay literatura de tema gay, o sea es temática, porque tampoco hay literatura nacional, hay literatura universal.

Decía Fernando Benítez que en su suplemento no había literatura nacional o literatura provinciana o literatura centralista, había literatura universal. Qué quería decir, que los escritores que salieran con Fernando Benítez eran universales y creo que triunfó su posición porque creo que ahí escribía Fuentes, Pacheco, y jamás se les clasificó como literatura nacional. Lo mismo pasa con la literatura de tema gay, o sea, es imposible etiquetar a Sabina Berman, a Juan Carlos Bautista, a Luis Felipe Fabre, a Carlos Monsiváis, es imposible.

En Otros nombres del arco iris hay muchos personajes que se desconocen actualmente, aunque lucharon activamente por defender los derechos  homosexuales. ¿De ellos a quién cree que se le debe mayor reconocimiento?

— Hay muchos nombres que no se conocen. Claro que vas a encontrar gente nueva porque estamos hablando de los años 60, 70 y 80, de mucha gente que ya desapareció y que trabajó mucho. Hay dos personajes de la vida gay en México que sí son fundamentales. Primero sería, intelectualmente, Nancy Cárdenas y Carlos Monsiváis; pero en el activismo, en el hacer de todos los días, sin duda son dos personas: Juan Jacobo Hernández, que funda el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria y es el primero que visibiliza a la comunidad gay pero con reivindicación de derechos, y no como en 1901 con los 41, donde la sociedad los desenmascara y se burlan de ellos.

Esa visibilidad es la que quisiera yo que desapareciera y que la visibilidad fuera la de la dignidad. La de ‘aquí estamos, no nos vamos a morir, somos sociedad civil y vamos a luchar junto con todo el mundo por el cambio democrático’. La otra persona, dentro del activismo, es sin duda José María Covarrubias, quien era el factor político, mientras que José María era el factor cultural.

¿Una buena mancuerna que trabajó en conjunto?

— Nunca ha podido unir la cultura con la política, pero si hoy tenemos visibilidad es por las muestras de cine, teatro, literatura, música. ¿Qué quiere decir? Que los gays estamos muy interesados en los espectros culturales de la vida pública y que nos faltaba en la política un activismo donde diéramos el rostro, diéramos el nombre —con nombre y apellido—, y diéramos un acto público donde dijéramos: ‘aquí estamos también, vamos a luchar con Morena, con el PAN, PRI, PRD’, con cualquier partido político, porque los gays no están en un solo partido, y eso es algo que debemos de entender. Cada quién vota por quien quiere. Los gays no tienen partido, esa es una realidad. Son un núcleo, pero con diferentes puntos de vista públicos.

Foto: Secretaría de Cultura de San Luis Potosí.

Ahora que habla un poco de política, hubo muchos detractores cuando Peña Nieto invitó a representantes de la comunidad gay a Los Pinos…

— Yo creo que fue un acto público importante, histórico. O sea, el presidente sólo puso en la Constitución lo que estaba pidiendo en 2015 la Suprema Corte de Justicia. Él cambió la cláusula cuarta constitucional para hablar de la pareja gay y para hablar del matrimonio… ¡es histórico! No podemos negarlo.

Los gays no pelearon por el matrimonio, no lucharon por eso, luchaban por espacios públicos, dignidad, por eso que hoy se conoce como derechos humanos iguales para todo el mundo. Pero no peleaban las cláusulas del matrimonio, realmente nunca peleó el movimiento por el matrimonio. El matrimonio lo vino a dar la sociedad, que piensa que todos tenemos que estar en la cláusula de heterosexualidad y todo es heterolandia, y todo es la leyenda de que tenemos que unirnos en pareja porque Dios así lo dispone o porque las leyes de Melchor Ocampo también así lo disponen. Así fue, eso ya no lo puedes cambiar.

¿Y usted qué piensa del matrimonio entre personas del mismo sexo?

— Estoy a favor de que se casen, yo no me voy a casar nunca. Yo lo defiendo porque es un derecho constitucional, pero no soy una persona que se piense casar, aunque tengo 27 años con mi pareja. Yo me siento muy bien en mi libertad y creo que eso es lo que pudimos haberle depositado al mundo heterosexual׃ que nosotros queríamos ser felices y no estar juntos porque nos obligaban las leyes, que es lo que creo que sucede con el mundo heterosexual. Los gays cuando están, están porque sí se quieren, y cuando termina el amor o el deseo, se separan. En la mayoría de los casos se da la amistad, la fraternidad y eso casi no pasa en los heterosexuales, casi terminan odiándose, el niño se convierte en objeto de disputa.

Estoy en contra de eso, más allá de que sean homosexuales o no, estoy en contra del matrimonio. Me niego a pensar que tiene que ver con un contrato civil. Que se muera el contrato civil. Para mí, Braulio, que los derechos sean algo entre dos, un acuerdo entre dos, y que la sociedad no tenga nada que ver en eso. Si yo mando en mi casa entonces llego a un acuerdo con la persona con la que vivo, si vivo con él y si me voy a separar, en los dos casos como personas civilizadas. Yo creo que la intervención de la ley en materia amorosa no imparte justicia. Y me atrevo a decir algo más: hoy las mujeres son más defendidas que nunca, pero nadie defiende a un hombre dentro del matrimonio, como si no tuviéramos derechos los hombres ahora.

En Otros nombres del arco iris una de las partes más importantes del libro habla de la situación cuando aparece el VIH en el mundo y en México. Pero su historia personal no se menciona mucho…

—Cuando me tocan el tema del VIH aún me estremezco, porque yo quedé sin generación. Mi generación murió. Tengo 64 años. Mis amigos de esa época de los 80 murieron. Gran parte de mis conocidos de muchos años de amistad murieron. Algunos murieron en mi casa, porque no los recibían en hospitales. El sida cambió la percepción de mi propia familia, el sida cambió mi percepción hacia el mundo heterosexual, fue el momento donde más di la cara, donde hice más activismo, donde me negaba a la posibilidad de la muerte.

Hay un programa de María Victoria donde me entrevistan y yo digo: ‘no nos vamos a morir’, como si yo tuviera VIH. Había parejas que sí tenían VIH y seguían juntas por solidaridad. También había gente como yo que no tenía VIH, pero que perdió la posibilidad de tener una historia de amor porque esa pareja tenía VIH, y decidió irse con la pareja anterior. O sea, tragedias humanas. El sida cambió la percepción cívica, ética, moral de la gente. Yo diría que fue parteaguas de los cambios actuales que estamos viviendo en el mundo, porque surgió una compasión universal.

Vimos que en Estados Unidos las leyes fueron cambiando, lo vimos en la Comunidad Europea y lo estamos viendo en México con cierto retraso por parte de mentalidades. Yo creo que los políticos son los menos avanzados para dictar conciencia sobre el ser humano y por eso tenemos tanto retraso en nuestra democracia, porque en vez de ir delante de nuestra sociedad, los políticos van más atrás de la propia sociedad. Eso es lo que yo creo.

El sida me conmocionó. Mi vida cambió totalmente. Después del temblor del 85 empiezan a morir mis amigos, yo convierto mi casa prácticamente en un hospital, yo vivía en República de Cuba. Tenía hasta dos enfermos al mismo tiempo y murieron cuatro personas que yo cuidaba. Carlos Monsiváis me acusó de ser Florence Nightingale, creo que fue una de las únicas razones por las que Carlos pudo tener por mí afecto, o cercanía, porque siempre me preguntan que si era mi amigo. Yo digo que no, Carlos no tenía amigos, Carlos tenía gente cercana y era una mosca que andaba por todos lados, era una serie de muchos intereses.

Foto: Secretaría de Cultura de San Luis Potosí.

En ese sentido y después de los avances médicos, ¿qué opinión tiene de que los jóvenes, sobre todo los hombres, siguen siendo los más afectados por el VIH?

— Eso ya es un cinismo. Los jóvenes por rebeldes, por anarquistas, por radicales, por revolucionarios, por juventud, a veces van en contra de sí mismos. Eso es normal y todo el mundo lo sabe. Te lo puede decir un psiquiatra, te lo puede decir un pedagogo: los jóvenes son su propio enemigo a veces. Imagínate, hoy es normal encontrar en el Oxxo un preservativo: las niñas podrían evitar embarazos no deseados, no tendrían que recurrir al aborto; los niños no tendrían que ser padres a los 15 años con una niña de 14 como suele suceder; los gays no tendrían que enfermarse.

El preservativo tiene 50 años, es un nombre que se usa de manera normal, le ganamos a la Iglesia una guerra, una guerra tremenda desde el punto de vista ideológico, religioso y, sin embargo, los jóvenes desprecian esa revolución. Yo creo que tiene que ver con la idea de que se sienten inmortales y es muy normal, son los ángeles, son los querubines, la esperanza… pero a la vez son su destrucción. Eso no va a cambiar. Es el tema del sida, pero te lo puedo poner con el cáncer, con cualquier enfermedad. El joven va a seguir devorando aquello que está prohibido, qué feo que lo diga así, pero si no lo digo así no funciona.

Esa revolución ganada que usted menciona parece que sólo se ve en la burbuja que es la Ciudad de México, porque en provincia siguen ocurriendo asesinatos por homofobia, incluso aquí en la ciudad. No tenemos que buscar ejemplos en Medio Oriente o Rusia, por ejemplo. ¿Es muy parecida nuestra situación con la de otros países?

— Lo veo muy delicado, apenas hace dos días hubo un crimen en Taxco, Guerrero, de tres homosexuales. Les dieron el tiro de gracia. En Guerrero todos sabemos que existe el crimen organizado, pero también sabemos que existe el crimen de odio por homofobia y que está tipificado desde 1989, si no me equivoco. Digo esto para tratar de ser ecuánime en la información. No sabemos qué pasó, pero sabemos que son tres homosexuales, como sabemos que son niñas que violan en Ciudad Juárez y abandonan en el desierto.

Pasan crímenes, pasan vejaciones, siguen cerrando sitios que son permisivos y que son legales para la sociedad, para los gays. Tenemos persecución, vejaciones por parte de la Iglesia; nos considera enfermos. Vamos avanzando, pero sigue existiendo el mismo conflicto moral, ético, donde los usos, las costumbres y el prejuicio siguen siendo de una rigidez mental de prejuicio ancestral, como si tuviéramos a la Biblia en las espaldas como un ladrillo gigantesco que no nos deja pararnos. Y no nada más a los homosexuales, sino a todos los seres humanos. Pero al movimiento LGBTTTI le toca más fuerte. Un niño que ronda entre los 9 y los 13, y que empieza a darse cuenta, sufre mucho si sus padres no lo comprenden.

¿Hay solución?

— Veo muy positivo que por encima de lo que hablamos existe la cultura, la música, la literatura, el teatro, y en esos puntos me parece relevante que la política quede en segundo plano. La razón de ser de muchos gays es la cultura, está comprobadísimo. Octavio Paz solía decir que el mundo gay se había apropiado de la cultura en el mundo. Me lo llegó a decir a mí. Es cierto, es una aspiración. No somos los gays los que cortan el pelo, no somos modistas de señoras, eso es parte del prejuicio de la manera de ver a los homosexuales y de las lesbianas y todo lo LGBTTTI.

Me parece que el mundo se está trasformando poco a poco muy lentamente. Quien lee a Stieg Larsson se puede dar cuenta que en Suecia, que es uno de los países más desarrollados, ocurre la pederastia y la violación de mujeres, pero el mundo es así. Somos una sociedad cainita. Entonces la sociedad LGBTTTI tiene que estar por encima de la sociedad cainita y no ser como todos, y quizá darles una prueba de que la ética y la cultura es una forma de lograr eso.

En esa sociedad que ha cambiado se concibe a la Marcha Gay actualmente como un carnaval, aunque inicialmente, como usted describe en sus libros, era una marcha meramente política. ¿Piensa que se ha degradado el objetivo principal?

— Hay muchas formas de pensar una marcha gay. Una vez venía llegando con mi tía y mi hermano y pasamos por la marcha en Paseo de la Reforma. Nunca habían visto una marcha gay. Y se divirtieron. Y mi tía dijo: ‘ay, qué divertido, pues es como un carnaval’. Esa es la visión de una señora de 80 años.

Los que estamos dentro del movimiento a veces nos pasamos de autocríticos. Estoy de acuerdo que la marcha sea un carnaval, porque es una manera de festinar algo que sucedió en 1969 en un barecito donde a unas locas vestidas de mujer trataron de sacarlas y ellas se defendieron. Hay que entender eso como si fuera una metáfora. La vida tiene muchos encuentros y desencuentros y formas de analizarse. Yo creo que debemos dejar de ser autocríticos y aceptar la crítica externa, eso debería de ser así. Así como la Iglesia.

Que el movimiento no se deje engañar de que no debemos ser criticados; si cometemos algo que a la sociedad no le parezca, tiene derecho de decirlo. Un poco lo que decía Voltaire; el derecho de decir lo que tú quieras y mi derecho a decir lo que pienso, siempre desde el punto de vista civil y ético, no desde el punto de vista prejuicioso de los usos y costumbres. Eso ya no.

¿Y después de tantos años de activismo cómo vive este tipo de expresiones como la Marcha Gay?

— Ya no me emociona tanto, tengo 40 años de activismo. Conozco la historia del movimiento LGBTTTI en términos generales, mucho mejor que otros, porque me puse a trabajar. Ya no me emociona, ya no soy el joven de 20 años… ¡que la marcha sea de los jóvenes y que los activistas maduros ya los dejen en paz! Dejen a los jóvenes hacer sus cosas y sus propias revoluciones, que hagan su propia ética, su propia moral, su propio pensamiento y sea menos dogmático que el de hace 40 años. Porque sí sabemos de dónde venimos, dónde está la represión y los chavos ya no la ven. O sea, para ellos la represión está, yo creo, en el mundo de las drogas, en el mundo de la moda, pero el mundo no es eso, el mundo es esto que estamos ahora viviendo.

Alfonso Navarrete – Jefe de información de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.

 

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