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Carlos Fuentes: Ambición cumplida

A 5 años de la muerte del autor de 'Aura'

fuentes saul rodriguez

Desde los años 50 del siglo pasado en las letras mexicanas comenzó a brillar la figura de Carlos Fuentes. El escritor reveló desde los albores de su trayectoria la extraña posesión de un conjunto de atributos: imaginación, una vasta cultura, una prosa poderosa y a la vez flexible, inteligencia, prestancia, apostura física, un espíritu cosmopolita, desprejuiciado y ajeno por entero a los complejos. Con Carlos Fuentes parecía quedar del todo sepultada la idea del narrador mexicano atenido a unos cuantos temas todos de corte nacionalista, y generalmente limitados, chatos, sin perspectiva.

Es notable que el primer libro de Carlos Fuentes, Los días enmascarados (publicado por Juan José Arreola) coincida en el tiempo, con diferencia de unos meses, con la aparición de los insuperables cuentos de otro autor non de nuestra literatura: El llano en llamas, colección de las narraciones breves de Juan Rulfo. Fuentes se incorpora pronto a una especie de triángulo estelar, en el que cada uno de los integrantes brilla con luz propia y sigue un trayecto propio, personalísimo. Arreola y Rulfo, alrededor de 10 años mayores que el autor de Los días enmascarados, ya en los 50 han andado caminos más largos que Carlos Fuentes, pero lo cierto es que este último parece andar a grandes zancadas, librando obstáculos ficticios o completamente reales, para instalarse en el centro no solamente del panorama literario mexicano sino de todo el de la lengua española.

Hacia finales de aquella época, Fuentes publica la novela por la que sería más conocido, admirado y criticado en su fecunda carrera: La región más transparente, una obra que refleja las ambiciones cumplidas de un gran escritor moderno, inteligente intérprete de las tendencias narrativas más vivas en el siglo XX, un poderoso estilista en la escritura y un observador agudo de la vida mexicana y en especial de la que sucede en la Ciudad de México. Fuentes dice a las claras con su novela primera que él no será un autor de medianías, que su voz es fuerte, elástica, maestra.

La región más transparente recoge registros imaginarios junto a otros brotados de la experiencia de su brillante autor. El México pobre, el México de la noche y el México con aires de cosmopolitismo y aristocracia en sus fiestas nocturnas. La intelectualidad y la miseria, la Revolución y las promesas de una modernidad que nadie deja de buscar y que todo mundo sabe inalcanzable. Todo esto lo desarrolla Carlos Fuentes, ante el gozo y el asombro de numerosos lectores (y el enojo y el resentimiento de no pocos que acaso se habrían visto aludidos).

Luego del impacto de aquella novela, Carlos Fuentes da a conocer otras dos obras notables, en especial La muerte de Artemio Cruz, otro gran fresco en el que ahora aparecerá con nitidez e intensa belleza uno de los temas que le serán más atractivos al autor en toda su bibliografía: la Historia y sus mitos, en especial la Revolución mexicana, vista desde los albores del desarrollo provisto por las instituciones. La otra obra que no tarda en alimentar la fama creciente del narrador, también de comienzos de los 60, Las buenas conciencias, realizada ya sin alardes técnicos en cuanto a su estructura y un fiel y entrañable retrato del otro México, el que iba quedando en el papel de sedimento o de sustrato, o francamente superado al paso de la Historia: el México de la provincia católica.

La bibliografía de Carlos Fuentes es tan rica en sorpresas y deslumbramientos como abundante. Tras las novelas inciales el autor forja una obra redonda y siempre abierta a nuevos prodigios. Aparece por ejemplo la gran novela Terra Nostra (vuelta a la Historia y a la riqueza inacabable de la lengua), y los cuentos de Cantar de ciegos, o novelas de búsqueda experimental perfectamente lograda como Aura, Cumpleaños o Cambio de piel. Hacia finales de los años 70 o principios de los 80, Fuentes publica uno de sus libros mayores: Agua quemada, texto de relatos magistrales en los que reaparecen los ambientes de la vieja Ciudad de México. Tras ellas vendrían Gringo viejo, Constanza y otras novelas para vírgenes, Cristóbal Nonato; Fuentes escribe cada vez con mayor aplomo y energía y se confirma como figura central de la literatura en español.

Junto al narrador extraordinario está el ensayista. Fuentes fue un ensayista imaginativo, asombrosamente culto e informado, de amplias perspectivas, arrojado, capaz de mirarlo todo y redibujar las coordenadas de las más intrincadas geografías. Todos los mundos del mundo son temas de Carlos Fuentes, y en especial el mexicano, al que dedica uno de sus libros clave: Tiempo mexicano, en el primer lustro de los 70. Y así como no hay grandes extensiones ni rincones que se le escondan, el arte también lo atrae o lo inspira: el cine y la pintura sobre todo. Fuentes vio con particular buen ojo el cine del siglo XX (por ejemplo el de su amigo, el gran Luis Buñuel) y la obra de artistas visuales, sobre todo mexicanos (como Alberto Gironella o José Luis Cuevas).

La obra entera de Carlos Fuentes es un gran signo, a interpretar de mil maneras, de la moderna cultura mexicana. Un signo de valía enorme y fuera de toda discusión.

Juan José Reyes - Editor y escritor.

 

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