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Carlos Fuentes hoy y siempre

Un recorrido por la vida del escritor y el hombre público a sus 90 años de nacido

Carlos Fuentes. Foto: Especial.

Como toda gran figura, la de Carlos Fuentes —nacido hace noventa años— es una figura poliédrica, difícil de definir de acuerdo con líneas fijas, inmóviles, precisas. Fue ante todo un narrador de poderes enormes que procedían del extraordinario brío de su prosa, a la ausencia de miramientos en sus descripciones, a la justeza de su fulgurante observación psicológica, a su destreza de ingeniero para estructurar las historias que su ilimitada imaginación no cesó de suscitar. Pero fue mucho más.

Fue acaso el primer escritor mexicano que, sin dejar de tomarse enteramente en serio como autor, se lanzó a los ruedos internacionales con el propósito de hacer todas las faenas y salir en cada caso a hombros. Un escritor mexicano que se asumió como plenamente mexicano al tiempo que como autor completamente universal. El sueño cumplido de su maestro Alfonso Reyes. El hermano menor en edad, y mayor en protagonismo, de Octavio Paz. El compañero, camarada, amigo de los otros miembros del Boom latinoamericano: García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar. Fue una figura mundial luego de poner su lanza en tierra propia, con la publicación originaria y promisoria de los cuentos de Los días enmascarados, en la colección Los Presentes, animada, auspiciada, cuidada con amoroso esmero por Juan José Arreola en los años cincuenta del pasado siglo.

El Medio Siglo. Así se llamó la revista de un puñado de brillantes estudiantes universitarios, reunidos por el interés en el Derecho, las Ciencias Políticas y Sociales y las Letras. Fuentes, discípulo aventajado del profesor español Manuel Pedroso, sabio hombre de justicia y exiliado por la usurpación de Franco y la consecuente Guerra Civil en su patria, trabaja allí junto a Javier Wimer, Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Monsiváis y otros jóvenes brillantes, quienes, unos más, otros menos, alcanzarían altos logros en sus trayectorias dentro de la cultura del país. Poco más tarde, y bajo las luces de la creciente presencia de Octavio Paz, Fuentes dirigirá, junto al crítico Emmanuel Carballo, aún en aquellos años cincuenta, la primera época de la fundamental Revista Mexicana de Literatura, que agrupó sobre todo a jóvenes escritores nacidos en los años treinta (muy poco antes que el propio Fuentes, 1928, y que Carballo, 1929).

Aquellos años cincuenta fueron sin exageración fundamentales para la cultura nacional. A grandes rasgos cambió entonces el mapa: de un lado cursó la línea de las preocupaciones por “México y lo mexicano”, trazada especialmente a partir de los trabajos de jóvenes filósofos (Luis Villoro, Jorge Portilla, Emilio Uranga) y desde luego, aunque por una vertiente literaria y psicológica, de los ensayos de Octavio Paz que dan forma a uno de nuestros libros clásicos: El laberinto de la soledad; de otro lado, y animada por la obra de Alfonso Reyes y del propio Paz (ya reconocido como un escritor de dimensión mundial), las letras mexicanas terminaron de desechar los restrictivos límites del nacionalismo revolucionario cultural y abrieron ventanas con el afán de que circulara literalmente el aire nuevo del mundo.

Paz dio entonces el mayor ejemplo de que podía cumplirse aquel postulado lanzado y también cumplido por Reyes: ser generosamente mexicano y provechosamente universal, a un mismo tiempo. Fuera de las letras, y complementariamente, un cineasta hace confluir ambas intenciones: Luis Buñuel, quien en 1950, en su etapa mexicana, posterior a la surrealista con que comenzó en su natal España, da a conocer Los olvidados, terrible e imaginativo registro de la realidad urbana del país (la película fue mal recibida por las autoridades mexicanas, las que la permitieron una exhibición fugaz e intentaron cerrarle el paso en el festival de Cannes, donde terminaría triunfando. Contó mucho en este feliz desenlace el apoyo desinteresado de Paz; poco después comenzaría una gran amistad entre Buñuel y Fuentes).

A finales de los cincuenta Carlos Fuentes da su primer gran golpe. El Fondo de Cultura Económica pone en circulación en 1958 (es decir, a los 30 años del nacimiento de su autor, y ahora hace seis décadas ya) la novela La región más transparente, que con el tiempo quedaría como la obra más conocida entre una muy amplia bibliografía. Corre hasta nuestros días la leyenda de que, para escribirla, Fuentes recorrió la entraña de la Ciudad de México (el gran protagonista de esta historia). Se habría convertido en un uno-de-tantos, se introdujo en los bajos fondos, recorrió calles, plazas, se puso al día en cuanto al habla popular de los chilangos. También aparece en la novela el otro México, D.F., el de la vida intelectual y el de los poderosos, y Fuentes lo retrata a la vez con singular vitalidad; aquel México, apenas es necesario recordarlo, era bien conocido por el autor, instalado ya en el centro de la llamada “mafia intelectual” del país, gracias sobre todo al poderío de su mirada a la realidad mundial y a la de la vida nacional y plasmada en especial en dos publicaciones: el suplemento México en la Cultura (luego llamado La Cultura en México, al ser el primero suprimido por su casa editorial, el diario Novedades, que ejerce la censura.

La Cultura en México, publicado por la revista Siempre!, mantuvo en esencia la misma plantilla de colaboradores, de su director, Fernando Benítez, a autores que cimentaban o consolidaban su prestigio: de José Emilio Pacheco a Jorge Ibargüengoitia, de Elena Poniatowska a Carlos Monsiváis, de Paul Westheim a Leopoldo Zea). Fuentes brilla en aquellas páginas, así como es un combativo y lúcido defensor de la revolución cubana sobre todo desde las páginas de la revista Política. En La Cultura en México, en pleno mediodía de la administración del presidente López Mateos, es decir: a comienzos de los años sesenta, Fuentes viaja a la zona cañera del estado de Morelos para dar registro del asesinato del líder agrario Rubén Jaramillo y su familia. El crimen había corrido por cuenta del gobierno, y constituía a las claras un horrendo acto de injusticia. Fuentes realiza un extenso y espléndido reportaje y lo publica en aquel suplemento, para enojo de las autoridades. El escritor se ha vuelto incómodo. Lo era ya para el gobierno yanqui, disgustado por el activismo procubano del escritor, y ahora lo es para el gobierno mexicano, desacostumbrado a ver que en la prensa se pusiera de manifiesto el lado más negro de su naturaleza, con tal realismo, con tal objetividad. En paralelo Fuentes prosigue acrecentando su obra literaria. Publica La muerte de Artemio Cruz, registro vanguardista de los estertores y los rescoldos de la revolución mexicana; da a conocer Las buenas conciencias, una novela que parece de descanso, cosida a la manera tradicional, y que versa acerca de los valores y la estrechez en tal sentido de un sector de la sociedad guanajuatense.

No queda duda: Carlos Fuentes está en la primera línea de la cultura mexicana. Posee una portentosa capacidad narrativa, una rara lucidez para discernir los secretos y los excesos del poder capitalista, está con las causas populares y al mismo tiempo es por completo apto para codearse con cualquiera, en Estados Unidos, en Latinoamérica, en España, en Europa. Políglota, poseedor de un bagaje cultural inmenso, brillante, dueño del lenguaje (del más culto al de la calle y el del campo), espectador privilegiado del cine y la pintura (él mismo es un extraordinario dibujante), es un reportero sin par y un ensayista profundo y novedoso. Si faltara algo, nadie olvida su apariencia: la de un dandy que puede ser un latin lover, un Don Juan, un conquistador (contrae nupcias con la bella Rita Macedo, actriz de talento fuera de discusión, y más tarde se hablaría de andanzas con estrellas de otras pantallas, de otros lares). En el primer lustro de los sesenta publica Aura, una de sus obras de mayor impacto. Una novela breve, sutil e intensa, con una atmósfera de fantasía y amor, y con la presencia luminosa y sombría y misteriosa del centro de la Ciudad de México. Será imparable la cadena: CumpleañosCambio de pielTerra NostraCristóbal NonatoGringo viejo. El mito, la historia, los fantasmas, las ruedas del tiempo, las transparencias del aire. Y junto al Carlos Fuentes narrador formidable, el ensayista informado, imaginativo, sugerente, en especial en Tiempo mexicano.

En mayo de 1968, hace cincuenta años, Carlos Fuentes está en París. Observa, de lejos y de cerca, la revolución de mayo en Francia, y escribe un extenso reportaje, puntual y, sobre todo, asombrosamente fiel al espíritu de aquel movimiento. Nada se le escapa a este escritor que sabe vivir su tiempo con la mirada más fresca, limpia y abierta. En 1970 un amigo suyo accede a la Presidencia del país: Luis Echeverría. La amistad entrambos personajes procede de los años universitarios, y se tejió en las largas caminatas por el centro capitalino que eran habituales aquel tiempo. En México está abierta la herida de la represión infame del movimiento estudiantil de 1968. Ha quedado a vistas de todos que el PRI (Partido Revolucionario Institucional) no es ya el motor de nada sino más bien un lastre; que su muerte, si no inmediata, es irremediable. Echeverría, como se recuerda, intenta cambiar la fachada de la vieja política y simula abrir los brazos de una política justa, inclusiva, verdaderamente democrática. La realidad sin embargo se opone a sus palabras. Persisten la represión, el fingimiento, las estructuras que garantizan la anulación de la democracia, la preeminencia de los privilegios de unos pocos; cambian (no tanto) las formas pero la política mexicana continúa siendo un generador de desigualdad y un falso espectáculo: la reiteración de rituales necesarios pero huecos. El 10 de junio de 1971, apenas unos meses luego de haber principiado la gestión echeverrista, una nueva represión termina con la vida de decenas de estudiantes en las calles de la capital. Ante el azoro de gran parte de los intelectuales mexicanos, ante su protesta, Fuentes da su respaldo al Presidente, lo que le acarreará una marca negativa de la que no podría librarse.  ¿Qué ocurre realmente? Lo cierto es que Carlos Fuentes no deja de ser un hombre formado en el México revolucionario, y cree asirse siempre a aquellos principios, aun cuando estuvieran ya muertos.

Sin embargo Fuentes no abandonará su postura crítica. Lo cierto es que nunca más, después de haber aceptado para de inmediato rechazarlo el nombramiento de embajador en Francia (al tiempo que se designa de modo increíble al expresidente Díaz Ordaz embajador ante el gobierno español con el que nuestro país acaba de restablecer relaciones tras la muerte del usurpador gallego Francisco Franco), volverá a suscribir ninguna de las políticas priistas.

Cada nuevo libro suyo va siendo recibido con asombro por miles y miles de lectores. Siempre en el centro del debate, Fuentes queda indiscutiblemente en la vanguardia de la narrativa mundial. Su nombre se repite año tras año, siempre entre los probables ganadores del Premio Nobel. Nunca recibirá aquella distinción, que habría sido por completo justa. Ganará, eso sí, nuevos lectores, nuevos asombros, nuevas devociones. Hoy y siempre.

Juan José Reyes – Editor y ensayista.

 

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