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Charles Baudelaire: Antología de una vida maldita

En el 150 aniversario luctuoso del autor de "Las flores del mal"
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El retrato más conocido de Charles Baudelaire, circa 1862, cuando el poeta rondaba los 41 años, un lustro antes de su muerte. Foto: Étienne Carjat.

“El hombre es el lobo del hombre”, citaba un contundente Thomas Hobbes en su De Cive, afirmando que el egoísmo de la naturaleza humana es innato y prevalece por encima del concepto de bien común. Después de una centena y media de años, en el mismo lugar en que se publicara esta obra del filósofo inglés, París, la frase de origen latino cobró nuevos bríos en la lengua maldita de un poeta que, valiéndose sólo de pluma y papel, logró desatar los demonios arcanos del hombre.

Charles Pierre Baudelaire (París, 9 de abril de 1821- París, 31 de agosto de 1867) no sólo refrendó la idea de la sentencia. En tanto que el hombre es capaz de atentar contra sus iguales, con tal de obtener un bien para sí; él consideraba tal la disposición natural del ser humano hacia el mal que éste, incluso, podía volverse depredador de sí mismo. Las experiencias que lo convencieron de la mezquindad y miseria de su existencia no hicieron más que alentar la severidad de su postura.

La orfandad que llegó con la muerte de su padre fue un hecho decisivo y el primero que condujo al joven Baudelaire a forjar la personalidad que años más tarde lo convertiría en el mayor de los “poetas malditos”. La soledad que sobrevino a este acontecimiento se adentró en lo más ínfimo de su alma y fue en ella que aprendió a reconocer la verdadera constitución de sus connaturales.

De ahí que la sordidez de sus palabras parezca sacada de las entrañas de las tinieblas y resuene, al leerlas, en la oscuridad oculta de cada individuo. No obstante, la franqueza y la claridad con que sellaba sus poemas terminaron por condenarlo.

Las temáticas que se cernían en torno a la figura del hombre escandalizaron a una época de corrientes cambiantes, cuyos propósitos eran el progreso de la industria y la llegada de a la idílica modernidad.

La corriente francesa a la que Charles Baudelaire se había adscrito desde sus años como crítico de arte -a saber, el simbolismo- iba en contra de los ideales que exaltaba esa sociedad. La tendencia subversiva de los simbolistas, tan presente a lo largo de toda la vida de Baudelaire, le valió el desdén y la censura de su obra más representativa: Las flores del mal (Auguste Poulet-Malassis, 1857).

Los versos que constituyen este tratado poético, en el que convergen tópicos como la muerte, el aislamiento, el erotismo con tendencias satánicas, así como los vicios interminables que conducen a la degeneración humana, no son más que la exposición de la realidad de un individuo que vivía a merced de estos conceptos.

Quizás a esto se deba en gran medida la crítica y conmoción de la que fue objeto la antología del parisino: la vida licenciosa que se le atribuía era la misma que dejaban entrever los versos de sus poemas. Las drogas, el ajenjo y la prostitución formaban parte del ideal bohemio que Baudelaire persiguió sin importar el derroche de sus bienes.

Lejos de loar la congruencia entre su personalidad y su obra, ante los ojos críticos de personajes como el periodista Gustave Bourdin, las flores de su libro resultaron inmorales y llenas de “monstruosidades”. Sin embargo, la alusión a temas inefables por terribles y, en ocasiones, grotescos deja confundido al lector que, asqueado y seducido a la vez, vuelve a la página los ojos ávidos de palabras, de ideas que sólo se atrevía a concebir en lo más recóndito de su mente.

Así pues, más allá de la depravación que alentaba su conducta, fueron la propensión al morbo y la osadía de expresar el horror inimaginable las razones por las que el poeta se ganó el epíteto de “maldito”.

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Baudelaire según Gustave Courbet. Lienzo sobre tela, 1848. Imagen: Musée Fabre.

Baudelaire, escritor absoluto tanto en la crítica como en la estética, logró establecer un vínculo entre el hombre y la naturaleza en la atrevida ostentación de los deseos innatos del subconsciente, del instinto. Por ello no extraña que el poeta, después de verse obligado por el temprano -aunque no total- abandono de su madre, se decantara por la soledad y el silencio que la acompaña, como afirma en su exaltada composición, A la una de la madrugada. Pues sólo en esos breves instantes tenía la posibilidad de abandonarse por completo a la labor poética, separado del resto de humanidad; sólo ahí podía salvarse del hastío de estar entre los demás y saberse, al igual que ellos, ser humano. Una oportunidad que sólo la noche, en sus diferentes estadios, podía proveer.

Consciente de su realidad, incluso en sus visiones oníricas, el simbolista francés no temía abordar los temas profanos, al punto que era capaz de rezarle al propio Satán en sus letanías. Esta inclinación por lo lóbrego y lo siniestro, si bien es consecuencia de las vicisitudes que constantemente lo acecharon, también se debió al pronto descubrimiento de quien consideraba su alma gemela, “un hermano literario”: Edgar Allan Poe.

Durante la época en que fungió como crítico literario, de música y arte, Baudelaire se dio a la tarea de traducir al escritor de Baltimore. Su admiración por el autor de “El cuervo” quedó plasmada en un esforzado ensayo que escribiera acerca de su vida y obra, mismo que serviría para colocar a Poe entre los grandes escritores del siglo XIX. A tal punto que poco después vendrían los detractores con  acusaciones que señalaron a Baudelaire como imitador de Poe. Pese a la coincidencia en los tópicos y principios poéticos con el estadounidense, el poeta parisino buscaría refutar estas imputaciones con un modelo de apatía vital, que años más tarde imitaría Walter Benjamin, con miras a recrear su contexto bohemio.

Y es que el tedio mundano obligaba al poeta, como él mismo refiere en sus Pequeños poemas en prosa (1868), a “embriagarse” de su arte para huir del abismo que las muchas desazones de su vida se encargaron de dilatar. La carencia de una relación familiar, los excesos, las enfermedades, las tentativas de suicidio y el poco reconocimiento de su grandeza literaria en vida acompañaron a Baudelaire permanentemente.

Desde El Salón de 1845 y de 1846 hasta el trance alucinógeno, al que nos induce en Paraísos artificiales (Auguste Poulet-Malassis, 1860), la producción literaria del parisino no se limitó, empero, a una serie de ensayos o unos cuantos poemas, pues éste también incursionó con distinción en el cuento (Una muerte heroica, 1868) y la novela (La Fanfarlo, 1847).

Con más de un centenar de poemas y a 150 años de exhalar un último y miserable suspiro en su París, la ciudad marina que lo trajo de vuelta y finalmente a los brazos de su madre, Charles Baudelaire ha pasado de ser un individuo ignominioso y obsceno, a un poeta reconocido por su genialidad y “virtuosismo técnico”:

Sed testigos, vosotros, que cumplí mi deber

como un perfecto químico, como un alma devota

Porque de cada cosa la quintaesencia extraje.

Tú me diste el barro y en oro lo troqué*

Así rezan los versos inmortalizados en el epílogo para la segunda edición de Las flores del mal. Más allá de encarnar la imagen prototípica del “poeta maldito”, el verdadero legado de Baudelaire para la posteridad, para su progenie bastarda y sus lectores, así como para aquellos se resisten a sumergirse en las tinieblas de su propia alma, no fue otro sino éste: la conciencia de uno mismo.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

*(Versión al español de Antonio Martínez Sarrión)

 

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