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A 50 de “Cien años de soledad”

A medio siglo de la novela cumbre de García Márquez
cemanosilustrado

La familia Buendía según la ilustradora chilena Luisa Rivera. Imagen: Penguin Random House Mondadori.

Cincuenta de Cien años de soledad… Faltan quizás otros más para que se logre entender el mensaje que Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927 – Ciudad de México, 2014) dejó enclavado en lo más profundo del libro, como Melquíades el gitano lo hizo en sus manuscritos: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Publicado por primera vez en mayo de 1967 con un tiraje de no más de 8 mil ejemplares y a sus 50 años de publicación, Cien años de soledad es ahora un libro que reposa en millones de hogares y bibliotecas, y ha sido traducido a más de 40 idiomas. Cuando se pronuncia su célebre nombre, más que evocar un tiempo y una sensación, se evoca a uno de los lábaros del boom latinoamericano de 1960, a uno de los grandes exponentes del realismo mágico.

Estas dos evocaciones son en realidad las de una sola persona: Gabriel García Márquez. El autor (y el personaje) es tan familiar en las inmediaciones del habla hispana que llevó a millones a rendirle homenaje tras su muerte en 2014 con el apócope de “Gabo”, pronunciado como si fuera el nombre de un buen amigo o de un tío querido. Un premio Nobel de literatura en su haber sólo pudo complementar el carisma que inspiraba el afamado escritor colombiano, ya sea por la característica sonrisa que cargaba o por la prosa que escribía.

Vivió desde su infancia una serie de sucesos que impregnaron la vastedad de su obra y la riqueza de su estilo narrativo, criado por su supersticiosa e imaginativa abuela materna, misma que le inspiró el personaje de Úrsula, quien en el libro figura como la esposa de José Arcadio Buendía, que no es nadie más que su abuelo. Fue ella quien le dio los primeros atisbos a esa realidad fragmentada de pocas leyes y de mucha magia, como la entendía Borges cuando dijo en una de sus conferencias en el teatro Coliseo de Argentina en 1977: “¿Qué es la magia? La magia es una causalidad distinta. Es suponer que además de las relaciones causales que conocemos, hay otra relación causal”.

Así pues, la escritura de Gabo estuvo inscrita en una tradición de prosa y ficción realista, pues los sucesos dentro de su obra no son de proporciones épicas o apoteósicas que recuerden a tiempos míticos e inmemoriales donde dioses, hombres y demonios se batieron en busca del dominio de la tierra, es todo lo contrario: gatos asomados a la luna, mujeres y hombres fraguados de dolor y soledad, ancianos sabios, raquíticos o cascarrabias tan comunes como los que a veces vemos en las calles… lo que hace especial al relato y la prosa realista de García Márquez es un equilibrado y preciso toque de magia.

  • "100 años de soledad", Miguel Ángel Gómez Pérez, tinta sobre papel, 2017.
  • "Las mujeres de Macondo fueron raíz y tronco", Alexandra Forero (La Mandinga), acrílico sobre papel, 2017.
  • "El norte invisible", Mariana Alcántara Pedraza, técnica mixta sobre tela, 2017.

Además de ese estrato familiar, una de las estaciones más importantes de su perfeccionamiento literario fue trabajar en el diario El Espectador junto a Eduardo Zalamea Borda, quien le dio entendimiento del oficio de la escritura y el estilo periodístico; fue él quien plantó las primeras semillas en sus narraciones y sus crónicas periodísticas, mismas que no eran menos mágicas y surreales que los sucesos maravillosos de Cien años de soledad. Sería en El Espectador donde aparecería “La tercera resignación” (1947), primero de los 15 cuentos que trazarían la ruta de camino a sus grandes novelas.

Gabriel García Márquez se ganó con todo su acervo literario un lugar como uno de los principales exponentes del realismo mágico, por su habilidad para crear en Macondo un universo lleno de leyes y causas irreales que no rayan en el disparate. Por ejemplo, este fragmento del séptimo capítulo:

Un hilo de sangre salió debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió un curso directo por los andenes desparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la calle de los turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto hacia la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, pasó por otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.

En la novela esta línea que separa lo mágico de lo real está tan bien difuminada, que los límites de lo verdadero y lo fantástico se desvanecen de una manera muy natural. La narrativa y los sucesos del libro son parte de un mundo semejante al cotidiano que vemos todos los días, pero al mismo tiempo fascinante y diferente por esta pizca precisa de irrealidad. Macondo, ciudad personaje, le debe tanto a Aracataca, como ésta a Cien años de soledad por labrar un origen mitológico que se extendió no sólo a Colombia sino a todo el continente latinoamericano.

El propio título del libro se experimenta a lo largo de toda la novela: los personajes están imbuidos en un aire de soledad que jamás los abandona y en cierto modo es inevitable no experimentar con ellos el tiempo, el temor, la falta y la desolación de sentirse abandonados o enfrentados a una vejez que con el tiempo nos alcanza; pues con todo y las licitaciones mágicas de la novela, los personajes -así como nosotros los lectores- no pueden escapar a esa condición de carne y hueso, la condición humana.

Como sucede con Comala, Macondo es uno de esos lugares que están en la lista de todo lector de habla hispana, en sus callejuelas y sus casas de madera sucinta una historia que conmueve, enaltece y nutre. En cierto modo, adentrarse a la lectura de Cien años de soledad es como experimentar cien años de sucesos arduos y extravagantes en compañía de los Buendía, y también pasa que uno de repente se da cuenta que pudo haber sido un Buendía, mucha culpa tiene la excelente redacción de Gabriel y su habilidad para adentrar al lector en los pensamientos y sentimientos de los personajes. Un retrato fidedigno de lo que somos y no queremos ser.

Andrés Durán Moreno - Ensayista.

*Agradecemos especialmente al taller de ilustración de Gerardo Suzán por las tres imágenes que lucen a la mitad de este texto.

 

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