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Con los ojos llenos de silencio

Fotografía y escritura de Juan Rulfo
Juan Rulfo y su cámara fotográfica, 1966. Foto atribuida a Antonio Reynoso. Foto: ©Paulina Lavista

Juan Rulfo y su cámara fotográfica, 1966. Foto atribuida a Antonio Reynoso. Foto: ©Paulina Lavista

En 1934, cuando Henri Cartier-Bresson visitó México por primera vez, Juan Rulfo era apenas un muchacho y quizás ignoraba la existencia del genio fotográfico francés. Cincuenta años más tarde, Rulfo redactaría un texto para el catálogo de la exposición sobre los cuadernos mexicanos de Cartier-Bresson en el Centro Georges Pompidou, en París. En él, el autor de Pedro Páramo se interroga sobre lo que un fotógrafo con tal “sensibilidad artística” pudo haber experimentado al enfrentarse con los estrafalarios –y profundamente humanos– personajes que pueblan los barrios marginados del centro de la Ciudad de México. Las fotografías de este viaje muestran, en efecto, la soledad, la desgracia y la interminable batalla de los “condenados a un destino inescrutable”. Pero el viaje de Cartier-Bresson no termina en el barrio de La Merced, 30 años más tarde vuelve para buscar esos muchos Méxicos de los que Rulfo habla con elogio indigenista a lo largo del texto. Esta vez, “entre los habitantes del Istmo de Tehuantepec, Henri Cartier-Bresson logró captar al fin la sonrisa (que) no encontró en las barriadas tristes de las ciudades”.

No hay duda de la importante influencia que tuvo la fotografía de Cartier-Bresson en la estética de Rulfo. Sin embargo, aunque algunos temas y técnicas los aproximen, un estilo radicalmente distinto los aleja. Mientras la fotografía del primero se centra en el dinamismo del gesto, la del segundo es más parecida a una puesta en escena. Cartier-Bresson solía elegir un marco con interés estético y esperaba a que sucediera algo dentro de ese marco. Un ejemplo es la imagen de las prostitutas de la calle Cuauhtemoctzin o su célebre fotografía de un hombre saltando un charco. Así, muros, bardas, espacios vacíos, suelen ser la escenografía en espera de la acción. En la fotografía de Rulfo, en cambio, la acción sucede, pero está detenida, figée. En La cámara lúcida, Roland Barthes compara la fotografía con un Tableau Vivant, una pintura para la que todos los personajes posan fingiendo una acción detenida en el tiempo. Esta pose de falsa acción, para Barthes, los acerca a la muerte. Como si la cámara les robara vida, como si el guiño del obturador los convirtiera en estatuas de sal.

La fotografía de Rulfo es una clara representación del Tableau Vivant de Barthes. Pero también lo es su escritura. Dos formas estéticas para capturar la muerte en vida. Y la muerte está llena de silencio. Por esta razón los personajes de Rulfo murmuran, escuchan, observan. Su fotografía también transcurre en silencio, ese silencio que se posa sobre las cosas como una pesada cobija. Una barda de adobe serpentea bajo el sol hasta perderse en el horizonte, un actor indígena espera su réplica apostado entre los magueyes, un hombre parado en una chalupa acaricia con el remo la tranquilidad líquida de un canal de Xochimilco.

La naturaleza en Rulfo es, con frecuencia, muda. Se ve, no se escucha. El narrador de un relato advierte: “Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. (…) Ya lo verá usted”. Un viento que sopla, que se prende de las cosas “como si las mordiera”. Un viento agresivo, pero silencioso como la muerte. En otro relato, “el hombre encontró la línea del río por el color amarillo de los sabinos. No lo oía. Sólo lo veía retorcerse bajo las sombras”. Un río tempestuoso y mudo, que “se traga de vez en cuando alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido” (“El hombre”). Los personajes de Rulfo hablan entre dientes, escuchan y observan, porque de ese modo aprehenden la realidad y se guarecen de ella.

Juan Rulfo se dedicó a observar en silencio y a observar el silencio. Sus personajes no ven, miran y con esa mirada abarcan un mundo que no siempre tiene sentido. “Yo no me acuerdo; pero bien pudo ser. Quizá los dos estábamos ciegos y no nos dimos cuenta de que nos matábamos uno al otro. Bien pudo ser”. Esta es la declaración del protagonista de “En la madrugada”, cuando se le interroga sobre la muerte de su patrón. Muchos miran sin ver, o ven más con menos. Remigio Torrico, de “La cuesta de las comadres”, era tuerto “pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tanto las cosas que casi las traía junto a sus manos”. El universo de Rulfo está poblado por miradas que tienen otra función que la de ver. El enfermo en “Talpa” insiste en ir de peregrinación “para que Ella [la Virgen] con su mirada le curara sus llagas”. En Pedro Páramo, Juan Preciado llega a Comala con los ojos de su madre: “Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, por que me dio sus ojos para ver” y con ellos ve el pasado. No el pasado objetivo, sino el del recuerdo, el que está lleno de trampas, de sobreentendidos, de murmullos y de silencios. La memoria es traidora, “resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno”. Así lo dice el narrador de “Luvina”, que desaconseja a un desconocido de ir a ese pueblo desolado, azotado por un viento pardo y espeso, y en el que todo lo que él pudo ver fue “la imagen del desconsuelo… siempre”.

La escritura de Rulfo es fotográfica, posee un lente que revela cosas que el ojo desnudo no puede ver. “Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna”, cuenta el narrador de “Talpa”. Su fotografía es, a su vez, escritura. Se nutre de sus personajes y es casi imposible no imaginar que los sujetos en sus fotografías nos visitarán entre las líneas de su obra. Una de sus fotografías muestra a dos marchantas, una anciana y otra joven, ambas envueltas en rebozos, ambas con la mirada expectante. A pesar del contexto, cuando miramos sus rostros no escuchamos el barullo del mercado, sino el silencio angustiante de lo inevitable, de ese “destino inescrutable” al que, al igual que todos sus personajes, están condenadas.

Mariana Martínez Salgado - Escritora, editora y consultora en innovación educativa.

 

 

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