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Dostoievski: El genio en la idiotez

A 150 años de la publicación de "El idiota"

Una evocación del Príncipe Myshkin, por Fritz Eichenberg. Foto: Davidson Galleries.

En la historia de la literatura han existido personajes cuyas aparentes deficiencias físicas, mentales o espirituales son a tal punto significativas, que se vuelven inherentes a sus poseedores y en la memoria colectiva, se refrendan como factores que contribuyen, en gran medida, a su genialidad.

En la locura del Quijote, en la ceguera de Tiresias y hasta en la del propio Homero se atisba, a medida que leemos el texto del cual participan estos entrañables personajes, un halo de clarividencia que parece ser directamente proporcional a la carencia de cada uno; en estos casos, de razón y de visión, respectivamente.

Tal es también el caso del príncipe Myshkin, el héroe idiota de Dostoievski, quien dotado de una conciencia inusitada, asume sin reparo su condición al igual que todo lo que ésta conlleva. De ahí que tenga lugar como el protagonista de una de las obras más emblemáticas del novelista ruso (y de la literatura universal), en cuyo título prevalece inmortalizado su epíteto.

El idiota introduce al lector en una época en la que la experiencia dicta que “no se puede vivir aprovechando cada instante” (El idiota, V), pues la premura de la vida, los negocios y las riquezas no esperan a todos aquellos que se toman un minuto para ir a entablar una conversación o hacer migas con un desconocido; una época en la que, sin duda, no hay lugar para un príncipe epiléptico, admirador de los asnos y aficionado a reproducir las rúbricas de antiguos manuscritos.

Quizás en parte a esto se deba la dificultad que tuvo Dostoievski para iluminar a su héroe regio, o tal vez fue al hecho de que se reconociera en Myshkin, al convidarle la enfermedad que él mismo había padecido. De cualquier manera, es indiscutible la complejidad que encarna el personaje, que va contra el curso natural de las formas y costumbres establecidas, desde el inicio.

La novela comienza con un regreso: el fatigoso nóstos del héroe que por necesidad busca el amparo de una patria que aunque suya, ya no le es tan familiar; sin embargo, contrario al Ulises griego que tardara 20 años en regresar, después de sólo cuatro años de haber dejado Rusia, el joven príncipe se había olvidado del clima y temía no poder acordarse de su propia lengua.

Más allá del lugar común y sus disensiones, lo que en apariencia habría resultado una exageración o un signo de la “idiotez” que sobrellevaba el joven Myshkin con tan sólo 26 años, representó enfáticamente la distancia intelectual que lo separaba más que de un territorio, de una sociedad en la que el héroe no encajaba, pues cada uno perseguía objetivos distintos y, más aún, opuestos.

Aunado a esto, durante el proceso creativo de El idiota, Dostoievski permaneció fuera de su nación, enfermo, perseguido y ganando apenas 150 rublos por cada folio de su novela; lo cual indudablemente repercutió en la severidad con que éste observaba y minuciosamente escribía acerca de la realidad de su tiempo, en el que se tenía como máxima aspiración vivir en la opulencia egoísta, mientras que el valor del hombre se olvidaba o desdeñaba.

Ante este panorama, el autor, siempre azuzado por un ánimo revolucionario, buscaba una solución o un medio para salvar a los otros de su enajenación, aunque fuera a través de sus escritos. Movido por un gran humanismo, ofrendó a su historia y a sus lectores un mesías; un personaje en el que residiera el más sincero amor por la humanidad.

Así pues, provisto de una gran sensibilidad, el príncipe Myshkin representa el modelo ideal de moralidad, pues aun consciente del rechazo, las injurias y burlas de las que es objeto en su presencia, él responde afable al punto que, incluso, participa de las risas que suscitan sus reflexiones o sus ademanes.

Con un comportamiento excepcional y propio de un individuo misericordioso ante la indolencia y la crueldad de sus iguales, el príncipe entiende que “la compasión es la principal y acaso la única ley de la existencia humana” y es capaz de sacrificar tanto su integridad cuanto su cordura con miras a este fin. De modo que no es extraño que, tras la publicación de la obra preferida de su autor, surgieran múltiples estudios que atribuyen rasgos divinos al héroe dostoievskiano, sugiriendo una analogía con los santos populares o con el mismo Cristo.

Mas al ojo escudriñador no escapa que la aparente idiotez del príncipe, originada por los terribles espasmos de la epilepsia y puesta en evidencia por su ingenuidad y su incontenible franqueza, es un recurso irónico utilizado por el escritor eslavo para denotar la necedad de los demás.

Y es que los personajes que, contrario a Myshkin, se aferran a su cordura, puesto que viven bajo los parámetros que simulan sostenerla, exponen en cada intervención sus particulares afecciones: los celos, el orgullo, la arrogancia, la avaricia y la indiferencia, que si bien podrían pasar solamente por vicios, constituyen de manera casi patológica la personalidad de los individuos a quienes representan.

Apelando entonces a la ironía socrática, el príncipe destaca por encima de los demás gracias a la virtud que le permite reconocerse y mostrarse a los otros tal cual es, empleando su idiotez como escudo frente a la corrupción y la maldad humana.

No obstante, el impacto y fascinación a la que incita la lectura de El idiota y, sobre todo, su protagonista, tienen origen en la maestría estilística de Dostoievski, artista que trabaja a detalle la compleja psique de sus creaciones, que particularmente en esta obra logran exponer al hombre en todos sus matices; forjando así un escenario complicado, pero al mismo tiempo propicio para la llegada de su príncipe, que despunta también entre los personajes del universo dostoievskiano.

La identificación entre el escritor y Myshkin ha sido un tema por muchos discutido y sustentado en una serie de experiencias afines. Más allá de la infancia campirana y la común enfermedad, la lucidez que en ambos hace mella para entender la realidad que les rodea, es el principal atributo que los une; ya que durante la época del desencanto revolucionario, esta clarividencia permitió al autor reprochar los vicios de sus semejantes, así como de las instituciones, y exponerlos en su arte, con la firme intención de que aquellos cambiaran su parecer, al verse en el reflejo de una sociedad vacía y frívola que lo era aún más en contraste con el príncipe heroico.

Por otra parte, el joven Myshkin se sirve de este envidiable don para acorazarse en su buena fe y diligencia, y así combatir la vileza que se esparce incesante por su patria; mas la bondad desmedida del príncipe, aunque le ayude a sortear el maltrato y explotación de sus nuevos allegados a medida que avanza la novela, cada vez mermará más su espíritu hasta inducirlo a una locura sin retorno.

Pese al sacrificio que ambos, Dostoievski y el príncipe, ofrecen en pos de la salvación de Rusia y en gran medida de la humanidad, éste se pierde en el trágico desenlace de la obra, el cual encumbra exhaustivamente las miserias del hombre y deja al lector desesperanzado, en principio, para finalmente convencerlo de las palabras fatales que el escritor transmitiera en voz de Lebedev: “ya no existe idea alguna que una los corazones: todo se ha ablandado y relajado, todo está lisiado y nosotros también”.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

 

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