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Eduardo Mendoza y la abducción de la novela

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Foto: EFE

El pasado 30 de noviembre, Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) paseaba por Londres cuando recibió una llamada oculta. Era el ministro de cultura español. Tras 40 años desde la publicación de su primera novela, le notificaban que recibía el Premio Cervantes de este año. Siguieron unas horas de confusión y mucho teléfono; finalmente terminó por apagar el celular. Por la tarde, casi repuesto del susto, compareció en el Instituto Cervantes de la capital inglesa, sonriente y trajeado, para agradecer el premio efusivamente. Lo recibió, dijo, “a modo de conclusión”, como “un final de trayecto feliz”.

Lejos de una despedida dramática, el ciclo al que se refirió tiene que ver con su escritura, pero sobre todo con una extraña circularidad que arranca con la propia fundación del premio, en 1975. El primer galardonado fue Jorge Guillén, poeta, republicano y exiliado en Estados Unidos desde el estallido de la Guerra Civil. Ese mismo año, apenas unos meses antes de la muerte del caudillo, el joven Mendoza publicaba desde Nueva York su primera obra: La verdad sobre el caso Savolta, considerada por muchos como la primera gran novela de la democracia española. Su ópera prima, escrita como Guillén desde esa tierra extraña, le valió el Premio de la Crítica y el reconocimiento inmediato.

Cuatro décadas después, el círculo se cierra: Mendoza recibe aquel galardón que nació junto a su primera novela. Una casualidad nada despreciable para un autor como él, cuyos títulos son un verdadero abanico del registro de lo extraño, plagados de términos como “enredo”, “asombroso”, “laberinto”, “misterio”.

La literatura de Mendoza está abierta a la especulación y a la intriga, y así lo prueban sus numerosas novelas que hilvanan tramas policiales. Pero lejos de abordar los enigmas desde la solemnidad de lo oculto, Mendoza se sirve de la ironía y de la hibridación de géneros para juguetear con la ceremoniosa tradición de la novela española. Sus detectives —precarios, adictos a la cafeína, con asuntos psiquiátricos por resolver—, se mueven entre lo absurdo y lo cómico; una mezcla entrañable que ha atrapado a generaciones de lectores imprudentes y que lo elevaron rápidamente a la fama.

Si en 1975 el Cervantes a Guillén significó para muchos el reconocimiento a la literatura de la resistencia, el reciente premio a Mendoza puede leerse también como un alto al fuego a cierta manera de dinamitar el canon, de abrir nuevos territorios narrativos desde la trinchera. Mendoza es abiertamente heredero del legado de Galdós, Baroja o Clarín, pero aunque lo recibe con respeto y admiración, no puede evitar contornearlo y desgarrar sus bases. Su obra incluye graves perturbaciones a la clásica novela negra, o a la típica narración histórica, y abraza el género fantástico en su versión más absurda. Un ejemplo de maestría con la parodia es sin duda Sin noticias de Gurb, seguramente una de las novelas más divertidas e irreverentes de la Barcelona olímpica (con extraterrestres, condes y Marta Sánchez incluidos).

Lo extraordinario del fallo de este Premio, podríamos pensar, es el hecho de que la élite literaria reconozca a una obra que incluye únicamente un par de novelas “serias” (sus dos primeras, con un trasfondo social, histórico y sindicalista irreprochable), y una sucesión de novelas burlonas e irreverentes, tradicionalmente percibidas como pertenecientes a géneros menores. Y es que la prosa “cómoda”, como dice Mendoza, ágil y divertida, no suele distinguirse con tan altos galardones.

La obra de Mendoza tiene además la virtud de poner el dedo sobre una llaga profunda —quizás una de las más antiguas también—, que levanta una serie de preguntas que pocos se atreven a formular: ¿tiene sentido seguir tomándose tan a pecho la novela?, ¿por qué asociamos calidad con seriedad?, ¿qué pierden las novelas cuando se escriben desde el humor? Mendoza, en este sentido, bien merece un premio en honor a Cervantes, capaz al mismo tiempo de parodiar y de elevar como nadie el género dominante de su tiempo, la novela de caballerías.

Por otra parte, Mendoza retrata la picaresca española reescribiendo las reglas de la novela moderna desde el precipicio, superponiendo las tramas y los registros: histórico/policial, policial/fantástico, epistolar/absurdo, fantástico/biográfico, y otras tantas combinaciones más. Mendoza escapa a la “pauta mimética” que señalaba Vázquez Montalbán, incapaz como él de producir una novela de una pieza, sin fisuras ni recodos:

Pero si en estos momentos, un escritor dijera: a partir de ahora voy a ser un escritor histórico, a partir de ahora voy a ser un autor policiaco, voy a escribir novelas de caballerías…, no lo podría hacer simplemente bajo una pauta mimética, tendría que introducir el factor de violación, violación del código y la aportación de lo singular[1].

La vida de Mendoza ha sido tan inusual como sus múltiples registros. Abogado de profesión, después de una breve estancia en Londres se instaló definitivamente en Nueva York en 1973. Allí trabajó como traductor en la ONU y no volvió a España hasta 1983, cuando publicó El laberinto de las aceitunas. Catalán, anglófilo y narrador en castellano, su desplazamiento y manga ancha se debe quizás a su desarrollo como escritor en un ambiente tan abierto y cosmopolita como el del Nueva York de los años 70 y 80. Moviéndose entre varios mundos (geográficos, lingüísticos, literarios), su labor como traductor e intérprete puede entenderse también como una metáfora del equilibrismo de sus novelas, que intentan acercar universos y referencias tradicionalmente aisladas e incomunicadas.

Pese a su singularidad, tiene sentido leer a Mendoza en perspectiva, confrontándolo con otras voces de su tiempo o su generación, una cadencia que algunos trataron de comprender desde los movimientos del 68. Autores como Marsé, Goytisolo, Benet, o el propio Vázquez Montalbán, cultivaron como él la proximidad y la extrañeza desde los últimos años del franquismo y recibieron un cálido recibimiento por parte de los lectores jóvenes de la Transición. El centro de gravedad de esta nueva ola estaba en Barcelona, una ciudad en ebullición en la que muchos autores se instalaron y ambientaron su obra, varios de ellos animados y apapachados por la larga sombra de su agente y amiga Carmen Balcells, que dejó este mundo el año pasado. Mendoza se acordó de ella cuando recibió la llamada del ministro: “Lo primero que pensé fue: ‘¡madre mía!, ¡qué apuro! ¡Y no está Carmen Balcells!’”

El premio se entregará el próximo 23 de abril en Alcalá de Henares, el día y lugar en que nació Cervantes. Otra forma de celebrar el azar.

Marina Alonso de Caso


[1] Vázquez Montalbán, Manuel. «La novela española entre el posfranquismo y el posmodernismo», in : Lissorgues, Yvan, Ed. La rénovation du roman espagnol depuis 1975. Collection Hespérides, p. 13-25. Presses Universitaires du Mirail, Toulouse, 1991

 

 

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