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El día que David Bowie murió

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Ilustración: CORREO DEL LIBRO / Christopher Zorrilla

El día en que se anunció su muerte, el mundo recordó el peso de su presencia: sus canciones sonaron durante todo el día en las estaciones de radio. La NASA cortó transmisiones con sus astronautas en honor al Mayor Tom (de Space Oddity, 1969), quien intentaba sin éxito comunicarse con su torre de control en la Tierra. En Utrecht, un pequeño pueblo alemán, la iglesia local tocó con su campanario una de sus canciones. Su disco póstumo, Blackstar (2016), alcanzó el número uno en las listas de ventas de Estados Unidos. La estación de música Studio Brussels y el observatorio espacial MIRA de Bélgica registraron oficialmente una constelación de siete estrellas que tiene la forma del rayo icónico de Aladdin Sane. Las redes sociales y los periódicos aún siguen inundados con su imagen.

David Bowie (1947-2016) no cantó para los desposeídos ni  para los rebeldes. Era un héroe andrógino y fabuloso que le cantaba a la intimidad de todo aquel que se sintiera raro, diferente o fuera de lugar en cualquier parte del mundo. Su vida se puede delinear en breves e interesantes trazos, pero más valdría escucharlo para entender su trascendencia.

Nació en Brixton. Estudió arte, diseño y música. Antes que todo, fue un consumado saxofonista. A mediados de los 70 conoció al actor Lindsay Kemp, con quien mantuvo una relación íntima y ambigua, que sería el germen de su esencia como estrella de rock. Incursionó en el cine y el arte, pero la música es su extraordinario legado.

Producto de ese encuentro con Lindsay Kemp es su primera mutación en Ziggy Stardust, el extraterrestre que cayó a la tierra para salvar a la humanidad, pero confundió el camino por el deseo de convertirse en estrella de rock.  El personaje nunca lo abandonó del todo.  En la entrevista con Michael Watts, publicada en Melody Maker de enero de 1972, un David Bowie sumergido en su alter ego extraterrestre, le aseguró que había sido desde siempre “abiertamente homosexual”. La declaración sucedía cinco años después de que las leyes británicas habían dejado de perseguir y castigar a hombres y mujeres por sus preferencias sexuales.  Si eso era un movimiento calculado o no, así lo comparte Watts:

Luego de Bowie vino la avalancha. De todas formas él ya había calculado meticulosamente las consecuencias. Destruir tabús cotiza bien en la maquinaria para crear estrellas. Al mismo tiempo, sólo estaba siendo sincero. Algunas veces, hasta en el pop, la honestidad reditúa.

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Una biografía definitiva de David Bowie

Su nombre comenzó a sonar con fuerza en la revolucionaria escena del arte y el rock and roll del Nueva York de principios de los setenta. Se conjuraron ahí las conexiones que le formarían: su representante le regaló un disco que había obtenido de manos de Andy Warhol y le presentaron formalmente a los líderes de las bandas neoyorquinas del momento: Iggy Pop de The Stooges y Lou Reed de The Velvet Underground.

Con ellos comenzó una etapa de excesos. Fue famosa su declaración de que en aquel entonces vivía a base de “cocaína, leche y pimientos rojos”. Trajo a la tierra a su segundo alter ego: the Thin White Duke (el delgado duque blanco), un ente andrógino y sin sentimientos que mezclaba al junky con el crooner. Grabó así Station to station (1976), una prueba del misterioso modo en que a veces surge la música que perdura.

En ese estado alterado llegó a la Berlin dividida tratando de huir de la esquizofrenia que le atormentaba. Ahí conoció a Brian Eno y grabaron juntos la trilogía Low (1977), “”Heroes”" (1977) y Lodger (1979), que captura un momento inminente en la historia del siglo XX.

Bowie entró a la década de los 80 rejuvenecido: es el momento de “Under pressure” con Freddy Mercury y “Dancing in the Street” con Mick Jagger. Avanzó hacia el final del milenio con experimentos de música electrónica y construyó su último personaje: en  Outside (1995) -que produjo de nuevo Brian Eno- Bowie comparte los diarios de Nathan Adler, un investigador futurista especializado en combatir los crímenes contra el arte. Una historia que se cuenta con los beats del drum and bass y la música industrial, décadas antes de que el concepto del raver y el dj alcanzaran la fama popular.

En 2003 publicó Reality, un disco que le devolvía a sus raíces y encontraba su voz de hombre maduro. Un año después, durante la gira de ese disco, sufrió un infarto que le alejó casi por completo de la vida pública. Comenzó una vida recluida y tan anónima como podía llevarla en Manhattan.

La enfermedad que mató a Robert David Jones se mantuvo en secreto porque la ocultó en el mejor lugar posible: a la vista del mundo. En The next day, lanzado en marzo del 2013, Bowie cantaba ya con dolor y comenzaba a decir adiós. La portada era significativa: el mismo marco de la célebre imagen de “”Heroes” (la  canción de Bowie que más se ha escuchado en internet desde el día de su muerte), pero con un cuadro blanco sobrepuesto y una simple leyenda que marcaba el paso del ser terrenal a la leyenda: The next day (El día siguiente).

David Bowie hizo su último acto con Blackstar. Construyó su propia elegía y se colocó -de nuevo en el lugar más alto jamás alcanzado por una estrella de la música. Enfocó la última llama de su creatividad mientras su enfermedad lo consumía, grabó en sesiones de 5 horas diarias durante tres meses un disco; participó en la puesta en escena de la obra de teatro Lazarus (basada en el libro The man who fell to Earth de Walter Travis, en cuya adaptación al cine Bowie era el actor principal); y en dos días de diciembre firmó su despedida con la aparición en los videos para los sencillos de su último disco, “Blackstar” y “Lazarus”. Pocos sabían de su enfermedad y a quienes se los dijo fue por motivos profesionales: no estaba seguro de poder culminar su propio acto final.

El periodista Ken Scrudato se preguntó, como muchos otros, qué era David Bowie, en una entrevista publicada en la revista Soma (número 17, julio 2003):

¿Es un héroe porque osó llevarnos a Marte cuando los astronautas reales apenas habían puesto un pie en la luna, y porque disecó, diezmó y desmanteló la segunda realidad humana más sagrada: la identidad sexual?, ¿O deberíamos reclamarle por ir demasiado lejos, demasiado rápido, y por haber dejado a todos atrás, incluido él mismo, sin nada nuevo que hacer?

Hay muchas maneras de responder a esas preguntas. Una es que David Bowie era un extraterrestre, uno que vino a este planeta a enseñarnos que, desde el día en que nacemos (y nacemos el día en que encontramos nuestro camino) hasta el último aliento, lo único que importa es hacer de nuestra vida una obra de arte. Lo mismo si es para compartirla con el mundo o guardarla para nosotros mismos.

Carlos Rojas Urrutia

 

 

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