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‘El Fisgón’ y la caricatura del pulso nacional

Rafael Barajas ‘El Fisgón’, en el jardín de su domicilio y en entrevista sobre el Sillón Verde de Educal. Foto: Eduardo Loza / Correo del Libro.

Antes de convertirse en ‘El Fisgón’, Rafael Barajas (Ciudad de México, 1956) cursó la carrera de arquitectura en la UNAM. Pero desde muy joven, inspirado por los dibujos de Rius, sabía que lo suyo era el dibujo y la caricatura, un oficio que ha conjuntado con el activismo político que ha plasmado en periódicos, revistas y libros a lo largo de más de tres décadas.

Es fundador, director y colaborador de las revistas de humor político: El Chahuistle y su sucesora El Chamuco y los hijos del Averno, publicaciones que han servido para relanzar y dar a conocer el trabajo de los editorialistas gráficos y dibujantes que constituyen una rama excepcional y destacada del periodismo mexicano.

Ateo y de izquierdas: así se define a sí mismo ‘El Fisgón’. Sus tiras de personajes como el sargento Mike Goodness y el cabo Chocorrol, las Fábulas de Lafontaine de Sodas y de la Beba Toloache, ademas de muchísimas historietas didácticas, ilustraciones, grabados y collages dan cuenta de una vida dedicada a formar parte del sistema nervioso del periodismo mexicano.

Rafael Barajas es además uno de los encargados de reconstruir para nosotros la historia de la caricatura en México. Amigo personalísimo de Carlos Monsiváis, ‘El Fisgón’ ha sido responsable de realizar la curaduría de muchas de las exposiciones del Museo del Estanquillo, en la Ciudad de México.

Conversamos con el caricaturista en su casa, al sur de la CDMX, con motivo de la conmemoración de los 80 años de Carlos Monsiváis y la presentación de su libro Breve historia de una derecha muy chueca (Editorial El Chamuco, 2018) que se realizará este viernes 18 de mayo en el Centro Cultural Elena Garro.

Un caricaturista como tú, que trabaja sobre todo en soportes tradicionales, ¿cómo se integra al mundo del meme, las fake news y la  post-verdad?

—Los caricaturistas fuimos durante mucho tiempo una parte del sistema nervioso de la sociedad mexicana; éramos una expresión gráfica de ese sistema nervioso, es decir, ocurría un evento y los caricaturistas lo traducíamos a imágenes. Esto tiene implicaciones importantes tanto en términos didácticos como en términos de propaganda política. Hoy en día, todos los medios han cambiado; la televisión ya no es tan importante como lo era hace 10 años, las redes sociales cobran una importancia enorme y las tecnologías han puesto a disposición del grueso de la gente una cantidad enorme de herramientas que les permite traducir en imágenes algunas reflexiones sobre temas políticos y eso es lo que son los memes: reflejos de esta sociedad hechos a través de las nuevas plataformas electrónicas y con las nuevas tecnologías.

Los memes son muy eficaces, sin embargo, creo que va a ser difícil sustituir el trabajo no sólo de los caricaturistas, sino de la vieja escuela periodística en general, por una razón muy sencilla: en primer lugar, las redes se nutren en gran medida de la información que te dan las Redacciones de los periódicos. Lo que te dan las viejas Redacciones de los periódicos es una suerte de inteligencia colectiva y además, una experiencia muy importante en términos informativos. Son un cedazo para la información. Ocurre un fenómeno muy curioso, porque los periódicos hoy son menos comprados que nunca, porque todo mundo los consulta en internet, pero son más leídos que nunca por esa misma razón. No puedes remplazar fácilmente estas Redacciones probadas. Lo mismo ocurre con los columnistas y los editorialistas gráficos.

Con mucha frecuencia, nuestras caricaturas funcionan como memes porque las ponen en el periódico y las reproducen como si lo fueran. En ese sentido, no estamos del todo desplazados, pero además ocurre una cosa muy curiosa con los viejos periodistas: primero, dan la cara, no son anónimos y suelen ser más confiables. Tú sabes que si una persona que lleva 30 o 40 años trabajando en el gremio y toca un tema, ya pasó por una serie de tamices, ya lo analizó con cierto rigor porque ese es el trabajo que tenemos que hacer todos. Creo que las nuevas tecnologías son una ventana de oportunidad para los viejos periodistas. El género y el gremio siempre se han tenido que adecuar a las nuevas plataformas, a las nuevas tecnologías, es parte de la profesión y me parece bien.

 

El nivel de nuestro periodismo mexicano a veces deja mucho que desear, no así la caricatura, ¿cuál es tu balance de la caricatura en México y en Latinoamérica?

—En general, las tradiciones periodísticas pesan mucho. En México hay buenos columnistas, buenos intercambios epistolares y buenas caricaturas porque ese es el periodismo que hemos hecho siempre. Esos eran los géneros más gustados en los periódicos de combate del siglo XIX, que sentaron una tradición muy importante. Por otro lado, hemos tenido muy buenos editorialistas gráficos. En el siglo XIX estaban Escalante, Hernández, Casarín; luego en el siglo XX, tuvimos a gente como Rius, Naranjo, Helio Flores… Eso impone un estándar de trabajo, es decir, es lo que hay que hacer. Cuando yo era niño, me fascinaban las caricaturas de Rius, enloquecía con sus historias, me parecían maravillosas y obviamente, mucho de lo que sé del oficio lo aprendí de él.

Creo que el nivel en general del periodismo mexicano ha avanzado muchísimo. Tenemos grandes cronistas. Cuando los brincos son demasiado altos, ahí generalmente el problema es que falta un buen editor. Los periodistas que no son serios, terminan por defenestrarse a sí mismos. Considero que el nivel de la caricatura es muy bueno, lo único que me preocupa en relación a esto es que han surgido muy pocos caricaturistas nuevos en los últimos años. La revista El Chamuco era una plataforma para ellos y muchos caricaturistas se han dado a conocer en la revista, como Fer y Mora… Sin embargo, creo que por un lado, los espacios de los diarios se han cerrado, pero por el otro, tienes abiertos todos los espacios de internet. Ya no necesitas un periódico para darte a conocer, lo puedes hacer a través de redes sociales. Ahí nos encontramos de repente con gente que hace y manda cosas, y está muy bien. Somos una nación inquieta, que está pasando por un momento interesante.

¿Qué ganamos los mexicanos al haber tenido entre nosotros una figura como Carlos Monsiváis?, ¿qué perdimos con su ausencia?

—Carlos Monsiváis fue uno de los intelectuales públicos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, era un espíritu crítico indomable y además tenía una memoria absolutamente privilegiada. Fue un poco el google mexicano antes de que llegara internet. La gente le podía preguntar cualquier cosa y generalmente sabía el dato preciso, era muy impresionante. Creo que es un poco como el espíritu de Voltaire, o de Ignacio Ramírez. Son mentes privilegiadas y con mucha curiosidad, con mucho conocimiento y una visión crítica implacable. ¿Qué perdimos cuando se fue Carlos? Perdimos todo eso de un jalón; sin embargo, creo que dejó mucha escuela. Encontramos en personas como Alejandro Brito, Genaro Villamil, Carlos Bonfil o Jesús Ramírez, una parte de esa tradición y de esa escuela.

¿Cuál es la lógica de curar una exposición del Museo del Estanquillo en el sentido de que sea fiel al espíritu Monsiváis?

—Toda colección refleja las manías, filias y fobias del coleccionista y obviamente todo eso estaba reflejado en las colecciones de Carlos Monsiváis: cosas que a él le importaban, le preocupaban o a las que él les veía un sentido cultural. Lo que nosotros hemos hecho es básicamente revisar las colecciones, ver qué temas están incluidos y tratar de organizar las exposiciones a partir de eso.

Carlos Monsiváis fue un intelectual que se forma en las décadas de los 40, 50 y 60. México tenía una vida cultural muy rica; no solamente estaba vigente toda la tradición de los Contemporáneos, del Taller de Gráfica Popular, del Muralismo y lo que procedía del renacimiento mexicano, sino que habíamos recibido en México oleadas de emigrantes europeos que venían huyendo del fascismo, que tenían un bagaje cultural muy importante y que lo aportaron a la tradición mexicana, entonces Carlos se forma en estas lógicas.

Para Carlos, la cultura era la literatura, el arte y un montón de manifestaciones que estaban aledañas y que comúnmente la academia había dejado de lado, como las artes populares, el cómic, la historieta, la caricatura. Monsiváis recoge todo esto y sus colecciones son una ramificación más de la memoria de Carlos, de un cronista, de un hombre que estaba interesado en contar cómo era la vida en este país y en esta ciudad.

Carlos era un hombre muy comprometido con su país, con posturas políticas muy claras, muy definidas, era un hombre de izquierdas que entendía la historia de su nación, de su patria. Yo fui durante tres décadas con Carlos Monsiváis a comprar chácharas, cachivaches. Me pasó mucho que yo veía que Carlos compraba cosas a las que yo no les veía ningún interés, ningún sentido… La impresión que tengo es que compró todas estas cosas pensando en cómo usarlas a futuro, pensando en exposiciones futuras y me di cuenta hasta que me tocó hacer las exposiciones, antes no se me ocurría y no le veía el sentido. Tenía una visión de conjunto a muy largo plazo, de muy largo aliento. Con ese criterio compró colecciones muy importantes de caricatura política y fotografías que de otra manera se hubieran tirado a la basura.

Carlos Rojas Urrutia - Gerente de Mercadotecnia de Librerías Educal.

 

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