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‘El pacto de la hoguera’ de Alfredo Núñez Lanz

Tomás Garrido (al centro) junto a su esposa María Dolores Llovera (borde izquierdo) y sus hijos, circa 1930. Autor anónimo. Foto: Archivo General de la Nación.

Si alguna vez alguien soñó con un lugar en México donde no hubiera religión entonces ese sitio se encontraba en Tabasco a principios de los años 30, lugar donde se prohibió el culto religioso por instrucciones del entonces gobernador Tomás Garrido Canabal. Algunos lo apodaban el anticristo.  No sólo restringió el culto sino también el alcohol por aquellos años, pues el mandatario se había propuesto desfanatizar al pueblo y erradicar cualquier tipo de vicio.

“En Tabasco todo el mundo se hace el ateo o el abstemio”, dice uno de los personajes de El pacto de la hoguera, primera novela del escritor y editor Alfredo Núñez Lanz, quien recrea con lucidez en esta historia aquella época llena de injurias e injusticias para el que no tomara parte de esa ideología de inspiraciones fascistas. O estabas con la milicia o del lado religioso. No había más opciones.

Tú sabías de qué lado quedarte: si del de Garrido y sus Camisas Rojas o del de las personas vejadas a consecuencia de la persecución religiosa, la cual no sólo se limitaba al allanamiento de casas para buscar cualquier cosa que sugiriera relación con la religión, sino también a la prohibición de celebraciones religiosas, incineración de imágenes en hogueras, desaparecimiento de todo lo que tuviera una cruz o nombre relacionado con la religión, así como también la quema y destrucción de iglesias.

De esta última manera es como inicia el periplo de José Romero Franco Quiroli y su familia en El pacto de la hoguera: después de que los Camisas Rojas queman una iglesia todos los vecinos son obligados, a punta de rifles y pistolas, a salir a ver cómo arde la construcción y a escuchar consignas religiosas sobre el fanatismo católico. Cuando se van los perpetradores de este asalto es José quien rescata de las cenizas una efigie de madera del Sagrado Corazón, la cual comienza a rotarse entre las familias más devotas del lugar, a escondidas del Gobierno.

José se convierte en un héroe, y no solamente logra mantener despierto el entusiasmo de los creyentes, sino también el de los bebedores, pues se convierte en un traficante de alcohol en la región. Su suerte se ve vulnerada cuando Amador, uno de sus amigos más cercanos, le da la espalda y lo traiciona. Todos buscan a José, quien tiene que huir por seguridad y de esa manera llega a la Ciudad de México con toda su familia, en busca de un lugar tranquilo.

Hasta su nueva vida lo seguirá el pasado y su estrecha relación con Amador, pues crecieron juntos desde pequeños. Si bien algo los separó en abril de 1933 fue su filiación ideológica que, a pesar de los años, los volvió a unir de manera distinta en la Ciudad de México, cuando Amador decide buscarlo de nuevo. “Por ahí se dice que el cielo es el mismo en todas partes, pero quiero ver el que miras tú”, dice su él, y sobre esta relación comienzo una charla con el autor del libro, quien cuenta en esta entrevista la manera como se fue conformando esta historia, que originalmente escuchó en su familia y gradualmente transformó, con ayuda de una investigación, en lo que conocemos ahora como El pacto de la hoguera.

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Alfredo Núñez Lanz en el Centro Cultural Elena Garro. Foto: Educal-Correo del Libro.

Hay un poema que me gusta mucho del poeta mexicano A. E. Quintero que dice algo así como —no lo recuerdo literalmente—: “la única forma de querer a alguien que no te quiere es odiándolo”. Me vino a la mente cuando terminé de leer tu libro. ¿Podríamos creer que la traición de Amador a José fue una forma de hacerle saber cuánto lo quería?

—Es curioso, hace poco comencé a leer la poesía de A.E. Quintero y me parece muy precisa e iluminadora. Coincido con lo que mencionas. Amador lucha con varias cuestiones de carácter moral. Su concepto de amistad es cercano a esa frase de Oscar Wilde que sentencia: “La amistad es mucho más trágica que el amor. Dura más”. Amador concibe su lealtad hacia José más allá del deseo que le despierta, pues ese deseo está contaminado del ansia por ocultar su enorme inadecuación en el complejo tejido social donde dos facciones ideológicas aplastaban cualquier alternancia. Como Amador es incapaz de adscribirse a ninguno de esos dos discursos –el militar o el religioso– se vale de su posición política para castigar a aquel que amenaza el único lugar donde se siente acogido. La traición y venganza de Amador son también una forma de subversión; él había crecido en los márgenes, en la pobreza, y se deja seducir por las promesas de igualdad que pregonaba Garrido Canabal. Cuando adquiere poder, se ve tentado a ejercerlo, y con ello encuentra el camino falso para afirmar su identidad. El grave problema es que paradójicamente atenta contra sí mismo. Quizá ésta sea la contrariedad a la que llegan los políticos una vez que alcanzan el poder.

Sólo una vez en toda la historia mencionas el nombre de la mujer que se convirtió en sacerdotisa: Juana Lanz. No pude evitar pensar en tu apellido, además de que le dedicas la novela a tu abuela. Quiero pensar que su vida fue punta de lanza de esta historia. ¿Fue así?

—Mi abuela materna me habló de la historia de su padre, quien tuvo que salir de Tabasco en el año 32 por salvar una escultura de un Sagrado Corazón. Mi bisabuelo cambió de ideología y de opinión varias veces a lo largo de su vida, incluso su fe tomó rumbos tan alocados como el espiritismo y la masonería. La novela está dedicada a mi abuela porque compartió conmigo la experiencia del exilio de su padre y me sembró la inquietud por retratar la migración interna que vivió México en esos años y que contribuyó de alguna manera al crecimiento del DF. Por mi cuenta traté de construir otro exilio: uno interno, el que viven ambos personajes, un exilio existencial. Por otro lado, le debo a mi abuela mi interés por la lectura.

Tu libro me resultó muy cercano porque trabajo en el Centro Histórico y durante toda la historia hablas de algunas de sus calles, de la Merced, San Lázaro… Supongo que detrás de esta historia hay una investigación formal que realizaste. ¿Cómo fue este proceso?

—Traté de documentarme en dos aspectos: por un lado consultando los archivos, los trabajos de historiadores, tesis y documentos sobre el periodo. Por otro lado, gracias a la beca del FONCA que obtuve con este proyecto, pude viajar a Villahermosa y darme el tiempo para conocer su gastronomía, su cultura, y entrevistar a historiadores locales con perspectivas contrastantes sobre el garridismo. Caminé por las calles del centro de estas dos ciudades donde se desarrolla la novela con la intención de visitar los lugares donde mi bisabuelo había estado. La dirección de la bodega de plátanos en La Merced es real, ahí el José Romero que sí existió tuvo su negocio por más de diez años; era un espacio lleno de color y vida. Los bodegueros de aquella época iban trajeados y con sombreros elegantes, los locatarios de otros mercados se surtían en La Merced. La investigación que más me gustó fue la que implicó conocer la vida en aquellos años y ésa no la encontré en los libros ni en las tesis, sino en las largas y ricas conversaciones que sostuve con mi abuela y sus hermanas. Durante los encuentros que tuve con mi propia familia viajé en el tiempo a través de sus palabras y conocí a personajes como Fidel, que fue un empleado fiel y trabajador, casi un miembro más de la familia. El lugar de cómplice que ocupa en la novela es un pequeño homenaje a su lealtad.

Al tomar material de la realidad y la ficción, ¿en algún momento te importó que alguno de los dos tomara ventaja sobre el otro?

—Al principio tenía un poco de temor respecto a traicionar la memoria de mi bisabuelo o las palabras de mi familia, pues él nunca cometió ningún crimen en la vida real. Cuando comencé a escribir me sentía un poco culpable por tomar algunas de sus vivencias y usarlas para narrar aspectos que sólo a mí me interesaban. Sin embargo, cuando sentí que la voz de José Romero palpitaba y tenía una especie de vida propia, supe que era un personaje independiente de mi bisabuelo y que su vida estaba en la ficción; por lo tanto debía encauzar sus expresiones, deseos, vicios, temores, etc. lejos del referente real. Dejé que el José Romero de papel respirara y creciera sin tomar en cuenta si era fiel o no a la personalidad de mi bisabuelo, pues finalmente nunca lo conocí y en ese sentido entendí que la figura que yo tenía de él también era ficticia, hecha de lo que otros me contaban. Paradójicamente, siento que a través de la ficción logré conocer un poco a mi bisabuelo.

En tu novela no se nota tanto la violencia al hablar de los Camisas Rojas y de Tomás Garrido Canabal, que en la vida real tuvieron actitudes hasta fascistas. En ese sentido creo que la historia le gana por completo al contexto en que se desarrolla. ¿Te interesó manejar ese tono desde un principio?

—Es curioso, porque varios lectores me han dicho lo contrario, es decir, que es una novela muy violenta donde se exponen sin concesiones los abusos de los Camisas Rojas y el clima de incertidumbre y opresión generado por la presencia de Garrido Canabal. Yo creo que es una cuestión de perspectivas. Lo que intenté fue analizar las caras de la moneda sin resultar tendencioso. Finalmente, Garrido Canabal fue in ídolo polémico porque emprendió, a la par de la prohibición religiosa y la supresión del alcohol, proyectos de gran trascendencia como el desarrollo de la ganadería, el voto femenino, la educación, por mencionar sólo unas cuántas. A mí me interesan los contrastes, los claroscuros y las empresas de Garrido tienen muchos matices que sus detractores no alcanzan a valorar. Me interesaba particularmente no caer en el maniqueísmo y presentar la esperanza que representó su discurso para mucha gente. También quería indagar en ese poder que tiene el lenguaje y cómo funciona la retórica de los discursos políticos. Nunca quise escribir una novela histórica, en el sentido estricto de la palabra, que para mí implica pintar una realidad, porque eso supone adherirse a una perspectiva a favor o en contra. La ficción permite indagar más en lo humano y ese era mi verdadero interés.

Pasando a otro tema, pero que se enlaza por lo que cuenta tu historia y tomando en cuenta los derechos actuales que se han ganado y las libertades sexuales que actualmente goza la comunidad LGTBTTI, ¿Qué crees que nos dice una historia de este tipo?

—Me parece que El pacto de la hoguera no es una novela gay, si a eso te refieres. Tampoco es una novela que necesariamente denuncie la falta de derechos que sufrían las personas homosexuales en aquellos años. De igual forma, no me interesaba hacer una apología de los creyentes que defendían su fe a costa de cualquier sacrificio. Al escribir, quería indagar en la búsqueda y construcción de la identidad; cómo las personas formaban su criterio en un momento donde sólo había dos caminos: la militancia o la defensa de un credo. ¿Y si ninguno de esos dos caminos te convencía? Creo que más bien es una novela sobre la libertad, su búsqueda y su defensa. También es una novela sobre la amistad, que para mí es la forma más pura del amor.

Alfonso Navarrete – Jefe de Información de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.

 

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