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La escritura como meditación

Foto: Especial

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“¿Dónde termina la poeta y comienza la mística?”, se pregunta el ensayista y escritor Javier Sicilia sobre Elsa Cross (Ciudad de México, 6 de marzo de 1946). Responder la pregunta no es fácil, ya que la escritora, quien obtuvo el Premio Nacional de Artes y Literatura en Lingüística y Literatura 2016, es una de las figuras más originales que ha visto la poesía mexicana de los tiempos recientes.

Es hija de una pintora de bodegones y paisajes y de un piloto aviador. Estudió hasta la preparatoria en el colegio Francés Pasteur, dirigido por religiosas. “Tenía 14 o 15 años cuando escribí mis primeros poemas, y no tenía idea de que algún día me dedicaría a escribir”. Para ella la literatura surge como “una necesidad muy grande de dar expresión a la belleza y el sufrimiento”.

“Mi primer tema fue la muerte [...] Me preocupaba más la muerte que la vida misma o que ninguna otra cosa. [...] Tuve una crisis muy profunda como a los 18 años, sentía que la vida no tenía mucho sentido. Me preguntaba qué más había para el humano además de crecer, reproducirse y morir.” Muchas de sus inquietudes encontrarían sosiego en la meditación, la cual descubrió años más tarde.

El difícil camino a la poesía

En su juventud participó en un taller de Juan José Arreola, y con ello encontró que la escritura podía ser una vocación de vida. Durante un tiempo elaboró novelas, cuentos, e incluso una pieza de teatro que no llegó a concretarse, pero lo único que le permitió encontrar un nexo entre la escritura y ella misma fue la poesía.

En 1966 apareció Naxos, su primer libro de prosa poética. El título va en honor de la isla griega donde Teseo abandonó a Ariadna para ir a la búsqueda del Minotauro. “Lo más satisfactorio de mi trabajo artístico es poder compartir con los demás, a través de la poesía, muchos de los momentos en que he percibido con más intensidad la belleza y realidad.”

El poemario La dama de la torre, comentado con generosidad por su amigo Efraín Huerta, reafirmó su decisión: se dedicaría de lleno a la poesía. El libro fue publicado en 1972 y obtuvo el primer lugar en el Concurso Cultural de la Juventud, convocado por la Secretaría de Educación Pública.

En dos ocasiones, 1972 y 1980, fue becaria del Centro Mexicano de Escritores; y en 1981 participó en el Internacional Writing Program en Iowa, Estados Unidos. “Nunca quise estudiar letras porque no me interesaba destazar los poemas”. En cambio, alcanzó el grado de doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su tesis de licenciatura, dirigida por el filósofo español Ramón Xirau, analiza la tragedia desde las perspectivas nietzscheana y aristotélica.

Su trabajo de maestría, La realidad transfigurada. En torno a las ideas del joven Nietzsche (1985), fue publicado por la UNAM; contiene su perspectiva sobre los trabajos iniciales del pensador alemán: “Aunque Nietzsche haya dicho que su libro era una aportación a la estética [...] El nacimiento de la tragedia contiene ya el germen de la transvaloración, del superhombre, del eterno retorno y de la voluntad de poder”. Desde su perspectiva es una lástima que Nietzsche no haya conocido la filosofía oriental de manera profunda, ya que su pensamiento “tiene mucho en común con el shivaísmo de Cachemira”.

La meditación y la escritura

Para el crítico literario Adolfo Castañón, “Elsa Cross es del linaje de San Juan de la Cruz, pájaro solitario de la poesía y de la aventura espiritual”. En 1976, la poeta llegó por casualidad a un centro de meditación Siddha. Pensaba que ahí enseñaban yoga y que tomar unas clases la ayudaría a bajar de peso. Al principio, “sentía reserva hacia el Oriente, porque no entraba en mis esquemas occidentales”.

Hoy, los ejercicios meditativos la han hecho más sensible hacia lo externo e interno, y le han servido para ser más consciente del poder de las palabras. “A veces la gente piensa que la meditación es un escape de la realidad, pero es todo lo contrario. Nunca antes había percibido la riqueza que ahora veo en la realidad”.

Desde que se inició en esta disciplina, no ha dejado de practicarla. Con el paso del tiempo, incluso ha llegado a considerar que la poesía misma es sólo una forma más de buscar la visión de la unidad esencial. “No es que utilice la meditación para escribir, sino que mi escritura es una consecuencia directa del efecto profundo de la meditación”.

Esta instrucción espiritual también le ha servido para librarse de los bloqueos que le impedían escribir; el principal de ellos era considerar a la escritura como una actividad demasiado importante.

En 1978, impulsada por sus prácticas meditativas, empieza a estudiar filosofía de la India en el Gurudev Siddha Peeth y conoce al swami Muktananda Paramahamsa, gran maestro espiritual del siglo XX.

Su estancia más prolongada en la India fue de abril de 1982 a marzo de 1984. Durante ese tiempo estudió filosofía oriental y meditación en Ganéshpuri, lugar donde se encuentra un gran jardín dedicado a prácticas espirituales. También es sede el Indological Research Center, donde trabajan especialistas hindúes y extranjeros.

Para Cross, “la poesía es un conocimiento más allá de la propia experiencia”. En un intento por explicarlo, cita a Kabiv, místico hindú del siglo XV: 

Lo que tú miras no es;

y para lo que es

tú no tienes palabras…

Esa belleza suya no se mira en el ojo

Ese poema suyo no es escucha en el oído.

Cross piensa que “el poeta es el gran cantor de la tribu”. Y sus poemas son fruto no sólo de la experiencia individual, “sino de otra más vasta, de que soy únicamente un vehículo de expresión, pues la experiencia no proviene sólo de lo que he vivido en esta vida”.

“Escribir es una satisfacción personal que puedo compartir con alguien, pero nada más, y lo otro [la meditación] es algo que sirve siempre”. Desde su perspectiva, la religión nace de la necesidad humana de encontrar la permanencia; así como de la intuición y necesidad de Dios. “Posiblemente todo arte surge en sus inicios de la magia o la religión”.

El alimento místico y espiritual de su obra

Es autora de una veintena de libros. Su obra se caracteriza por buscar coincidencias entre los mitos y la espiritualidad de diversas culturas, y huye de las categorías tradicionales. “Me parecen banales todas las clasificaciones de la poesía que tienden a dividirla como masculina o femenina, o de tal o cual país”.

Entre los escritores de su generación considera a José Agustín, René Avilés y Alejandro Aura como los más destacados. Como poetas, se siente muy próxima a Saint John Perse, de quien tradujo Canto por un equinoccio; al griego Séferis y a Octavio Paz.

Por otra parte, ella misma no tiene reparo en comparar a autores aparentemente disímiles. “Hay versos de la princesa Mirabai, que están ya escritos casi literalmente en el Cantar de los cantares… Igualmente en Tukaram y San Francisco de Asís hay aspectos muy semejantes. Eso sucede porque la experiencia mística trasciende toda diferencia de religiones, tradiciones e idiomas en que se escriba”.

En sus trabajos se halla un trasfondo filosófico que mezcla las tradiciones oriental y occidental. Por ejemplo, en Los poemas de Antar (1990), la autora juega “con la imagen de espejismos en lugares desérticos, y también con el ‘concepto maya’ de la filosofía hindú, que se refiere a aspectos ilusionarios de nuestra percepción de la existencia”. Esta obra recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes de 1989.

“Parece que lo que digo es muy hindú, pero no hay ni un solo concepto que no exista directa o indirectamente en la filosofía occidental. Por ejemplo, la idea del mundo ilusorio se encuentra en filósofos británicos, y la idea de la reencarnación, la cual manejo en Moira, está en Orígenes o en Platón”.

Su ensayo Los dos jardines. Mística y erotismo en algunos poetas mexicanos (2003) explora las relaciones entre poesía, mística y erotismo en la obra de algunos autores mexicanos. La fuente de otros libros es más personal. “Cuando me inicié en la meditación tuve una serie de experiencias internas de belleza indescriptible [...] Esas visiones, esas percepciones, después fueron imágenes y temas para muchos de mis poemas”.

Los poemas largos Baniano (1986) y Canto malabar (1987) están muy inspirados en dichas experiencias metafísicas. Ambos textos guardan una profunda relación entre sí. El primero lleva el nombre de un árbol sagrado hindú, cuyas ramas crecen para clavarse en la tierra. La imagen del baniano se ha empleado en la poesía tradicional para simbolizar el retorno al origen.

Canto malabar debe su nombre a la Costa de Malabar en la India. Fue escrito precisamente a la sombra de un baniano, a partir de una sugerencia expresa de su maestro Muktananda. Esta obra trata de la búsqueda del ser amado más allá de la muerte. Cuenta la leyenda de Savitri y su prometido Satyavan; y para Cross llegaría a simbolizar lo que significó la muerte del swami Muktananda, su maestro de meditación.

Sobre ese libro, la crítica literaria Alicia Zendejas comenta que “como casi toda su poesía, tiene este canto la intimidad del monólogo; lo que sólo su oído percibe proviene de miles de voces de la antigüedad más lejana, a las que [Elsa Cross] da un orden reinante y universal”.

Otro de sus textos más importantes, Diván de Antar (1990), parte de una doble motivación: la anecdótica fue un enamoramiento, y la formal, el deseo de desarrollar una imagen contenida en los Cantos del oasis del Hoggar: “He pronunciado tu nombre, y el espejismo ha construido toda una ciudad para oírme hablar de ti”. El título del libro lo escuchó mientras meditaba.

Algunas de sus obras tienen una carga mítica más acentuada. Por ejemplo, Jaguar (1991) “representó un encuentro muy profundo con México, después de haber vivido dos años en India”, y en él se recogen muchas tradiciones de nuestro país. Por otra parte, El vino de las cosas. Ditirambos (2004) expresa el deslumbramiento por los mundos griego antiguo e hindú, llenos de belleza y energía divina.

Moira (1993) hace referencia a las deidades griegas del destino. Es un libro sobre los muertos, pero no fúnebre. Fue escrito gracias a una beca del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y recibió el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, en 1992. “Veo [a la muerte] como una gran belleza, no considero que tenga que asociarse necesariamente con algo macabro y trágico”. Sin embargo, su obra no pretende “hacer una glorificación de la muerte”, sino resolver su necesidad de verla “como algo más natural”.

Hasta una poeta consumada puede dudar de su vocación. “A veces pienso que puedo ocuparme en cosas más útiles, por ejemplo, en los programas de ayuda social que hay en el áshram en Ganéshpuri”.

En uno de sus más recientes viajes a la India, una maestra de meditación despejó sus interrogantes. “Al regalarme una pluma muy especial, sin que yo le hubiera planteado estas dudas, confirmé que lo mío es la poesía”. La pluma le sirvió para escribir Visión del niño Râm, obra que surgió por imágenes que le llegaban a la mente cuando en el áshram acudía a unos cantos realizados en honor de un santo maestro legendario.

Pese a su extensa producción, Cross admite que nunca ha vivido de sus libros. Ha impartido clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y en la escuela Nacional de Arte Teatral del INBA. Además, ha subsistido gracias a becas y trabajos diversos en relaciones públicas, guionismo para televisión, y más. También ha sido redactora de textos publicitarios, organizadora de eventos culturales y traductora durante muchos años.

Mónica Mansour, ensayista y amiga de Elsa Cross, opina que a través de las diferentes etapas de su trayectoria, la autora “mantiene una continuidad en toda su obra, caracterizada por ser poesía de sensaciones, a veces erótica y a veces desgarrada”. Por su parte, el poeta Juan Galván Paulin afirma que para Elsa “asumir la poesía es asumir su destino”.

Para Myriam Moscona, sus versos son “como esos días inexplicablemente hermosos en los que no dan ganas de hacer nada, más que dejarse vivir por ellos”. “Entre el viaje espiritual y el viaje físico está el poema”, afirma la poeta. Fruto de muchos viajes, tanto físicos como espirituales, la obra de Elsa Cross es única en el inventario de las letras mexicanas.

Adriana del Moral Espinosa

 

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