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Emily Brontë o la inmortalidad de un alma libre

A 200 años del nacimiento de la autora de 'Cumbres borrascosas'

Emily Brontë de perfil. Imagen: Especial.

Entre el paisaje lúgubre e insalubre de Haworth, cubierto de páramos a consecuencia de la industrialización y de su vecindad con un terreno sepulcral, florecieron tres de las figuras femeninas más importantes en la literatura inglesa del siglo XIX.

Como tres son las Gracias que conformaban el séquito de Afrodita; tres las Moiras que distribuían el destino a cada uno de los hombres, también tres fue el número de las hermanas Brontë que sobrevivieron al legado de muerte que dominara el rumbo de su familia, a partir del temprano fallecimiento de su madre.

Con sólo dos años de diferencia entre cada una, la prolífica triada logró constituir una hermandad literaria en la que si bien era evidente la educación primera que todas habían recibido bajo el cuidado paterno, así como la influencia de los acontecimientos comunes que marcaron sus vidas, Charlotte, Emily y Anne destacaron por plasmar en cada escrito un estilo propio, amén a su carácter y personalidad.

De ahí que a pesar de las opiniones conservadoras y las restricciones que reinaban en casa, la impronta literaria de Emily Jane Brontë (30 de julio de 1818, Thornton- 19 de diciembre 1948, Haworth) estuvo libre de convencionalismos y no sólo desafió la corriente victoriana predominante en su época, sino también la realidad con los universos imaginarios que inventaba al lado de sus hermanos.

Desde las aventuras ficticias en Anglia (que escribió junto a su hermano Branwell), Glass Town y Gondal (escritas por las tres hermanas Brontë) hasta Cumbres borrascosas, Emily desbordó en sus obras la habilidad de su pluma con gran fluidez, aprovechando la libertad intelectual que le concediera su padre, sin saber cuán indeleblemente marcaría ésta el arte de su hija.

No obstante, poco es lo que se conserva de los escritos juveniles de Emily Brontë y poco es también lo que conocemos acerca de la inescrutable intimidad de su ser, a excepción de lo que Charlotte precisara en el retrato biográfico que hizo de su hermana menor.

Así pues, se sabe que la soledad y el silencio eran el escenario cotidiano de Emily, quien lo prefería a la compañía de personas que no fueran de su familia; por lo que pocas veces salió de casa y cuando llegó a hacerlo, buscó siempre el modo de volver, consumida por una terrible nostalgia.

Esta tendencia cercana a la misantropía provocaba que se le temiera por su “fortaleza de carácter”, muchas veces semejante a la de un hombre. Mas como ella misma sentenciara, sólo deseaba ser como ella misma.

Con todo, la fuente más directa que ha permitido desentrañar el misterio de su personalidad es, sin duda, su producción literaria, que aunque se limita a una sola novela y a más de 200 poemas, resulta en opinión de algunos estudiosos, irrefutablemente reveladora. Y es que pese a la abstracción en que parecía vivir la joven escritora, el mundo que la rodeaba no le era ajeno.

Delineando minuciosamente un paisaje semejante a aquel que día a día presenciaba, Brontë incorporó a esta monotonía uno de los romances más tórridos de todos los tiempos e hizo de esto algo extraordinario, pues la conjunción de estos elementos no sólo aportó verosimilitud a su historia con escenarios tan exquisitamente detallados, que servían de punto de encuentro para la indómita pasión de sus protagonistas; también volvió simbólico el título de su obra.

De modo que Cumbres borrascosas no recibe su nombre a causa de “la agitación atmosférica a que está expuesto el lugar en tiempo de tormenta”, sino que alude al punto más álgido del desenfrenado amor entre Catalina y Heathcliff, que por sí solo podía resultar tan destructivo como el paso de un huracán.

La intensidad con la que describe esta historia supondría el dominio o por lo menos, la amplia experiencia de la autora en el tema, pero su soledad y el desagrado que su actitud producía en algunas personas revelan, más bien, que aquella fue producto de su tendencia a los extremos: el desdén por las relaciones amorosas, del cual hiciera gala en “El anciano estoico” (compilado en el volumen Poemas por Currer, Ellis y Acton Bell, 1846) la llevó a construir un amorío tan enfermizo cuan fascinante, y a plasmarlo en un solo texto que bastó para reconocer a Brontë como una de las principales escritoras del romanticismo; y a su obra, como un clásico de la literatura universal.

Otro elemento que, sin duda, contribuyó al éxito posterior de la novela es el complejo trazo psicológico que la autora hace de sus personajes, a los cuales ágilmente disecciona, al permitir que el lector conozca, además de su comportamiento y sus palabras, sus deseos y pensamientos, para dar razón, así como congruencia a la trama.

La habilidad narrativa de Emily, influenciada por el romanticismo alemán y el estilo gótico de autores como Shelley y Hoffmann, le valió para crear en torno a su historia de amor un ambiente oscuro, enigmático y, a ratos, tétrico, a través de la narración enmarcada, una inusual estructura, y la alteración temporal que va esclareciendo el origen de las primeras impresiones del señor Lockwood. Lo cual parecía ser lo más importante para la autora que inserta los momentos clave de la historia en el desarrollo y ya desde el inicio presenta un primer desenlace.

Con todo, la novela no impresionó a la crítica de su época, puesto que se oponía a la decencia, el realismo y la preocupación por la perfección estilística que tanto valoraba la literatura victoriana de aquel entonces. El talante subversivo de Brontë resultó en la depreciación de su genio y relegando su obra, según el juicio de sus detractores, burda, violenta y llena de una innecesaria locura.

Mas justamente las letras desafiantes de aquella que decidió “rehuir las veredas comunes que otros recorren” (Intercede por mí, 1846), le permitieron dar fuerza a sus personajes femeninos, provistos de una voz propia que en contraste y dadas las condiciones de la época, la propia Emily tuvo que deponer en más de una ocasión.

Eso explica el constante reproche y la ridiculización que la autora hace, aunque sutilmente, de los vicios de su tiempo, representados en cada uno de los individuos que con gran ingenio delineó en su obra, al punto de enaltecer, por encima de los demás, la prudencia y la cultura de Elena Dean, la leal fámula de Cumbres borrascosas.

Sin temor al porvenir y a la recepción de sus escritos, Emily decidió publicarlos a costa de su propio dinero. Refrendando su valentía, el tiempo se encargó de hacerle justicia y de reconocer en la producción literaria de Brontë la libertad que, como refiere su hermana mayor, “era el aliento de las fosas nasales de Emily”.

Sin embargo, este mismo tiempo ha servido también para difundir la idea de que las dotes literarias de la escritora se debían a una condición cuyos rasgos serían considerados el día de hoy como autistas. En cualquiera de los casos, es innegable el prodigioso arte de la autora, que consciente o no del valor atemporal de sus obras recitaba en la última estrofa de su poema de 1846, “No es cobarde mi alma”:

No hay espacio para la muerte,

ni átomo que sus fuerzas pueda minar:

Tú, Tú eres el Ser y el Aliento,

y lo que eres nunca podrá ser destruido

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

 

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