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Emmanuel Carrère: Narrarse a sí mismo

Una ventana al mundo del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2017

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Lo que unos admiran es lo que otros reprochan a la obra de Emmanuel Carrère: la libertad de contar lo que se le antoje como le venga en gana. Esto incluye usar distintos registros, brincar de un género a otro en un mismo relato y con ello producir obras, digamos, difícilmente clasificables.

En sus comienzos como escritor se abocó al género tradicional de la novela. Sus primeras publicaciones son novelas. El bigote (1986) narra la historia de un hombre que decide un buen día rasurarse el pelambre oscuro que corona sus labios. Cuando lo hace, su pareja no sólo no nota el cambio sino que además niega rotundamente la existencia anterior del pretendido bigote. A ella se unen conocidos y amigos. Parece que todos se empeñan en sacar al abrumado protagonista de su error: nunca llevó bigote. El personaje cae en una espiral de psicosis que lo hace dudar no sólo de la existencia de su vellosidad facial, sino de todo lo que lo rodea: ¿su padre no está vivo?, ¿nunca fueron de vacaciones a Java? Hasta sus mejores amigos parecen nunca haber existido. Atormentado por este complot universal nuestro hombre se refugia en una ciudad asiática en donde el anonimato le devuelve, si se puede, un poco de paz.

En otro relato psicológico, Nicolas, un niño tímido y con una imaginación desbordada, participa en el viaje de Una semana en la nieve (1995) organizado por su escuela. Estas vacaciones tan esperadas por todos sus compañeros de clase provocarán en Nicolas una avalancha de angustia, sospecha y temores impronunciables. Un thriller que más tarde sería llevado a la gran pantalla por Claude Miller. Además de esta novela, El bigote y El adversario fueron adaptadas al cine y gozaron de buena crítica. La primera, escrita por el autor mismo, quien tiene una larga carrera como guionista televisivo y cinematográfico. Su contribución más conocida es el guión de los primeros capítulos de la aclamada serie televisiva Les revenants (2012).

El adversario (1999) es una más de sus obras de corte psicológico; se basa en el caso Jean-Claude Romand, quien asesinó a su esposa, a sus dos hijos y a sus padres cuando la enorme mentira en que se había convertido su vida se volvió insostenible. Su mitomanía le concedió un falso título en la escuela de medicina y un importante aunque imaginario puesto en la Organización Mundial de la Salud. Durante 18 años Romand vivió una ficción cuidadosamente construida. Hasta que la familia comenzó a sospechar. Carrère encontró la noticia en los diarios y su curiosidad por el personaje lo llevó a emprender una larga y minuciosa investigación sobre el caso. Después de varios intentos fallidos por narrar la historia en primera persona con Romand como protagonista, Carrère toma una decisión que cambiaría el rumbo de su escritura: incluirse. Así, el resultado es un híbrido en el que el proceso de investigación del autor conversa con el relato sobre este silencioso psicópata.

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Eduard Limónov recibe en uno de sus departamenteos secretos de Moscú a Emmanuel Carrère. Foto: Especial.

El yo como lugar desde el cual se escribe

Después del Adversario, Carrère deja de escribir ficción pura para dedicarse a cultivar un género propio que se escapa de las convenciones literarias. El común denominador de su obra, ya sea relato, documental o artículo periodístico, es la inclusión de sí mismo, no sólo como auto-ficción, sino como revelación de la propia persona. Durante una entrevista con motivo de la publicación de la recopilación de artículos periodísticos Conviene tener un sitio adonde ir (2017), el autor afirma que la inclusión del “yo” en el relato (ficcional o periodístico) ayuda a dar pistas al lector sobre el lugar desde el cual se escribe. Para este muchas veces galardonado escritor es de gran importancia la inclusión de una suerte de making-of dentro de las propias obras; esto implica revelar detalles y reflexiones no sólo sobre el proceso de concepción y escritura, sino también sobre elementos de su vida personal que tendrían alguna influencia en la realización de la obra.

Regreso a Kotelnich, filme documental y hermano mayor de Una novela rusa, lleva al cineasta y escritor de vuelta a un pequeño y aislado pueblo ruso donde espera encontrar pistas sobre los ancestros de su madre, hija de inmigrantes soviéticos en Francia. La búsqueda, el tanteo y la espera cobran sentido en un viraje inesperado: el asesinato de una joven madre y su bebé, esposa ésta de un oficial del servicio de inteligencia rusa. La tragedia le concierne, la joven había sido cercana al equipo de producción en las dos ocasiones anteriores en las que Carrère y sus colaboradores se habían dedicado a filmar todo y nada en este pueblo olvidado sin una idea clara sobre lo que estaban buscando.

Años más tarde, Una novela rusa nos hace volver (una vez más) a Kotelnich en un relato en el que tres historias se entrecruzan: primero la de un prisionero húngaro que pasa 55 años encerrado en este pueblo; segundo, la de su abuelo materno, colaborador con los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial; por último, una relación amorosa y autobiográfica. Pero en realidad, estas historias, tanto la del documental como las de la novela Kotelnich —si acaso este relato cabe en dicho género— son el telón de fondo de algo que sucede en primer plano: las obsesiones angustiantes del propio autor.

De vidas ajenas comienza con un devastador tsunami en Sri Lanka del que el autor fue testigo en 2004. La historia de una pareja de franceses que sufre la terrible pérdida de su pequeña hija despierta un sentido de hermandad en el protagonista que dota de una nueva dimensión a su relación de pareja. Pero si de vidas ajenas y pérdidas se trata, la historia no termina ahí; el narrador busca en sus entrañas heridas abiertas y las encuentra: la muerte de su cuñada por cáncer abre una nueva puerta al relato. Carrère siente culpa por no haberse interesado lo suficiente en su cuñada antes de convertirla en personaje. Pero el show debe continuar y su renovado interés lo lleva al encuentro de un amigo íntimo de la difunta: un juez de lo civil, sobreviviente él mismo de cáncer. El punto final de la historia se prolonga lastimosamente: el relato sobre la pérdida se transforma en una cátedra sobre juzgados. Si no fuera por las decenas de páginas que prolongan el relato, este sería una de sus mejores obras autoficcionales.

El Reino (2014) es una magnífica obra de investigación sobre los orígenes del cristianismo. El libro, de no menos de 630 páginas en su edición francesa, incluye un meticuloso trabajo de análisis sobre los evangelios y una profunda labor de investigación sobre la vida y obra de San Pablo y San Lucas. Una interesante reflexión sobre el estilo literario de Lucas, a quien considera el primer novelista de la era cristiana, proporciona una nueva óptica al tema. Creyente, agnóstico o ateo, el lector encontrará en El Reino no sólo un excelente trabajo narrativo, sino también una crítica informada y pertinente sobre la fe católica, así como sobre ensamblaje del relato más importante de Occidente: el Nuevo Testamento. Se trata del detrás de cámaras de la fe cristiana. El todo, por supuesto, salpimentado con anécdotas personales que en algunas ocasiones son de una relevancia indiscutible: como la crisis de fe que a los 33 años llevó al autor a acercarse al catolicismo; pero otras, absolutamente innecesarias como las obsesivas referencias a otras de sus obras.

El narcisismo narrativo cede en Limónov (2011). En esta semblanza biográfica, el autor sigue a un personaje delirante: adolescente rebelde, poeta underground en la Unión Soviética, indigente en Nueva York, novelista escandaloso de vuelta en Rusia, soldado en los Balcanes, político nacional-bolchevique… Edouard Limónov es un complejo personaje que rebasa toda ficción posible. Una biografía bien informada en la que el autor no escatima en detalles que desnudan sin piedad a su personaje. Por sus páginas desfilan relaciones fallidas, engaño, rechazo, codicia, fracaso; pero también lucha, carácter, astucia y convicción. Limónov es un aleph de la condición humana, un hombre tan único como universal, el espejo de nuestras pretensiones y de nuestras miserias.

Contar lo que sucede tras bambalinas resulta, en efecto, enriquecedor en cierta medida y en algunas ocasiones. En otras, en cambio, pareciera innecesario e incluso pretencioso. Acusado de narcisismo, Carrère va más allá de la autoficción. Las intervenciones personales del autor, las constantes acotaciones y referencias a su vida personal y su obra literaria, no son un making-of de sus obras son la obra. Lo que sucede tras bambalinas Emmanuel Carrère lo coloca en el proscenio. Su objetivo es claro: narrarse a sí mismo a través de estas historias. Carrère tiene, sin embargo, la maestría de convertir el narcisismo en un espejo universal, porque sus borracheras son las nuestras, porque sus carencias, su egoísmo, sus culpas y defectos son los nuestros. Carrère es ese personaje universal y solitario en busca de páginas donde habitar.

Las críticas que este estilo le han valido también han sido argumentos para el reconocimiento de su obra a través de numerosos premios como el Renaudot, el Fémina, el Henri Gal de la Academia Francesa y en este mes de noviembre de 2017, el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de Literatura en Lenguas Romances.

Mariana Martínez Salgado - Escritora, editora y consultora en innovación educativa.

 

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