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Entre la realidad y la no ficción: Paul Auster

70 años del autor de "La trilogía de Nueva York"
auster vanguardia

Foto: Palau Robert/La Vanguardia

En el mundo bibliófilo existe una fascinación milenaria por el enigma del origen de la ficción. La figura del texto dentro del texto emerge en los anales de la literatura casi como si fuera un mantra, lo cual provoca un cuestionamiento tanto del origen de la historia como del narrador. Paul Auster (Newark, 1947) es el heredero contemporáneo de este juego de ilusiones.

Auster emplea la narrativa y la no ficción para trasladar el enigma al paradigma del posmodernismo. El resultado es una obra en la que el hombre actual se ve reflejado en paisajes conformados por  la soledad urbana, la lingüística y el thriller. Traducido a 30 idiomas, Auster cuenta en su haber con más de 20 publicaciones, entre las que sobresalen 4321 (2017), Diario de Invierno (2012), Brooklyn Follies (2005), Leviatán (1992), El cuaderno rojo (1992), La música del azar (1990) y La trilogía de Nueva York (1987), así como los guiones de las películas Smoke (1995), Lulu on the bridge (1998) y La vida interior de Martin Frost (2007). Ha recibido numerosos galardones como los premios Príncipe de Asturias de las Letras, Medicis y Leteo. Es caballero de la Orden de las Artes y las Letras Francesas, y miembro de la American Academy of Arts and Letters. En 2018 se convertirá en presidente del grupo PEN America.

El idilio con la literatura comienza con un niño de seis años que se encuentra a su jugador favorito de béisbol Willie Mays, de los Gigantes de Nueva York, pero que a falta de una pluma se queda sin su autógrafo. A partir de ese día Auster siempre lleva una consigo. Armado con tinta y una pasión desbordante por los libros (sus profesores no le creían su ritmo de lectura), creció bebiendo palabras. Cita como grandes referencias a  Dostoievski, Hawthorne, Mallarmé y Montaigne. A los que la crítica agrega: Kafka, Borges y Beckett, y la academia a Sartre y Kierkegaard.

Poseedor de unos penetrantes ojos verdes, una fascinación por la observación y un mutismo causado por la vergüenza, el niño que se quedó sin autógrafo escogió las letras como camino de vida. Tras graduarse de la Columbia University, emigró a París. Mientras exploraba la poesía y la prosa -nunca la novela- trabajó como traductor, fue cuidador de finca, marino de barco petrolero y lector de un adulto mayor. Encontrando imposible subsistir, como en la ópera La Bohème, del calor de las artes. Auster regresó a Estados Unidos donde escribió La trilogía de Nueva York, entre 1985 y 1987, obra que marcó un hito en la literatura norteamericana.

Este compendio de tres novelas (Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada) presenta uno de sus temas recurrentes: los Doppelgänger (el doble fantasmagórico de una persona viva). En Ciudad de cristal, Daniel Quinn suprime el pasado escribiendo, bajo el seudónimo de William Wilson, sobre el detective Max Work. Un día el teléfono suena, buscan al detective Paul Auster. Tentado por el misterio, asume ser quien no es. La trama lo lleva a una discusión con el propio Auster sobre El Quijote, como un doble literario: “Siempre he sospechado que Cervantes devoraba aquellos viejos libros de caballería. No puedes odiar algo tan violentamente a menos que una parte de ti lo ame también. En cierto sentido, don Quijote no era más que un doble de Cervantes”.

Con pluma tajante, Auster guía al lector en un laberinto cuya única claridad es la casualidad. El Palacio de la luna narra la historia, aparentemente inconexa, de Marco Stanley Fogg, un estudiante universitario de Columbia, huérfano. Confrontado con la pobreza, vende la herencia de su tío, mil 492 libros, hasta terminar desahuciado y casi lunático en un parque. Sobrevive convirtiéndose en acompañante y lector del casi ciego Thomas Effing, quien ha tenido experiencias curiosamente paralelas a las de Fogg. Al encontrar por azar al hijo que Effing nunca supo que había tenido, descubrimos que el desconocido es el padre del protagonista.

La tensión que surge al hilvanar los dobles, las tretas y las casualidades, es enriquecida por la pasión del escritor por la lingüística y la forma. Auster relata que siempre le han fascinado las narraciones que se justifican, como La letra escarlata y El Quijote. Por eso no duda en presentar diálogos que cuestionen dónde empieza la ficción y termina la realidad. Influido por la teoría literaria francesa, busca comunicar el espacio que existe entre las palabras y su interpretación, concluyendo que la única posibilidad de ello es la existencia fuera del lenguaje. Consecuentemente, sus personajes brincan a la autodestrucción o periodos de locura y desconexión donde el silencio los ilumina.

Cuando no escribe ficción, Paul Auster se sienta frente a su máquina de escribir y vierte sus memorias en textos como Invención de la soledad, Diario de invierno e Informe interior. Invención de la soledad explora la muerte de su padre, quien tuvo una tan fantasmagórica vida que si no la plasma en papel se vería condenado al olvido. Diario de inverno e Informe interior son obras hermanas. La primera trata sobre la fragilidad del cuerpo y la proximidad de la muerte. Al contrario, la segunda presenta a un Auster joven, con sed de vida y reflexión. Cuenta una anécdota infantil, en la que una noche un compañero que iba medio metro frente a él, fue electrocutado mortalmente por un rayo. La casualidad lo marcó de por vida. Dice el autor: “las historias solo le suceden a quien puede contarlas”.

Podemos disfrutar del talento del escritor norteamericano más francés de la actualidad tanto en el mundo de la cinematografía como el de la traducción. Entre sus guiones sobresalen: Lulú en el puente, Smoke y La vida interior de Martin Frost. Los lectores angloparlantes le deben a Auster la traducción de Mallarmé, Sartre, Pierre Clastres, Dupin y Blanchot. Asimismo ha editado un compendio de poesía francesa del siglo XX e Historias sobre la vida americana, un proyecto desarrollado en la radio sobre anécdotas inverosímiles.

Paul Auster recurre a la multiplicación de sí mismo para hacer de su literatura una obra que es definitivamente suya. A diferencia de otras experiencias literarias, en este caso el escritor no lo estará guiando por la trama, sino que se lo encontrará leyendo sobre su hombro, a la vez que también lo verá cometer actos fundamentales para el desarrollo de la ficción. Tras sumergirte en su prosa, no volverás a ver la ciudad, tus relaciones ni las palabras que emergen de tu boca a borbotones al encontrarte a un antiguo compañero, igual. En palabras de Auster, “nunca hay que subestimar el poder de los libros”.

Myhrra Duarte

 

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