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Ernesto de la Peña: la ignorancia ausente

A un lustro de la muerte del humanista mexicano
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Ernesto de la Peña en conferencia. Foto: Archivo El Universal.

La curiosidad, vista desde una perspectiva indulgente, es una virtud escasa y propia de los hombres que no se conforman con la faz manifiesta del mundo, sino que persisten en la interminable búsqueda de todas las posibilidades existentes para comprender su realidad. Muchas veces, en un afán malintencionado, a quien hace de ella un motor vital se le llama “entrometido” o “chismoso”; sin embargo, lo que para muchos representa un insulto, para otros, como Ernesto de la Peña (21 de noviembre de 1927- 10 de septiembre de 2012), resulta un adjetivo justo.

Y es que para aquél que conoce con tal profundidad su propia lengua, las palabras devienen oportunidades infinitas para expresarse. Durante 85 años, De la Peña se ocupó en hacer honor a su virtud y a dedicar horas a escudriñar cada línea de los libros que con voracidad leía. Rodeado desde su tierna infancia por mundos incomprensibles y, por ello, más atractivos, alimentó sus primeras inquietudes intelectuales en la biblioteca de la casa materna que lo acogió junto con sus hermanos, tras la intempestiva muerte de su madre.

Bajo la tutela de su primo —que fungió siempre como su padre— De la Peña se encontró con los intereses que lo marcarían a lo largo de su vida: la música, las letras y la cultura. El amor que el escritor prodigó a cada uno de estos elementos hizo que el ámbito privado y el profesional de su existencia se fundieran en uno mismo.

Dotado de una prodigiosa memoria y un gran deseo por conocer, Ernesto de la Peña descubrió en el hacer las cosas por placer y no por obligación el secreto para desarrollar una pasión genuina por todo. No es una exageración afirmar que los campos de estudio del poeta fueron tan amplios que nunca estuvieron limitados a una ciencia o arte en particular.

Si bien los estudios clásicos ocuparon un lugar importante en su carrera, por ser las grafías griegas el preludio de un lenguaje secreto del que se apropiaría íntegramente hasta los primeros años de universidad, sus aproximaciones a la lírica francesa, a la filosofía de la ciencia, a la ópera, al tango o a los textos bíblicos en sus lenguas originales -entre otras cuestiones- no le merecieron menor esfuerzo y dedicación.

De ahí que el gremio cultural e intelectual lo considere uno de los siete sabios del siglo XXI. Pero la sapiencia, que resulta un atributo evidente para un personaje como De la Peña, no fue motivo de presunción o altivez por parte del traductor, quien siempre tuvo la disposición de transmitir “lo poco” que sabía.

La sencillez de carácter y la modestia que siempre acompañaron a sus palabras, aunadas a la natural desenvoltura de su personalidad y a la simpatía que inspiraba su semblante, le permitieron difundir sus conocimientos a una escala mayor.

A través de una serie de cápsulas, que fungían como píldoras de saber, don Ernesto se embarcó en la empresa de hacer llegar breviarios de cultura a un público no especializado. Aprovechando los espacios que se le brindaban como conductor o invitado, proporcionaba una serie de datos y saberes extraídos de sus afanosas lecturas e investigaciones que obtuvieron en general gran aceptación y lo volvieron el maestro de generaciones.

Su capacidad para abordar con soltura cualquier tema que se le presentara le valió, en un lapso de más de dos décadas, un lugar fijo en el IMER (Instituto Mexicano de la Radio) con los programas culturales: Testimonio y celebración, Al hilo del tiempo, Música para Dios y 100-200 años. Pese a la grandilocuente erudición que manifestaba en cada participación, De la Peña se caracterizó por evitar el uso de tecnicismos o lenguaje específico que obstruyera el canal de comunicación entre él y la gente; pues hacer asequible la cultura a la población de su país era su prioridad.

En la búsqueda de interesar a la audiencia mexicana en temas complejos y en ocasiones inescrutables con una versión simplificada y amena de los mismos, las opiniones en torno a su trabajo no siempre fueron favorables. La crítica a su labor como difusor cultural se fundaba en el alejamiento de la gravedad y el rigor académico, que, cabe acotar, no le eran menos conocidos.

Él, por su parte, entendía la importancia de la divulgación de las artes y la cultura, como un servicio a su patria y como un medio para romper con antiguos estigmas, que pretendían limitar el dulce néctar del conocimiento a los altos y privilegiados círculos de la intelectualidad. Rebelándose a las ideas excluyentes de unos cuantos, el maestro De la Peña mantuvo una postura firme y optó siempre por compartir, antes que imponer el saber.

 

Enemigo declarado de la πλαγκτοσύνη humana, de la pereza mental y el aburrimiento, don Ernesto sabía que la única manera de combatirlos era haciendo caso de su propia máxima: “la sabiduría es una hipótesis de trabajo”. Así pues, ni el paso de los años ni la fragilidad de su salud lo llevaron a claudicar en el esfuerzo por instruirse en todos los ámbitos posibles.

Hacia la etapa final de su vida, el maestro conocía a cabalidad más de 30 lenguas —de entre los cuales destacaban: francés, árabe, alemán, ruso, chino, hebreo, sánscrito, entre otros—, muchos de los cuales había estudiado de manera independiente. El dominio de las lenguas, aunado al enorme compromiso social que mantenía no sólo con sus conciudadanos sino con la humanidad, le permitió desenvolverse con notoriedad en la traducción.

Si bien se desempeñó como perito traductor oficial en la Secretaría de Relaciones Exteriores, sus versiones de algunos clásicos grecolatinos, de la poesía radical de Rilke, de Rabelais, T. S. Eliot y Ginsberg trascendieron en el terreno literario y fueron publicadas por distintas editoriales. Mas el culmen de sus translaciones fue, indudablemente, la traducción de Los cuatro evangelios (Siglo XXI, 2012).

Al ser ésta la primera versión mexicana de las Escrituras, le mereció gran reconocimiento, ya que fue el producto de una vida dedicada al estudio de la Biblia, que en cada nueva exploración, además de facilitar el aprendizaje de idiomas, le resultaba una revelación continua.

A pesar de la seguridad que sus amplios conocimientos le concedían, en cuanto a su propia obra, don Ernesto manifestó siempre una actitud reservada. La angustia y una patente tendencia al perfeccionismo lo privaron por muchos años de publicar el contenido de su cosmovisión vertida en los versos de su poesía, así como en la prosa de sus ensayos y novelas, ahora lecturas imprescindibles.

Parte de su genio literario comenzó a vislumbrarse en las colaboraciones que hiciera en periódicos como El sol de México o en los suplementos culturales de revistas como Siempre; pero no fue sino hasta la publicación de Las estratagemas de Dios (Domés, 1988) que pudo apreciarse a plenitud la riqueza de su estilo polígrafo, que le valiera, en el mismo año, el premio Xavier Villaurrutia.

Entre sus escasas, pero elocuentes publicaciones se encuentran también Las máquinas espirituales (Diana, 1991), El indeleble caso de Borelli (Siglo XXI, 1991), Mineralogía para intrusos (Conaculta, 1993) y Castillos para Homero (Conaculta, 2008). Para el cálamo inagotable del maestro, no obstante, la poesía tuvo siempre un lugar privilegiado, desde las lozanas composiciones que configurara en el aire y permanecieran entre los recuerdos más arraigados de su memoria.

En el poemario Palabras para el desencuentro (Conaculta, 2007), De la Peña juega con temas diversos, que contienen el abanico emocional de un hombre sensible a la soledad, al desamor y al abandono; pero también a sus contrarios: el amor, la sensualidad, el sexo. El maestro urdía las palabras con tal temeridad que se confundían en un escenario sinestésico junto con la brutal honestidad de sus pasiones, que aún hacen de su obra poética una experiencia desgarradora.

Con todo, la comunión de sus obras radicó en el humanismo, por el cual se hizo acreedor a un lugar en la Academia Mexicana de la Lengua y diversos galardones, como el Premio Internacional Alfonso Reyes, la Medalla Mozart, la Medalla Belisario Domínguez (entregada póstumamente) y el prestigioso Premio Menéndez Pelayo, en su 26 edición.

Poco antes de su muerte, el maestro padeció por el mal funcionamiento del universo, que era su cuerpo, sin que esto mermara de manera alguna la prolífica claridad alcanzada tras años de escarbar hasta lo más recóndito del conocimiento humano. Ataviado como un moderno Sócrates, Ernesto de la Peña murió sabiendo menos que nadie, si se atiende a la inmortal frase del filósofo. Murió, desafiando incluso a la misma muerte, porque la perennidad de sus saberes ha dejado un legado de ignorancia ausente.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

 

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