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Fernando Pessoa, el lisboeta universal

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Un retrato de Fernando Pessoa. Imagen: Especial.

A ochenta años de su muerte, la leyenda de Fernando Pessoa (1888-1935)  sigue creciendo. Los compiladores de las obras completas de este grafómano, contenidas en un baúl con más de 25 mil páginas, todavía no han puesto punto final a una obra marcada por la mayor de sus invenciones: la heteronimia, la creación poetas “interiores”, creaciones a las que la clasificación como “personajes” les queda corta.

Pessoa era un hombre que soñaba ser muchos hombres, muchos nombres, o tal como lo estipulaba su apellido (“pessoa” significa persona en español), distintos individuos. Bilingüe desde niño, criado en Durban y devuelto a la que sería su única patria en un siglo devastado por los nacionalismos raciales: el portugués con flexiones de Lisboa, esa versión de la lengua galaica que se parece muy poco al carioca, al gallego y poquísimo a su supuesto primo hermano, el español.

Si Camões decía que el portugués era la última flor del Lacio seguramente lo decía por el acento lisboeta. En el caso de Pessoa, esa lengua de navegantes y de cantos épicos se convirtió en el medio para una nueva travesía: el drama de las máscaras que habitan en uno mismo; el tono, el de la melancolía moderna.

En realidad, Pessoa revivió hace unos cuarenta o treinta años cuando empezaron a circular los tesoros de su baúl. Como el único de sus heterónimos que no fue creado por él (sino por una fuerza más allá del destino de la literatura), Franz Kafka, sus grandes libros sólo comenzaron a circular después de su muerte y cuando ya se podía especular sobre si en verdad Pessoa había existido y no era uno más en la larga lista de poetas interiores de un supraescritor.

A esa estirpe pertenecen los aclamados Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares (el autor del Libro del desasosiego) y Alberto Caeiro, algunos de entre los más de 70 heterónimos a los que dio a luz Pessoa. El único libro que publicó en vida, Mensagem, es apenas la punta de un iceberg, que incluye Quinto imperio, Odas de Ricardo Reis, El banquero anarquista, El libro del desasosiego y todos los poemas de sus pessoas poéticas

¿Con cuál de todos los heterónimos quedarse? ¿Con cuál de las obras, que van desde poemas hasta cartas, ensayos, traducciones, aforismos, diarios?

Están Álvaro Campos, el más arrogante de todos, el que le cantaba a las proezas de mar (con un ímpetu que lindaba y hasta cruzaba con el imperialismo más clásico, el de los conquistadores portugueses, menos satanizados que sus pares españoles). O con Bernardo Soares, el autor de El libro del desasosiego, un libro enigmático que le habla de frente al abismo que se avecinaba hacia Occidente y del que todavía parece no alejarse. O con Ricardo Reis, el heterónimo al que Pessoa no le asignó una fecha de muerte, y cuyo final narró José Saramago en el que quizá sea su libro más hermoso, El año de la muerte de Ricardo Reis.

Quizá, al final de todas las cosas, el último heterónimo de Pessoa (algunos dicen que ese honor el corresponde a Antonio Tabucchi) todavía vive en Lisboa o, incluso, no ha nacido. Una vez acabado el siglo que tanto aterró el alma de Pessoa, tal vez, por primera vez, pueda encontrar el sosiego que produjo tantas iluminaciones de luz cenicienta, de palomar, fado y puerto lisboeta.

Olmo Balam

 

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