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Georges Perec: La página como espacio habitable

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Georges Perec con uno de sus gatos. Foto: Especial.

El día de su matrimonio, el empleado de la alcaldía interpeló al novio sobre su profesión. Georges Perec declaró ser escritor. El funcionario rotuló bajo la rúbrica correspondiente “hombre de letras”. La descripción es acertada. Perec estaba obsesionado por cada una de las grafías del alfabeto y por el potencial de su combinatoria. Su labor consistía en experimentar con ellas, estirarlas, desaparecerlas, mezclarlas, utilizarlas hasta su agotamiento. HoMbrE de lEtras.

Hijo de judíos polacos inmigrantes en Francia, quedó huérfano a muy temprana edad. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial el futuro escritor tenía apenas tres años de edad. Un año más tarde su padre perdió la vida en el frente y dos años después su madre fue asesinada en las cámaras de gas del campo de concentración de Auschwitz. Adulto, Perec se refugiaría en la literatura para colmar el vacío inasible y combatir el silencio inextricable que dejaron las muertes atroces de sus padres.

El descubrimiento azaroso del significado de su apellido (“trabajador de la tierra”) le permitió dotar de sentido el aparente eclecticismo de su estilo; cada una de sus obras constituye un universo propio. En un texto publicado en Le Figaro (1978) afirmó que su trabajo consistía en cultivar cuatro campos. El primero es el sociológico, con obras de observación y crítica como Las cosas (Premio Renaudot, 1965), donde una pareja, presa de las modas de consumo, sueña con poseer lo que no puede y acumula, en cambio, versiones baratas de un lujo inalcanzable, o Un hombre que duerme, sobre un joven estudiante que se desprende del mundo real para caer en un letargo en el que sus acciones, desprovistas de sentido, se convierten en gestos utilitarios, automatizados, vacíos: comer para saciar el hambre, dormir para paliar el cansancio, caminar sin rumbo para olvidar el aburrimiento.

El segundo campo es el autobiográfico, en éste se inscriben obras como W o el recuerdo de la infancia, dolorosa exposición de sus frágiles memorias que se entrelaza con una novela de aventuras, o Les lieux d’une fugue, un mediometraje en el que rememoran los lugares por los que pasó durante una fuga de su infancia. El tercer campo es el lúdico y aquí Perec es el alfil más talentoso del tablero. Su integración al OuLiPo, grupo de experimentación literaria a través de reglas matemático-lingüísticas, determinó la naturaleza de buena parte de su obra. Perec encontró en el juego de la escritura constreñida la libertad creativa. En este campo cosechó obras como La Disparition, novela lipograma que habla, precisamente, de una desaparición: la de la letra e, que el autor se abstuvo de utilizar en el texto. En El secuestro (su traducción al español), trabajo de enorme envergadura, se volatiliza la a, la letra más utilizada en nuestro idioma. En contrapartida, Les Revenentes (sic) utiliza únicamente aquellas palabras que contienen la vocal e, aunque con ciertas licencias, ya que incluso el título muestra una explícita falta de ortografía (La escritura correcta sería Les Revenantes).

El último campo es el novelesco, y es que Perec, lector ávido de autores como François Rabelais y Jules Verne, tenía una verdadera afección por la trama y los enredos. Prueba de ello es su emblemática novela-rompecabezas La vida instrucciones de uso (premio Médicis, 1978), que se inmiscuye en la vida de los habitantes de un edificio parisino. Si bien Perec divide su propia creación en estos cuatro campos, también es cierto que todos son colindantes, por lo que la mayoría de sus obras germina en más de uno de ellos, como es el caso de ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, novela corta que narra las peripecias de un grupo de amigos en tiempos de la Guerra de Argelia, tema si no autobiográfico, sí cercano a su propio pasado. En esta novela Perec utiliza el humor como arma para abordar un tema tan complejo como la guerra. Y lo hace a través del juego estilístico con el uso y recuento exhaustivo de numerosos “ornamentos retóricos”.

La referencia a los campos de cultivo no es anodina, un elemento recurrente de su obra son los lugares, los espacios. En Especies de espacios, el autor analiza distintas dimensiones físicas que se van ampliando desde la página hasta el mundo mismo. “He intentado muchas veces pensar en un departamento en el cual habría una pieza inútil, absoluta y deliberadamente inútil (…) un espacio desprovisto de función. (…) Me ha sido imposible, a pesar de mi esfuerzo, completar este pensamiento, esta imagen. La lengua misma, me parece, no es capaz de describir esa nada, ese vacío, como si sólo se pudiera hablar de aquello que está lleno, de lo que es útil y funcional.”[1]

Perec exploró este vacío inenarrable en otras obras como Tentativa de agotar un lugar parisino, un minucioso y obsesivo ejercicio de observación de todo aquello que sucede en la calle, visto desde un café. Ellis Island, por su parte, describe el flujo migratorio de la isla por la que estaban obligados a pasar los inmigrantes que llegaban a Estados Unidos con el fin de huir de las atrocidades de la guerra, de la pobreza o de los conflictos políticos en que estaban sumergidos sus países. “Lo que fui a buscar a Ellis Island era ese punto de no retorno, la conciencia de esa ruptura radical”,[2] afirma el autor. Ahí encontró sobre todo un no lugar, vacío a la vez que lleno de ecos, de palabras que en ese silencio de lugar abandonado resonaban con su propia cultura judía: viaje, espera, incertidumbre, esperanza de llegar a la Tierra Prometida.

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La vitrina de una librería Gallimard con las obras de Georges Perec en la edición de La Pléiade. Foto: Especial.

Un clásico moderno

Durante una entrevista, Perec confesó que una de sus ambiciones era llenar un cajón de la Biblioteca Nacional de Francia. Su deseo se ha cumplido con creces. Su obra ocupa bastante más que un cajón de la BNF y se encuentra en casi todas las bibliotecas francesas. Hace unos meses, en conmemoración de los 35 años de su fallecimiento, la prestigiosa colección “La Pléiade” de la editorial francesa Gallimard publicó sus obras completas. Christelle Reggiani, encargada de la edición y a quien tuve la oportunidad de entrevistar para este artículo, dijo que la aparición de las obras completas de Perec en esta colección es el reconocimiento de la calidad de su trabajo y simboliza su entrada en el patrimonio literario francés e internacional.

Reggiani considera que casi cualquier lector encontrará en Perec resonancias de sus propios intereses: la memoria, la crítica, la aventura, el juego. En cuanto al mayor reto que tuvo que enfrentar en su labor editorial, identifica precisamente la naturaleza lúdica de la obra de este escritor, fanático del Go (juego de mesa japonés) y de los crucigramas. Las restricciones que se imponía en la escritura, junto con las numerosas referencias escondidas en cada página que dejó escrita, hacen que la edición requiera todo un andamio analítico y aclaratorio. “Se necesitaría poner ‘subtítulos’ en su obra, afirma la editora, para explicarlo todo; lo cual ocuparía tantas páginas de notas como de texto original”. Sin embargo, confiesa, hacerlo se revela innecesario, ya que el mismo Perec una vez sorteados los obstáculos los olvidaba para pasar a otra cosa.

Las restricciones oulipianas eran fundamentales para su trabajo creativo, pero tenían asimismo un alcance más allá de él. La resolución de enigmas, la delimitación de márgenes, la obsesiva clasificación, el dominio absoluto del lenguaje, son una forma de encontrar un asidero, de poner orden, de colmar y dotar de sentido esos espacios vacíos –literarios y autobiográficos–, con un objetivo mayor: convertir la página en blanco en un espacio habitable.

Mariana Martínez Salgado - Escritora, editora y consultora en innovación educativa.


[1] N.A. Traducción libre del original en francés.

[2] Ídem.

 

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