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El delirio y el vacile: 80 años de Gerardo de la Torre

Un homenaje y una entrevista al autor de "La línea dura"

ger23Gerardo de la Torre (Oaxaca, Oaxaca, 15 de marzo de 1938) cumplió 80 años de vida este 15 de marzo seguro de que “esto de la vejez es una friega”, pero sin perder el talante que lo ha caracterizado todos estos años y cuya fuerza persiste en su literatura. Actualmente escribe y prepara proyectos que se conocerán en los próximos meses. “Me siento lucido todavía, me levanto a trabajar y a veces escribo una línea, a veces un párrafo, a veces cuatro o cinco cuartillas”, aclara el autor que ha publicado una decena de novelas y nueve libros de cuentos.

Gerardo de la Torre siguió los pasos de su padre como obrero petrolero y desde los 15 hasta los 33 años trabajó en una refinería de Pemex localizada en Azcapotzalco. Durante este tiempo vivió experiencias que posteriormente vertió a la ficción en su tetralogía sobre el trabajo, como él la llama, y que está compuesta por Ensayo general (1970), Muertes de Aurora (1980), Hijos del águila (1989) y Los muchachos locos de aquel verano (1994).

“Me gustaba mucho leer –puntualiza el entrevistado- y comencé a probar escribiendo cuentos. Entré a estudiar a la Escuela de Arte Teatral en el Auditorio Nacional y ahí conocí al maestro Juan José Arreola, que nos daba la clase de verso”. Después el joven escritor ingresaría al taller, en donde comenzó a pulir sus armas bajo la enseñanza y el modelo de Arreola que “realmente no me dejaron contento, pero me daba cuenta de que lo que más trabajaba eran los ejercicios de prosa, eso de convertirse en un orfebre de la palabra. También me di cuenta de que me había equivocado de temática, porque la más cercana y la que podía contar con mucha mayor soltura era la de los trabajadores de petróleo que frecuentaba todos los días y entonces ahí comencé a escribir”.

Esos cuentos del taller de Arreola terminaron juntos en el libro El otro diluvio (1968), el cual le abrió el camino para que en 1967 ingresara al Centro Mexicano de Escritores, donde escribió los cuentos de El vengador (1973). Su primera novela se llamó Ensayo general (1970) y en ella aborda el movimiento sindical de 1958 y 1959, por medio de una historia donde dos amigos que han crecido juntos desde niños se enfrentan a los retos de la vida. Esto sirve de telón de fondo para retratar a los líderes sindicales de nuestro país en aquel entonces.

De la Torre participó activamente en el Movimiento del 68, pues se convirtió en una de las cabezas de la oposición sindical al dirigir la sección 35 de Pemex. De esa experiencia se inspiró para escribir Muertes de Aurora (1980). Ésta, su tercera novela, habla de estos tiempos violentos de la historia política de México, a través de la vida de un hombre obsesionado por la muerte de su mujer. Posteriormente, como ya había publicado una novela en la editorial Joaquín Mortiz, en la cual todo aspirante a escritor deseaba publicar, y además trabajaba haciendo la historieta Fantomas, decidió dedicarse por completo a la literatura y dejar a un lado esa vida que había heredado.

Unos años después aparecería la que está considerada como su obra maestra, La línea dura (1971), una novela corta que dividió opiniones cuando fue publicada. Para entonces era un escritor que venía tomando prestigio gracias a su conocimiento del mundo obrero y de su filiación política, además de las enseñanzas que había adquirido con Juan José Arreola. En esta historia cuenta el andar de Horacio Taciturnus, quien en sus últimos tres días de vida decide tomar una chinampa en Xochimilco y declararla el segundo territorio libre de América. Aunque la anécdota suene descabellada, el trasfondo de la historia encara situaciones como la violencia, la descomposición, la angustia, la desorientación de la juventud, las drogas, el desafuero sexual. Una nueva edición de La línea dura publicada por la editorial Nitro Press se puede encontrar en librerías con mínimas adecuaciones hechas por parte del autor, acompañadas de memorabilia y reseñas de la época, así como de notas de Humberto Musacchio, Mónica Lavín, Enrique Jaramillo Levi, Alberto Huerta.

Después de 60 años de escribir, 50 de publicar y 80 de vivir Gerardo de la Torre acierta en decir que su escritura ha sufrido transformaciones notorias a lo largo de los años. En esta entrevista comparte un poco de ese transcurso de vida y de escritura.

-¿Cómo tomó la decisión de convertirte en escritor profesional?

-En 1971 estaba por salir la primera edición de la Línea dura  y decidí que iba a tratar de ganarme la vida escribiendo y dejé de ir a Pemex, no me volví a parar en la refinería. No era fácil conseguir trabajo, por ahí agarré algo como corrector de estilo, pero no dejé de escribir. Eso fue lo que me mantuvo con vida y aprendí a hacer televisión gracias a un buen amigo que se llama Juan Manuel Torres, y me colé un poco al mundo del cine pero, sobre todo, a la televisión que fue donde me desempeñé mejor. Los primeros años fueron muy difíciles. Mi chamba de corrector de textos no daba para mucho.

-¿Cómo era escribir en el mismo momento en que los escritores de La Onda publicaban novelas con sus temas tan diferentes a los de usted?

-Yo era el mayor de todo ese grupo de lo que llamaron La Onda y donde yo no tenía mucho que ver, más allá de que éramos de la misma generación. Nos tratábamos mucho, andábamos juntos, teníamos las mismas lecturas que derivaban en corrientes totalmente distintas. Compartíamos muchas cosas; lo que yo no compartía era la temática, yo andaba por otro lado. Nos dábamos ánimos, estábamos llenos de esperanzas con los libros que aparecían en esa época como los de Günter Grass, libros llenos de deslumbramiento. Finalmente permanecí en mis temas y gradualmente fui cambiando.

-Durante muchos momentos de su escritura partió de la experiencia con sus compañeros petroleros para crear sus historias…  ¿Cómo hacía para complementar realidad y ficción?

-Generalmente necesito personajes e historias para escribir, desde luego que por otro lado está el lenguaje. He tomado episodios de mi vida y los he tratado, pero no soy yo׃ soy una mezcla. Ciertos personajes en donde estoy muy presente están mezclados con otras personas que conocí y que tomo más o menos como modelos. Resulta algo que parte de la realidad directa, pero se va deformando. Soy sobre todo un contador de hechos, de cosas, de historias y recibí una influencia muy grande del cine, eso sí lo reconozco. Lo he repetido, porque seguido me preguntan, “¿en qué te basaste para la primera novela que fluye hacia delante y hacia atrás?” En el cine. Yo había visto 8½ de Fellini, eso influyó mucho en mí. La mía es una narrativa muy llena, influida por el arte cinematográfico.

-También Arreola influyó en su escritura…

-Yo no fui de los consentidos por Arreola, desgraciadamente. A la larga nos hicimos buenos amigos, pero oír hablar a Arreola de las palabras, ver cómo celebraba a las palabras cuando platicaba con nosotros al dar sus clases, cuando hablaba de la gran literatura, de la escritura de cuentos, cómo nos leía poemas… Ese amor a las palabras es la gran enseñanza de Arreola sin necesidad de que me lo señalara directamente, sino entendiendo su admiración por el arte de poner las palabras unas detrás de otras, eso me influyó benéficamente.  Por otro lado, aprendí sobre las estructuras y de cómo contar una historia gracias al cine.

-¿Cuál fue el origen de La línea dura?

-Ese libro lo empecé a escribir  justamente después del 2 de octubre del 68. Andábamos muy metidos los petroleros en el movimiento en los mítines y brigadas con los estudiantes, los del Politécnico sobre todo. Después del 2 decidimos pararle a las cosas porque estábamos amenazados en Pemex por ciertos líderes y por ciertas autoridades. Pedí mis vacaciones que eran de tres semanas, y en esas tres semanas escribí una primera versión de La línea dura. Después le di alguna pulidita no muy grande.

La línea dura fue muy criticada en algunos casos aunque, te diré, la criticaron dos admirables amigos y maestros que eran José Revueltas y Efraín Huerta. Efraín hizo una nota en la que terminó diciendo que a ver cuándo contaba yo una de vaqueros, y Revueltas escribió algo en sus evocaciones que luego publicó Editorial Era, donde menciona que estaba leyendo La línea dura y que era una vacilada y, me lo dijo, que inauguraba yo el género vacilada. Ahí me pasó una cosa, que en mi primera novela yo tenía que recurrir un poco a la imitación, a las maneras de escribir de otros, sobre todo de autores estadounidenses como Hemingway, Fitzgerald, Steinbeck. En La línea dura me deshice de esas anclas y me eché a andar solo, a tratar de probar mi lenguaje. Es una novela absolutamente absurda y llena de salvajismo literario, en el sentido de romper con muchas cosas, de caer en la vacilada, como me decía José Revueltas. Encontré que podía escribir y en adelante incluso me comporté de otra manera y tuve mucha más suerte en la literatura.

-¿Se podría decir que La línea dura es un punto de quiebre al reconocer su propia escritura? ¿Le abrió nuevos caminos?

-Sí, me abrió muchos caminos, tuve que dejar todos esos líos de alcohol que corren por la novela, las drogas y el sexo, todo lo prohibido por las buenas costumbres, hasta entonces más fuertes que ahora. Se han roto muchas cosas de allá para acá, han pasado 50 años de que escribí La línea dura, aunque la publiqué en el 71. En aquel momento incluso me llevé críticas muy severas. Uno de mis grandes cuates, Humberto Musacchio, después de leer Ensayo general y La línea dura, me dijo que había sido un tropezón horroroso, que había abandonado el buen camino y que era una torpeza inmensa. Una muchacha que entonces hacía crítica literaria dijo que bastaba ver la dedicatoria para olvidarse de este libro para siempre. Esta era la segunda prueba.

Curiosamente la novela adquirió después cierto prestigio. No sé si por lo que dijo Pepe Revueltas, o porque cambió la manera de ver lo que escribían los jóvenes. Pepe decía que era una vacilada, yo diría que es un delirio insano. Era la novela de un guerrillero que va a tomar una chinampa para declararla el segundo territorio libre de América, era una burla de no sé qué… ya no sé de qué. Quería burlarme de todo. Y de ahí el sentido del humor y el sentido de la vacilada, no de vacilación, sino de vacilón. Echar vacile. A eso se refería Revueltas. Un sentido del humor a veces muy tosco, muy torpe, muy grosero. La novela después recuperó su prestigio pese a sus malvados principios.

-¿Tras décadas de trabajo, cómo se ha transformado su escritura?

-He pasado de una escritura muy titubeante a una escritura muy segura. Hace dos o tres años publiqué una novela que se llama La muerte me pertenece que es sobre la eutanasia, sobre le derecho a una muerte digna. Y es otra cosa, estamos en otros territorios. Sigo escribiendo. Ahora estoy en una novela medio policiaca, pero no del todo. También estoy escribiendo una novela sobre los niños de Morelia que llegaron en 1937. Acaba de publicarse mi traducción de A este lado del paraíso de Fitzgerald. La cuestión es no dejar de trabajar y tratar de escribir de las cosas más diversas, yo por ejemplo fui de la corrección al periodismo, y de las historietas a la tele. Un poco el cine y ahora las traducciones.

Alfonso Navarrete – Jefe de Información de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.

 

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