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Gonzalo Celorio: Imaginación y luces

En los 70 años de Gonzalo Celorio
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Gonzalo Celorio en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México. Foto: DAF.

En la obra de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 25 de marzo de 1948) parecen confluir dos asuntos principales: una dichosa curiosidad por la vida de las ciudades y una también feliz inmersión en la médula misma de las letras, sus creadores y su trama misma. Tal confluencia se abre a derroteros sinuosos y claros, profundos y resplandecientes, merced sobre todo a una escritura que se deleita en sus propios vaivenes, en sus acentos que dan ritmos y cadencias tan fluidos como caudalosos.

Celorio conoce la primera sed del espíritu de los seres humanos: la sed de palabras, de palabras precisas, justas al tiempo que imaginativas, y desembocadura de los viajes de la invención. No es casual entonces, podrá verse, su apego y admiración a personajes de nuestras letras que no sólo crean a través de la lengua sino que renuevan, enriquecen la lengua. No nada más se trata de contar, ni siquiera nada más de saber contar. Hay que construir, como si la página en blanco fuera transformándose en un retablo barroco, ornamentado e irrepetible, como si fuera un solar donde se erigirá un claro, transparente inmueble barroco.

Ambas vertientes se entrecruzan en la que tal vez sea la obra más conocida de las que Celorio ha publicado: Y retiemble en sus centros la tierra. Aparece aquí la sed, primeramente en su sentido inmediato: la sed líquida, que no ha de tardar en ser entendida, a la vez, en una sed espiritual (o espirituosa). Y a falta de su satisfacción (la carencia de bebida y de cálida y fresca compañía), aquella sed se trueca en una que es la de conocimiento, la de la convivencia con otros seres (ecos, sombras, resplandores): fantasmas que habitan ambientes, calles, edificios, sitios de encuentros y desencuentros.

La entraña misma de la ciudad, ese centro que no sé a quién se le ocurrió adjetivar redundantemente como histórico, corazón de la vida y los recuerdos de moradores que sólo allí hallarán su espejo. El centro de México cobra otras vidas al alcanzar una vida auténtica: la del recuerdo que es reconstrucción y mirada a nuevos horizontes. Así retiembla, en sus centros mudables y únicos, la tierra sin fin de una novela completa, seductora.

La novela de Gonzalo Celorio, como su obra toda, bien vista, dice a las claras que todo tiempo es imaginario y naturalmente móvil. De ahí la grandeza de la literatura. En la invención de las palabras, los tejidos, las tramas, autores como Alejo Carpentier, Diego Lichy, Guillermo Cabrera Infante, ponen a volar y a rodar sobre los ríos historias que son campos donde germinan, crecen, florecen las palabras.

Excelente novelista, Gonzalo Celorio es un ensayista extraño: hace del personaje que evoca y cuya obra examina un compañero de viaje, es decir, un compañero de vida. Por eso su crítica, para fortuna del común de los lectores, es una crítica impresionista, hecha con lucidez, imaginación y precisión. Las apuestas de sus apreciaciones están ganadas de antemano: las ganó el oficio, las ganó el amor. Sus ensayos se reúnen en El surrealismo y lo real maravilloso americano, Tiempo cautivo, La Catedral de México, La épica sordina, México, ciudad de papel, además de en el libro citado arriba. Otra novela suya es Amor propio.

“Si algo une profundamente a Borges y a Reyes”, dice, y dice bien Gonzalo Celorio en su magnífica colección Ensayo de contraconquista (Tusquets Ediores, 2001), “amén de su indudable búsqueda de la perfección formal y su sentido del humor, es el entendimiento del texto literario”. El propio Celorio no es ajeno a aquel entendimiento. Con un excepcional poder lector puede meterse, entrometerse entre las líneas de otros, y entre las suyas desde luego, para hallar las intenciones ocultas, los resortes desperdigados y perennes de maquinarias insólitas que vienen a hacer del tiempo un solo haz, un solo tiempo en el que las coordenadas del pasado, imaginarias y concretas, son apresadas en el fugaz presente y proyectadas hacia un futuro que tiene sólo sentido porque su existencia es imaginaria.

Juan José Reyes – Escritor, ensayista y editor.

 

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