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Graciela Iturbide: Ojos para volar

Un homenaje a la artista a propósito del Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez
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Autorretrato de la fotógrafa. Imagen: Especial.

Frente a ella surgen borbotones de pájaros de la tierra. Con su vuelo devoran el cielo. Un hombre le dice: en mi tierra sembraré muchos pájaros.  Emergen más y más aves de la tierra. Ella abre los ojos y descubre que todo era un sueño. Meses después la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide se encontraría fotografiando un cielo que era más pájaro que bóveda celeste. No buscó la situación, simplemente el destino la llevo a un tiempo y espacio donde se conjuntaron la realidad y el sueño.

Solo un hombre y una mujer mexicanos han recibido el premio Internacional de la Fundación Hasselblad, el cual para muchos es el equivalente al premio Nobel de la fotografía. Iturbide es esa mujer. Entre otros reconocimientos se le ha otorgado la Medalla Bellas Artes y la Beca Guggenheim en Artes. Pero, cosa curiosa, ella no vislumbraba un futuro tras la lente de una cámara, mucho menos como una fotógrafa galardonada. No tenía ni veintiún años, estaba casada y llevaba un hogar el día que escuchó en la radio sobre una escuela que impartía la licenciatura en cinematografía. Sin pensarlo se apuntó.

Su historia tras la lente comenzó de la misma manera: por la avidez de su espíritu por la cultura.  La ganadora del Hasselblad cuenta en diversas entrevistas que un día, tras solicitarle participar en su clase y pedirle la firma de un libro, el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo la invitó a ser su “achichincle”, expresión náhuatl que se traduce como ayudante. Tras la pista del fotógrafo, quien solía poner su cámara estática por horas en un mismo lugar esperando a que algo pasará Iturbide comprendió que siempre “hay tiempo, hay tiempo”.  Es por ello que aún hoy, en pleno auge de las cámaras de doble espejo digitales, ella continúa usando su cámara analógica y de rollos de 12 fotografías.

Impulsada por conocer el mundo a través de su cámara la mexicana recorrió México, Europa, India, entre otros lugares del mundo. No usa flash, no ocupa tripie. Tampoco color. Declara que ella mira en blanco y negro al pensar en la fotografía. ¿Qué retrata? Lo subjetivo de su mirada. Reconoce que es imposible mirar a la gente de manera objetiva, por lo cual hace de la fotografía lo que Freud llamaría sublimación. Es su terapia, su liberación, los ojos con los que vuela. Adapta en sus viajes una filosofía en la que vive la vida de sus modelos. Comparte en una entrevista en el Tate Modern de Londres: “No me gusta el México exótico, lo detesto. Me gusta vivir con la gente, vivir en sus fiestas, ir al rapto, ir al parto trato de integrarme a ellos”.

Así es como Iturbide retrató en 1997 la realidad de los seris en Sonora, a quienes ella vio caminar en el desierto vestidos de traje con lentes a la Rigo Tovar y con aparatos de radio. Graciela Iturbide vivió con los seris en sus casas, compartió sus comidas y sus chistes. Como agradecimiento el desierto le regaló una foto para ella muy querida y para la crítica internacional una pieza de arte reconocida: Mujer Ángel. Entre sus series de imágenes también sobresale la figura de otra mujer, una a quien le gusta tener sus propias alas. Se trata de una mujer de Juchitán, sociedad matriarcal, y en su cabeza cual corona reposan unas iguanas: Nuestra Señora de Juchitán o, para los locales, La Medusa de Juchitán fue el resultado de una invitación que le hizo Fransisco Toledo a la artista para viajar a Oaxaca y resucitar a través de su lente la tierra que en otros tiempos obsesionó a Eisenstein, Cartier Bresson, Modotti, Rivera y más.

 

En otra ocasión, impulsada por el luto de la pérdida de su hija, Iturbide se vio envuelta en una obsesión por fotografiar angelitos. De cierta forma acompañar a los cuerpos inertes de los niños le resultaba terapéutico. Pero dejó de hacerlo el día que se encontró con la muerte. La fotógrafa relata que esto ocurrió cuando se encontró con una familia que iba a enterrar a su angelito. Tras solicitar permiso, se unió a ellos. Mas no llevaban mucho tiempo andando cuando el padre de familia se paró en seco. Frente a ellos había un cuerpo mitad calavera, mitad carne. El cielo estaba pintado de las aves que lo habían devorado. Ella, a pesar de no profesar ninguna religión, lo tomó como un guiño que le hacía la muerte para que se alejara. Iturbide convivió también con la muerte en su serie En el nombre del Padre dirige su mirada a los jornaleros mixtecos, pero va en búsqueda de un pueblo que le han descrito como el infierno: las paredes están cubiertas de sangre, hay ríos y ríos… y lo encuentra. Logra fotografiar la matanza de las cabras. Sus imágenes son terribles, bíblicas, reales.

La serie de El Baño de Frida ha despertado controversias indeseadas para la artista ya que diferentes curadores y críticos han deseado trazar un paralelo entre Graciela Iturbide y Frida Kahlo. Llegaron a sugerir que en las fotos en los que aparacen los pies de la fotógrafa en la tina de la pintora, el corset, las muletas y otras el sufrimiento de ambas mujeres se vuelve uno. Los que apoyan esta hipótesis señalan que ambas artistas encontraron en la creación una catarsis para su dolor. La misma Iturbide informa que ella deseaba fotografiar el dolor de Frida; admirando como podía seguir trabajando a pesar del dolor, ya que este era su terapia.

Si deseáramos evocar uno de los temas que se repiten en la obra de Graciela Iturbide, los pájaros no tardarían en volar ante nuestros ojos. En la serie Pájaros se reúnen aves que han ido posando en los diferentes viajes de la mexicana. Iturbide es lectora del poeta místico San Juan de la Cruz, y considera que su poema sobre el pájaro solitario, El canto espiritual, la ha acompañado a lo largo de su vida: “Las cualidades de este pájaro son cinco: La primera, se pone en lo más alto. La segunda, siempre tiene vuelto el pico donde viene el aire. La tercera es que ordinariamente está solo. La cuarta propiedad, canta muy suavemente. La quinta, no es de algún determinado color.” En las fotos de  Iturbide presenciamos cómo los pájaros ocupan el lugar de sus ojos, cómo rodean a un hombre; son muerte, sombra y ordenación. La mujer tras el lente ha explorado su relación con las aves en diversas entrevistas: “Quizá es la libertad lo que me atrae porque los pájaros tienen esa cualidad de volar”, declaró Iturbide alguna vez. Pero esto no es únicamente una fuerza magnética.

Es díficil clasificar la obra de Iturbide bajo una sola palabra, pues para la propia artista la actividad de pintar con la luz es como como una rueda de la fortuna que pasa por un momento a otro a ser arte donde se encuentran la disciplina, la complicidad y la imaginación. Se antoja, tras sumergirse en las imágenes producidas por la mexicana, clasificar su obra como parte del realismo mágico, o incluso del surrealismo. Pero hacer esto sería ofenderla. Lo que retrata no es realismo mágico. Tampoco es surrealismo. Es la subjetividad de Graciela Iturbide.

Myhrra Duarte - Comunicóloga especializada en cultura.

 

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