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H.P. Lovecraft: la cosmogonía del horror

A 80 años de su renacimiento
lovecraft

Foto: Eventbritte.

El 15 de marzo de 1937 la bahía y el río de Providence, en Nueva Inglaterra, permanecieron impasibles en su mezcla infinita; las laderas conservaron aún entre las hojas su elevación. Tal era el panorama de indolente cotidianidad en la ciudad, en cuyo seno respiró el último hálito uno de los escritores más prolíficos de Estados Unidos: Howard Phillips Lovecraft (1890-1937).

A 80 años de distancia, no sólo la antigua ciudad sino también el orbe entero han decidido resarcir más que nunca el fallo de su indiferente memoria, exhumando y consagrando a la vida eterna los restos de su hijo pródigo.

En vida, el reconocimiento a la obra de Lovecraft, y al autor per se, se limitaba a unos pocos pero fervientes lectores; de modo que no resultó extraño que su muerte quedara marcada, en un primer momento, por la gélida apatía del mundo que él, en un acto anticipado de venganza, volvió el escenario inhóspito de sus creaciones.

Sólo con el paso de los años el legado del llamado “precursor del horror cósmico” devino en un culto que actualmente continúa extendiéndose, tal cual lo hacía la indescriptible monstruosidad cromática que esparce terror en El color surgido del espacio (Amazing Stories, 1927), una de sus narraciones mejor logradas.

La paradoja cruel que supone la tardía fama de Lovecraft no es en absoluto fortuita. Antes de su incursión en la literatura, el autor de La llamada de Cthulhu (Weird Tales, 1928) fue un gran lector. Dunsany, Poe y Alexander Pope son sólo algunos de los renombrados escritores que lo acompañaron en sus prolongados periodos de reclusión a causa de una fuerte depresión, y cuyo influjo es posible rastrear a lo largo de su obra.

La constante inestabilidad emocional, una salud endeble, así como su carácter retraído contribuyeron a mantenerlo cautivo y apartado de todo contacto social. Fue así que, auspiciado por la soledad, concibió un universo pletórico de criaturas de otros mundos y dimensiones, las cuales sólo tendrían cabida en una imaginación alimentada desde la infancia por recurrentes pesadillas de demonios y seres espeluznantes.

El cosmos del horror, creado por el padre de la weird fiction, destaca por no tener precedentes; la originalidad de su planteamiento logró redefinir el miedo de generaciones, desde una perspectiva hasta entonces inexplorada. La fusión de elementos sobrenaturales, propios del horror, con los conceptos de una distópica ciencia-ficción se alcanzó satisfactoriamente en gran medida por la erudición de su autor. Su vasta bibliografía inscrita en los más diversos géneros -desde la ficción hasta el periodismo amateur, pasando por la poesía, la epístola (con más de 100 mil cartas) y el ensayo- da cuenta de ello.

Lovecraft tenía una aguda capacidad de observación y una de sus grandes pasiones, además de la literatura, fue la astronomía. El estudio y la contemplación de un cosmos inalterable, en el que reinaban el orden y la homogeneidad, lo embelesaron al grado de comprender que a mayor fuerza de este ente infinito, mayor era también la nimiedad humana.

A partir de esta premisa tuvo lugar la más cruel de las cosmogonías: el ser humano, en su vulnerabilidad, instituyó desde antaño leyes lógicas para entender el comportamiento natural del mundo que habita; sin embargo, sus conocimientos y fuerzas nada pueden contra el cosmos amenazante y, a su vez, representante de lo desconocido, lo que carece de explicación.

Ante la imposibilidad de eludir este nuevo orden, el miedo, del que el hombre se vuelve presa, se acrecienta por el acecho incesante del tiempo y espacio, conceptos siempre estudiados en pos de saciar la curiosidad humana.

Por una parte, el escenario principal de la ficción y el horror es la tierra misma, única residencia del ser humano hasta el momento. El hombre no tiene que desplazarse para ingresar a otros mundos y dimensiones; basta que la casualidad o las terribles entidades, que yacen bajo la tierra o el mar, decidan adentrarnos en ellos.

El hostil terreno, empero, no es la única amenaza para la humanidad. El transcurso natural de los eventos, en el universo lovecraftiano, se ve continuamente trastocado por la alineación de los tres tiempos en uno solo.

El pasado echa raíces tan profundas que siempre está vigente en el presente, condenando de paso al futuro a ser lo que fue, tal y como es posible apreciar en Las ratas de las paredes (Weird Tales, 1923), donde el anciano heredero de la familia Delapore, impulsado por su curiosidad, desciende al pasado infernal, siempre presente en la maldición que pendía de su apellido.

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Proyecto para una estatua de Lovecraft en Providence. Escultura del artista plástico Gage Prentiss. Foto: Weird Providence.

La incapacidad de comprender todo aquello que va contra natura trae como inexorable desenlace la locura o la muerte. Con esto no sólo se confirma la fragilidad del ser humano ante los seres crueles e incompasivos que encarnan el universo, sino también ante sí mismo, pues el cosmos, según Lovecraft, no se limita a aquel infinito inasequible, padre del caos y del orden; se refiere también al propio universo, ése que constituimos en nuestra mente.

Así pues, la presencia efímera del hombre en el mundo fue el augurio maldito del profeta de una nueva era, en la cual el destino humano se torna ineludible, sobre todo, a causa de la ausencia de conocimiento.

“Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos […]”, sentencia la introducción al mito de Cthulhu, como sanción y justificación a la vez, pues en la ignorancia tiene origen la curiosidad, la superstición y el escepticismo; en ella estamos sumidos y, por lo tanto, condenados irremediablemente.

La xenofobia de Lovecraft, en un mundo que cada vez apostaba más por la inclusión, lo orilló a concebir un universo homogéneo, donde todos, sin excepción, aspiramos al mismo terrible final. En esta cosmogonía, el hombre es irrelevante y su labor se limita a servir a los seres superiores, que regresan para reclamar la tierra que otrora les pertenecía.

No obstante lo innovador de su premisa, el autor de En las montañas de la locura (Astounding Stories, 1936) no consiguió posicionarse en la cúspide literaria de su época. La razón se aduce principalmente al género de sus narraciones: un autor serio no recurría a la fantasía o la ficción para divulgar sus ideas. De modo que, relegado a la marginalidad, Lovecraft se vio forzado a publicar en revistas de formato pulp y gacetas de bajo presupuesto.

La emulación de los ideales literarios del siglo XVIII, que le impedían lucrar con sus creaciones, así como la dificultad de su estilo contribuyeron también al poco impacto de sus obras en el público. Con textos casi siempre narrados en primera persona y periodos recargados de adjetivos, la lectura se vuelve abigarrada y se agrava por su lentitud.

La intención de este tratamiento respondía a un sistema de escritura cuidadosamente tramado: mientras la primera persona imprime verosimilitud al relato y el uso constante de adjetivos proyecta una imagen detallada del ambiente, la parsimonia en el ritmo de las narraciones suscita que el miedo vaya in crescendo hasta culminar en un arrebato de locura.

En resumidas cuentas, la rigurosidad del estilo lovecraftiano atiende a la compulsión de orden y perfeccionismo por parte del autor. Las obras fueron objeto de múltiples enmendaduras antes de publicarse tal cual las conocemos, y sin embargo nunca satisficieron las exigencias de su creador.

En contraste, los lectores de las últimas décadas parecen maravillarse cada vez más por la mitología y cosmovisión de Lovecraft, de la cual se han desprendido las más diversas interpretaciones. Si bien hay quienes ven en éstas un existencialismo mal entendido, hay quienes notan también una utopía, pues hermanados por la ignorancia y un inevitable destino, los hombres comparten por fin una misma condición.

Sin importar la razón o el medio, la impronta dejada por H.P. Lovecraft ha sido honda, tanto que a casi un centenario de su muerte, éste ha logrado resurgir gracias a la invocación que, a la manera de oficiantes en un ritual mistérico, realizan sus vehementes fanáticos con cada lectura y nueva aportación.

Aunque es un misterio cuánto durará este renacimiento póstumo, por ahora resta admirar cómo el culto al “príncipe oscuro y barroco” emerge desde la profundidad de la tierra sepulcral y domina, junto a sus inefables creaciones, el cosmos personal de todos los que aún lo seguimos leyendo.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora de Letras.

 

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