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Ida Vitale: Oro y fiesta de las palabras

Premio FIL Guadalajara en Lenguas Romances 2018

Ida Vitale. Foto: Especial

La poesía de Ida Vitale es hermosa. También lo es la prosa de esta escritora uruguaya (Montevideo, 1924). Pocas obras hay en nuestra lengua dueña de tantos atributos: una infaltable destreza técnica, enriquecida de un constante afán de juego y de sonrisa, aun cuando nunca deje de aparecer la apelación a la inteligencia, al ejercicio reflexivo, a una suerte de gimnasia de conocimientos, dudas, palabras verdaderas, palabras sin reposo, ágiles, en constante baile alquímico.

Tuvimos la dicha de que Ida Vitale viviera entre nosotros de 1974 a 1984, junto a su inseparable Enrique Fierro (también alto poeta). Aquí desplegó una luminosa actividad: traductora (en el plano académico en El Colegio de México y en el editorial sobre todo en el Fondo de Cultura Económica, donde por ejemplo tradujo el Quetzalcóatl y Guadalupe de Jacques Lafaye); articulista (en el diario unomásuno y en las revistas Plural y Vuelta en especial), y desde luego como poeta (publicó Oidor andante en la editorial Premiá).

Trabajó también en el servicio público mexicano; fue una de las iniciadoras de este El Correo del Libro, cuando era impreso. Como otros compañeros suyos entonces, fue vencida ahí por la burocracia, los salarios ridículos y la general incomprensión a la cultura ¡en las oficinas que dicen promoverla! Ida Vitale, como aquellos compañeros suyos, mantuvo siempre una absoluta entrega al trabajo y su sonrisa. En México siempre se ha sentido a gusto, entre amigos. Había salido de Uruguay abandonando un medio no lejano a la mezquindad y dominado por la grisura, y nuestro país se presentaba como un escenario muy distinto.

La presencia de Octavio Paz –quien la contó siempre entre sus allegados– parecía multiplicarse en otros personajes, como Alejandro Rossi o Tomás Segovia. En México, Ida Vitale y Enrique Fierro son dos amigos de muchísimos que los ven irse de viaje a cada rato, desde que ambos viven en Austin, Texas, y en Montevideo, la capital de su país. No podrían explicarse la vida ni la obra de Ida Vitale sin mirar su modo de ser. Hay en su personalidad una indeclinable gana de ser feliz, por lo que –muy a la Leibniz– se las arregla para que las cosas nunca sean adversas o para que sean venturosas.

Puedo verla aún hoy asomarse a la ventana y enternecerse con entusiasmo al mirar a un colibrí sobre la rama escondida de un árbol callejero. O verla al cabo de su lectura de una página que le ha gustado. Tal vez no conoce ni el título del autor ni el de la obra entera pero sabe que allí hay verdad. Y eso le dice todo. Nunca hace alarde alguno y sus ironías son punzantes pero cortas. Señala, no lastima. Si es optimista, no hay duda de que sus buenas esperanzas son contadas.

Cuenta con un buen arsenal de descreencias, entre las cuales está su vacuna contra la demagogia y el populismo, en el plano político, y también en el literario. Su gana de ser feliz ha venido acompañada de una festiva curiosidad. Ida Vitale se pone delante del mundo para en él hallar prodigios mínimos apenas encubiertos en el trajín de la vida de todos los días.

Entre estas maravillas hay una que la ha acompañado desde el origen: la palabra. Entrevistada por Roberto Mascaró recuerda Ida los comienzos: “Creo que llegué a la poesía atraída por un vacío. Era sin duda lo que faltaba en mi casa, en la que había libros y maestros y profesores. (…) La poesía, o mejor dicho, la gran literatura –porque, como es natural, no he sido lectora exclusiva de poesía– me pareció desde el principio un infinito inabarcable. Admiraba y desesperaba, con dedicación obsesiva.

Tuve la fortuna de leer ‘en libertad’. (…) Uno es el mismo y es diverso y la poesía sigue y creo que se enriquece a cada accidente, con los ‘niveles de eliminación y niveles de iluminación’ de que hablaba Michaux. Tuve la fortuna de leer en libertad…”. Es hermosa la poesía de Ida Vitale. Van aquí sólo dos ejemplos. Uno de 1972, de Oidor andante: Mes de mayo/ Escribo, escribo, escribo y no conduzco a nada, a nadie. Las palabras se espantan de mí como palomas, sordamente crepitan, arraigan en su terrón oscuro, se prevalecen con escrúpulo fino del innegable escándalo: por sobre la imprecisa escrita sombra me importa más amarte.

Y este otro, de 2002, aparecido en Reducción del infinito: Otoño/ Otoño, perro de cariñosa pata impertinente, mueve las hojas de los libros. Reclama que se atienda las fascinantes suyas, que en vano pasan del verde al oro al rojo al púrpura. Como en la distracción, la palabra precisa que pierdes para siempre.

A Ida Vitale, según reciente anuncio, se le ha otorgado el Premio FIL Guadalajara en Lenguas Romances 2018. Nos alegra esto a todos. A los lectores siempre admirados de la obra de Reyes y a los lectores y amigos de Ida Vitale, gran poeta uruguaya y mexicana, autora de, entre otros libros, Sueños de la constancia (Fondo de Cultura Económica, 1988), Un invierno equivocado (CIDCLI, 1999), y Mella y criba (Pre-textos, 2010).

Juan José Reyes – Escritor, ensayista y editor.

 

 

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