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Inés Arredondo: El presentimiento de la verdad

A 90 años del nacimiento de la autora de "Los espejos" y "Río subterráneo"

Inés Arredondo. Foto: Inés Arredondo (en “La verdad o el presentimiento de la verdad”).

Quisiera llevar el hacer literatura a un punto
en el que aquello de lo que hablo no
fueran historias sino existencia, que tuvieran
la inexpresable ambigüedad de la existencia.
Inés Arredondo

 

Decía Hegel que la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene libre de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella en el absoluto desgarramiento. Esa es la imagen sutil, duradera y vigorosa que tengo de Inés Arredondo y su literatura. Ambas poderosas y  libres.

Conocí a Inés Arredondo (Culiacán, Sinaloa, 20 de marzo de 1928 – ciudad de México, 2 de noviembre de 1989) cuando publicó su tercer libro de cuentos: Los espejos (1988). Para entonces, sólo conocía los cuentos reunidos en Río subterráneo (1979), apenas doce historias que repetía y leí con los  amigos más cercanos. El ejercicio periodístico me permitió el acercamiento y ella me favoreció con su amistad. La entrevista y el diálogo se multiplicaron. Unas veces por teléfono y otras en  su casa. La objetividad de una entrevista se veía comprometida cada vez más por las confesiones personales, con opiniones que sólo pertenecían al dominio del gusto y que jamás hubiera expresado en público.

Quería ser el mejor escritor mexicano y combatió, con el ejemplo, el estúpido prejuicio que distingue entre literatura y literatura femenina. Tuvo el valor de convocar a todos sus ángeles y demonios a la misma mesa y hacer del aquelarre un festín de imaginación.

Entre sus obras fundamentales están: La Señal (ERA, 1965), Río Subterráneo (Joaquín Mortiz, 1979), Los Espejos, Joaquín Mortiz, 1988), Acercamiento a Jorge Cuesta (SepSetentas-Diana, 1982), y los cuentos para niños Historia verdadera de una Princesa (CIDCLI, SEP, 1984) y El destino (SEP, Colibrí, 1985).

El volumen de Obras completas (Siglo XXI/DIFOCUR, Sinaloa, 1988) reúne sus tres libros de cuentos, un texto leído en el ciclo Los narradores ante el público y el ensayo sobre Jorge Cuesta; sin embargo, no recoge los cuentos infantiles referidos líneas arriba ni el cuento La cruz escondida, publicado en la Revista de la Universidad. La edición se completa con dos ensayos: Inés Arredondo: la dialéctica de lo sagrado de Rose Corral y La pareja y la mirada transgredida en Mariana, de Inés Arredondo de Rogelio Arenas Monreal).

Inés mostró que la vida y la literatura sólo son posibles y verdaderas en la libertad y el diálogo. Lo logró con sus amigos y con sus personajes, esos seres de tan difícil libertad. Con involuntaria pedagogía enseñó que no hay artista sin mirada visionaria y oídos abiertos. Sabía escuchar y transformaba en luz las historias opacas de otros, a quien no dejó de escuchar con atención y sorpresa: “en la historia desordenada de alguien hay que poner un orden, es uno de los motivos de mis cuentos”.

Sabia y vital, profundamente vital, supo y reconoció que “la literatura no le ha dado un orden a mi vida sino que la ha hecho  posible; sin literatura yo no puedo vivir”. Hubo quienes vieron en su obra nuestro lado perverso, eso que otros nombraron la literatura del mal. No discrepo, nos arrojó en la cara, con su mejor sonrisa, lo que somos. Cada página es un espejo que nos muestra esa vida que presentimos, que deseamos, con que soñamos y que deshacemos con repulsión todos los días.

La penúltima vez que me despedí de Inés fue en su casa, después de una cena donde un conjunto de amigos escuchamos un diálogo luminoso, apasionado, intenso que sostuvo con Juan Vicente Melo. Otra vez multiplicó su juventud y su infancia (“Mis fuerzas de niña, que fueron las mejores…”). Nos recordó que la memoria, la imaginación y la literatura poseen  también “la inexpresable ambigüedad de la existencia”.

“Elegir la infancia, escribió, es, en nuestra época, una manera de buscar la verdad, por lo menos una verdad parcial. Ya no orientamos nuestras vidas hacia el merecimiento de un paraíso trascendente, sino que damos trascendencia a nuestro pasado personal y buscamos en él los signos de nuestro destino. Es evidente la pobreza relativa de ésta aventura enmarcada sin remedio dentro de las limitaciones de cada uno y de la infancia misma; salta también a los ojos la nueva limitación que le impone la moda del análisis psicológico, pero a pesar de todo, al interpretar, inventar y mitificar nuestra infancia hacemos un esfuerzo entre los posibles, para comprender el mundo en que habitamos y buscar un orden dentro del cual acomodar nuestra historia y nuestras vivencias.”

Esta introducción que Inés Arredondo hizo a la serie de conferencias que Joaquín Mortiz editó bajo el título Los narradores ante el público(Joaquín Mortiz, 1966), define en gran parte una posición frente a la literatura, el valor de las historias, su concepción del personaje y la personalidad de uno de nuestros cuentistas más importantes, imprescindible.

 

Vida y literatura se funden como vocación: “creo que en la vida es posible escoger entre el total informe de sucesos y actos que vivimos, aquellos pocos e insustituibles con los cuales se puede interpretar y dar sentido a la vida; creo también que ordenar unos hechos en el terreno literario es una disciplina que viene de otra más profunda en la cual también lo fundamental es la búsqueda de sentido. No sentido como anhelo, dirección o meta, sino como verdad o presentimiento de una verdad”.

Como sucede en la obra de Jesús Gardea, en la de Inés Arredondo, el sol es un elemento fundamental. Corazón de luz en la paleta de donde toma los colores de su paisaje aunque éste no corresponda, por lo general, a una locación concreta, ni ceda a la tentación de crear un lugar mítico como Placeres o Comala. El espacio físico en su obra guarda una constante contigüidad con una naturaleza dócil que rodea la vida doméstica pero también inhóspita, rebelde y hostil que pesa sobre los hombros de sus personajes.

Supongo que esa patria infantil tiene lugar en Eldorado (entre el mar y la margen norte del río San Lorenzo), un lugar que es resultado de la voluntad y el trabajo, de la fortaleza capaz de hacer posible ese viejo sueño de la tierra prometida: “dos hombres locos, relata Inés, padre e hijo, en dos generaciones; inventaron un paisaje, un pueblo y una manera de vivir. Mi abuelo fue cómplice de los dos, y trazó y sembró con sus manos las huertas que yo creí que habían estado allí siempre. Él ayudó con toda su vida a lograr la realidad inventada que yo viví. Y que fue hecha para eso, para vivirla y no para hacer literatura, lo sé. Pero cuando uso esa realidad es con la conciencia de que tiene un peso real por sí misma aparte del que pueda tener en mi vivencia”.

Aun cuando trate una materia esencialmente polémica, como la crítica literaria, Arredondo insiste e insiste en los recuerdos de la infancia que son paradigma moral y ejemplar legado. Si habla de los críticos, sus preferencias y fobias, también se remite a Eldorado, caldero de recuerdos, monumento de la ejemplaridad que contrasta con el paisaje moral urbano, desfile de apariencias: “descubrí un día que en ningún lugar de México la gente se viste así, ni vive así, ni quiere la cosa fundamental que en Eldorado se quería: el lujo de hacer, no el lujo de tener, de hacer una manera de vivir”… “Me parece, escribe, que en México cada uno se exige por debajo de sí mismo y así se malea muy pronto; apenas pasados los treinta años un “alguien” de México es mucho menos que él mismo a los veinte”.

Una tarde nos reunimos para conversar. Me dijo que quería intentar nuevos caminos, alejarse del binomio pureza/prostitución, que la había dotado de ideas nuevas a partir de viejas preocupaciones. Enfrentaba un camino que consideraba peligroso pero planeaba continuar su trabajo literario con el estímulo, más moral que económico, que representaba la posibilidad de recibir una beca del gobierno mexicano. En esa tarde de julio escribió las líneas de un proyecto que cancelaría su repentina muerte en noviembre de 1989. Inés dijo y escribió: “Deseo seguir buscando, con formas quizá nuevas, lo mismo que he buscado hasta ahora, con el propósito de que esa búsqueda se dé en otros terrenos que no sean los de la pareja amorosa, que ha dominado casi por entero mi obra. Me es muy difícil especificar cuáles son mis aspiraciones y aunque tengo la esperanza de que se traduzcan en alguno de mis cuentos, intentaré plantear, con la mayor brevedad posible, las preocupaciones que les dan origen”.

“Quisiera que en mis historias, más allá del relato, de los hechos que se suceden en el marco del espacio y el tiempo ficticios, hubiera alguna grieta, un espacio que comunique al narrador y al lector que con él colabora, al adentro en el que se produce el misterio, usar como instrumento lo que se relata para encontrar el otro lado de lo mismo para que tenga diferente sentido, tan real como desconocido, que dé luz, que sea una señal. No creo que ésta búsqueda lleve con frecuencia a signos alegres o positivos pero aspiro a que den a los planos de las historias contadas y que vivimos, un hálito de trascendencia inmanente. Cómo se verá, aunque con excepciones, mi centro es el hombre, sus circunstancias y sus sentimientos”.

¿Qué pasó con el ámbito idílico de Eldorado? Quedó atrás cuando Inés partió a Guadalajara a estudiar la preparatoria. Después, la historia es conocida: hizo una licenciatura en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y una maestría en Literatura. Participó en el Centro Mexicano de Escritores, en la promoción 1961 a 1962 y formó parte de un conjunto de escritores (Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Juan José Gurrola, Huberto Batis) que aglutinó la Revista Mexicana de Literatura. Se casó con el escritor Tomás Segovia y tuvieron tres hijos: Inés, Ana Paula y Francisco.

La enfermedad fue uno de los horizontes de su infancia. Fue un malestar que se prolongó hasta su muerte. Las múltiples operaciones que intentaron resolver un problema en su columna fracasaron y debió permanecer atada a una silla de ruedas. En 1972, unió su vida al médico Carlos Ruiz Sánchez, su compañero último, presencia incondicional y amorosa que mantuvo vivo el júbilo creador de Inés.

Una última pregunta, ¿ser un profesional de la literatura o un oficiante?

—Escribir es un oficio, absolutamente un oficio…

Miguel Ángel Quemain – Escritor y periodista. (Texto publicado originalmente en Reverso de la palabra, Ed. El Nacional, 1996).

 

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