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Jonathan Swift: El viaje hacia la locura

A 350 años del natalicio del autor de "Los viajes de Gulliver"
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“Jonathan Swift y Vanessa” de William Powell Frith, 1881. Imagen: The Paris Review.

Erasmo de Róterdam (1466 – 1536) aseguraba que “no hay ninguna sociedad ni relación humana que pueda ser placentera ni estable sin […] la miel de la locura”. La idea que señala a la estulticia como herramienta para sobrevivir a la comedia de la vida, y que cobró fuerza en la tesis de su famoso Elogio, no sólo prevaleció en el ánimo del humanista: siglos más tarde fue recuperada por la mordacidad de un joven irlandés que, influenciado por su vida y su tiempo, refrendó a través de sus escritos la adulación a esta “virtud” denegada por la cordura de los hombres.

Desde su nacimiento, Jonathan Swift (Dublín, 30 de noviembre de 1667- 19 de octubre de 1745) experimentó en carne propia las consecuencias de la insana avaricia de los hombres por el poder. Nacido en una tierra constreñida por la opresión y el dominio de la insaciable corona de Inglaterra, a él —como a muchos de sus coetáneos— no le fue ajena la pobreza en la que se encontraba sumida su nación debido a “ la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre” (Una modesta proposición, 1729).

Ante las carencias y el pronóstico de un futuro poco prometedor, Swift se vio obligado a alejarse de los cuidados maternos y a acudir bajo la protección del hermano de su fallecido padre, quien se hizo cargo de la notable educación del escritor. Sin embargo, los conflictos políticos y sociales que afrontaba su época lo llevaron, tras estudiar en las mejores escuelas privadas de Irlanda y obtener su título, a mudarse a Inglaterra.

Así pues, los años lozanos de su vida transcurrieron entre dos naciones, decantándose siempre por su tierra natal; pues aunque el reino le representó grandes oportunidades laborales y le permitió conocer a personas que marcaron significativamente su vida (y hasta sus textos), Irlanda fungió siempre como el refugio para el alma solitaria y con tendencias misantrópicas de Swift.

A esto, en gran medida, contribuyó la salud endeble que desde la infancia caracterizó al dublinés como un individuo frágil, víctima de una enfermedad extraña que le provocaba vértigo, náuseas, pérdida de la audición, etcétera, y que continuaría extendiendo su merma hasta el final de sus días.

Irónicamente, el origen de su fecunda producción literaria tuvo lugar durante los años que el joven Swift estuvo bajo la tutela de sir William Temple, en Inglaterra. Su pluma, inexperta pero afanosa, comenzó con la escritura de ensayos breves y de un manuscrito para un libro. Mas no fue sino hasta su regreso a Dublín, para ejercer sus labores religiosas como sacerdote anglicano, que comenzó a notarse en sus escritos el espíritu crítico y sarcástico, que caracterizara tanto a su obra cuanto a su persona, en panfletos políticos como Discurso sobre las disputas y disensiones entre los nobles y los comunes de Atenas y Roma (1701).

En obras como Cuento de una barrica (1694-1697) y La batalla de los libros (1704), las particularidades que en la posteridad distinguirían y definirían su ideolecto, se acentuaron significativamente: líneas cargadas de la más pura ironía, con miras a escandalizar a un lector que divertido y en complicidad con las agudas sentencias del autor, “descubre el rosto de los demás, pero no el suyo” (La batalla de los libros) en férrea sátira a la religión, la literatura, la política y la sociedad, así como a un sinnúmero de temas, susceptibles de ser parodiados.

Pese a la gran aceptación entre los lectores y el éxito obtenido en general, la Iglesia de Inglaterra no recibió con agrado el tratamiento humorístico del escritor, quien se vio forzado a publicar la mayoría de sus obras en el anonimato o bajo diversos seudónimos. Con todo, la popularidad de Swift creció a tal punto que llamó la atención del partido conservador tory y se convirtió en editor de su principal periódico, Examiner.

Su inmersión en la vida política le permitió afilar con mayor fiereza la acritud de sus argumentos en panfletos dirigidos a importantes personajes de la vida pública, como al gobernador de Irlanda en Descripción de una salamandra (1705); o su ataque a los whigs, el partido liberal británico, en La conducta de los aliados (1712); hasta culminar con la publicación del último de sus tratados irlandeses: Una modesta proposición (1729). En éste, como lo había efectuado con anterioridad, denuncia explícitamente la explotación y abusos a los que estaba sometida su nación a manos de los ingleses y realiza una dura crítica a la apatía que provocaron entre los propios irlandeses las propuestas que él mismo publicara años antes, escritos donde buscaba tan sólo poner fin a la miseria de su pueblo y, en sus palabras, “el bien público de mi patria”.

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Un retrato de Jonathan Swift. Imagen: Apic

No obstante, la obra que lo consagró en las páginas de la literatura universal fue sin duda Viajes a varias remotas naciones, mejor conocida como Los viajes de Gulliver. Después de haber sido revisado y aprobado por el juicio impecable de sus notables amigos -entre los que destacaban Alexander Pope y John Gay-, finalmente Swift decidió publicar el texto en 1726, bajo la firma de Lemuel Gulliver. Influenciado por el Robinson Crusoe de Defoe —la historia del aventurero incansable, que descubre nuevas tierras habitadas por seres fantásticos en cada uno de sus viajes— ofrece un panorama más oscuro y pesimista desde la perspectiva del irlandés.

Y es que el simbolismo de los elementos presentes en cada uno de los libros, que constituyen lo que muchos llaman un tratado de filosofía política, recupera la frase inmortal del famoso filósofo griego: “conócete a ti mismo”. De manera que en la imitación del ejercicio socrático, el viaje se vuelve una metáfora que en realidad alude a una expedición humanística hacia las entrañas del hombre, con miras a reconocer su verdadera naturaleza.

El desenlace de tan extenuante empresa arrojó como resultado el desencanto con el ser humano y la amarga decepción de saberse parte de una estirpe que encarna la vileza y la violencia injustificada en contra de su prójimo. El novelista reprocha el actuar humano, su antropocentrismo, y cuestiona su avidez por una supuesta civilidad, fundada en la barbarie y en la locura del poder, el dominio y la riqueza.

Ante la crudeza de la realidad humana, Swift recurrió nuevamente y con mayor vigor al humor y a la parodia, como un arma sutil que condujera al lector a una sana reflexión acerca de su propia condición. Sin embargo, la insensatez y la demencia humana rebasaron las fuerzas de su crítico más obstinado y éste terminó por aceptar el insondable destino de los hombres.

Haciendo uso de su gran capacidad de observación, el irlandés indagó de manera escrupulosa la médula de la locura en su especie y hasta fue capaz de describir en sus escritos enfermedades mentales aún inexploradas. Todo esto con la finalidad de obtener una vía para liberar a los hombres del yugo de su enajenamiento. No obstante, cansado de intentar difundir la razón entre los suyos, simuló entregarse a la estupidez con propuestas escandalosas y grotescas, como incurrir al canibalismo de niños pequeños para solucionar la pobreza en Irlanda.

Aunque su espíritu satírico nunca desfalleció, no fue impedimento para que la cordura y el incisivo razonamiento de Jonathan Swift desfallecieran en brazos de la locura. En sus últimos años, la enfermedad que lo acompañara a lo largo de su vida provocó que éste padeciera la pérdida progresiva de memoria y un deterioro cognitivo en silencio.

Por suerte, la perennidad de su voz aún hace eco en las últimas palabras que enmarcan su epitafio, donde invita a los aventureros como él a embarcarse en el mismo viaje de aquel que “luchó por la libertad de los hombres”.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

 

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