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Juan José Arreola en el tablero de enfrente

100 años del escritor de Zapotlán el Grande

Juan José Arreola retratado por Rogelio Cuéllar, 1973. Foto: Especial.

Entre los escritores mexicanos los hay quienes lo prefieren todo en cuestión de dimensiones. Entre los mayores por ejemplo Juan Rulfo cultiva con asombrosa fortuna tanto el cuento como la novela, al igual que José Revueltas o Agustín Yáñez —para referirme sólo a un triángulo de autores que emergen con poderosa luz hacia mediados del siglo anterior al actual. A la vez los hay que parecen nadar a gusto sólo en estanques breves, bien delimitados. El primer nombre que aquí salta es el de Julio Torri y es seguro que nadie podría dejar de pensar en otro prosista ilustre, el jalisciense Juan José Arreola. Obstinados, afanados de modo espontáneo y sin descanso en dar con la página perfecta aquellos autores han tenido una descendencia más bien desventurada, un puñado de seguidores fallidos, crédulos en la idea de que lo breve es de asequibilidad mayor que lo que tiende naturalmente a lo excesivo.

Para la factura del texto breve hay que contar con alas, con una insondable levedad, una mirada fina y conocimientos —del mundo, de la vida— que admitan la compañía feliz de la curiosidad y la imaginación. Uno puede imaginar a Arreola labrando su lenguaje, serpenteando, reptando como un prodigio de la naturaleza, ocultando la dureza de su empeño y dejando limpias la página y la historia, la estampa y la instantánea reflexión, como si fuera un solo ser en el mundo que está creando, un mundo sin medidas en el que entra nada más que lo que puede habitarlo, iluminarlo.

Se hizo Arreola desde el comienzo de su vuelo literario de una leyenda. No podía ocurrir de modo distinto. Había nacido para preguntarlo todo, y para hallar respuesta a todo. Desde el comienzo también una fue su preocupación fundamental: la palabra, que sembraría y cultivaría con singular denuedo, con delicadeza a la vez que con calculada veneración. Nada parece habérsele ocultado si su expresión discurría en vocablos, tan misteriosos como reveladores, cifra y clave del mundo, textura área que da razón y cuenta de todo misterio. Principió su carrera en su natal Jalisco, cerca de paisanos suyos, y en próspera vecindad afortunada muy en especial de Antonio Alatorre, el eminente filólogo. Ya en la Ciudad de México y en los albores de la madurez precoz de sus trayectorias, se le ha asociado con otro coterráneo ilustre, Juan Rulfo, con quien mantuvo más bien una relación distanciada cuando no francamente incordiada.

Comienza propiamente la leyenda cuando Arreola principia a actuar. No me refiero a su vocación histriónica —que fructificó hasta llevarlo a realizar estudios teatrales en Francia y a pisar los escenarios— sino a sus actos de la vida diaria: como trabajador editorial (en labores de corrección sobre todo en una primera instancia) y ya propiamente como editor de dos colecciones que quedarían en la historia de las letras nacionales: Los Presentes y los Cuadernos del Unicornio. Cada libro o cada plaquette de aquellas series contarían con el aliento amoroso de un editor con todo escrúpulo, sabio e imaginativo (en aquellas colecciones aparecen, por citar solo un par de ejemplos, La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco  o Los días enmascarados de Carlos Fuentes en los ya no tan cercanos años 50 del siglo XX).

La palabra. Arreola fue un maestro en más de una vertiente y de una manera clara en el oficio ya bastante y lastimosamente olvidado de la conversación. Para él conversar equivalía a salir de paseo, a respirar el aire limpio, a mirar el bosque y a mirar los árboles. Nadie ignora que fue un jugador de ajedrez de feliz obstinación, un bebedor de vino bueno y un infatigable cazador y admirador de maravillas. Todo esto le fue necesario por completo. Por ejemplo, acerca del ajedrez pudo escribir, según leemos en Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947): “No lo aprendí en la infancia, pero puedo afirmar que el ajedrez ha sido otra de las grandes dolencias de mi vida. Digo dolencias, porque me hace sufrir. Sufro… cuando un gran campeón es derrotado, cuando entra en decadencia, cuando se desploma. Yo, que tanto detesto los fanatismos deportivos, en lo que al futbol y el box se refiere… debo confesar que soy un fanático de ajedrecistas, tenistas y ciclistas… Por el ajedrez era yo capaz de dejarlo todo. El ajedrez me hacía olvidar mis grandes penas de amor. En el momento en que negras y blancas están en su lugar, y mi adversario juega peón cuatro rey —o yo, si abro la partida—, en ese momento se detiene el mundo para mí, y todo el espacio del universo se contrae hasta medir ocho casillas por ocho. El tiempo también deja de existir, a menos, claro, que se juegue con reloj reglamentario”.

No dejaron de asombrarlo las mujeres, la música, la pintura, el impulso lúdico del hombre, y por encima de todo la literatura. De esta suerte escribió Y ahora, la mujer, donde dice con exaltación que “Cada mujer es una especie de promesa de felicidad. Sólo carece del cálculo exacto para medir la dimensión de esperanzas que provoca en el amante. Ella aparece como un misterio que va a ser revelado, como la suma que un hombre puede tener en la vida”. Al crítico Emmanuel Carballo le dijo en entrevista, recogida en Protagonistas de la literatura mexicana, que la mujer “ha sido el leitmotiv de mi existencia. Llamo aquí la atención sobre el carácter blasfematorio que tienen, en el más religioso sentido de la palabra, mis alusiones procaces a la mujer, ya que en ella venero la fuente de la última sabiduría, la puerta de regreso al paraíso perdido”.

Centro ubicuo, móvil de nuestras letras durante décadas, Arreola al mismo tiempo apareció sin falta como una suerte de escritor descentrado, excéntrico, rodeado de famas y leyendas, de efímeros amigos y de numerosos amores en mudanza. No se acercó nunca al grupo capitaneado por el poeta Octavio Paz, no fue cercano a Carlos Fuentes, los escritores de izquierda acaso lo miraron no sin desconfianza. Todos lo admiraron, algunos con mal disimulada reserva. ¿Qué sucedía? Arreola traía a cuestas, corona de luces, su mundo propio, a solas, de puertas abiertas para todo salvo para la intimidad, la que probablemente sufría y gozaba sin más compañía que sus lecturas y la morosa liviandad de su prosas certeras. Le pesaba el mundo. He tenido la suerte de conocer cartas cruzadas con un buen amigo suyo en las que es imposible no advertir el gesto solidario delante de las cuitas ajenas, junto a su doloroso conocimiento de la naturaleza humana. Arreola sabía que los hombres nacen perdiendo, quedan huérfanos, arrojados del paraíso al que siempre tenderán —la ‘querencia’, para usar jerga taurina, nada ajena a las aficiones del escritor formidable—. Aquel paraíso no es más que la entraña femenina. El amor para Arreola será siempre búsqueda imposible de la posesión total, y de esta idea primitiva nace su compasión por los hombres, seres a la deriva, quebrados. La del amor era una batalla perdida e irrenunciable. La vida entera da vueltas en torno de aquel eje mudadizo, eterno y frágil, por lo que toda victoria será de veras una excepción que ocurre sólo en el campo del arte y sus oficios. Tal vez de allí surja la pretensión perenne de la página perfecta o el cuento breve, ajustado como una maquinaria diminuta en la que nada puede fallar sin que sobrevenga el último derrumbe.

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Estatua de Juan José Arreola en la Rotonda de los jaliscienses ilustres, centro de Guadalajara. Foto: Correo del Libro.

De espíritu cosmopolita Arreola sin embargo no olvida su ‘querencia’ al terruño y de continuo se nutre en el río de su memoria. Lo que en el Pedro Páramo de Juan Rulfo son fantasmas, en Arreola son seres plenamente vivos que habitan en un pasado no del todo fugitivo. Nace de allí, en 1963, La feria, una serie de viñetas de su tierra que comienzan en el tiempo de la Colonia, un bello libro repleto de registros imaginativos y puntuales, y de observaciones sagaces acerca de las candorosas aspiraciones de los hombres. Entre las viñetas, en la vida del pueblo jalisciense donde ocurre la historia, hay varias que corresponden a un personaje que es un hombre de letras, el escritor de un diario íntimo (otro género ya en desuso en esta época de culto a la velocidad y al valor del próximo desecho). Allí encontramos estas líneas francas que suscitan la sonrisa: “Después de una rápida y prematura alegría, mi amistad me está dando ya maduros sufrimientos. Me enamoré de María Helena antes de tener algún dominio sobre ella, creyendo que como tiene 14 años y yo 17, todo iba a ser mucho más fácil. No es que en realidad haya pasado nada grave, pero algo ha faltado hoy a su mirada, a su saludo, a su gesto lejano. Y esa falta me ha hecho sufrir, y ella me lo vio en la cara, estoy seguro”. Así prosigue una vasta serie de amores frustrados, equivalente tal vez a la concordia huidiza en un pueblo donde velan las armas, los sobreentendidos mortales y florece, acaso por vez primera de modo diáfano en nuestras letras, una rica vertiente de realismo mágico. A un lado de aquel cauce, o como trasfondo, está un antiquísimo asunto que ha separado pueblos, familias y hombres: la posesión de la tierra y la condición de trabajo de los propietarios y los moradores de las comunidades. En La feria todo circula entre estos planos, la aspiración a la correspondencia erótica, la importancia de la descendencia como cuestión de hombría, el papel del indio como trabajador de la tierra aun en cultivos que no desea emprender, la precariedad de la verdad y la prevalencia del infundio como motor social, la reticencia femenina ante la procuración del conquistador presunto. ¿Podría el autor pintar su vasto lienzo sin recurrir a una estructura fragmentaria, fiel al carácter parcelar de un todo inabarcable por una sola mirada? Lo cierto es que está a sus anchas Arreola en La feria: textos breves, escenas de suave y sostenida intensidad, de alegría viva, registro del habla y de los devaneos de un lenguaje que se pretende culto, adelantado. En el fondo, a comienzos de la segunda mitad del siglo XX, el libro resulta un fresco espléndido de un país en plena tensión histórica: entre el México rural, uncido aún al ritmo lento y violento del apego a la tierra y a la lucha por la justicia, y el México que ve delante de él cómo sobreviene el progreso.

Arreola había publicado ya en 1952 su obra más lograda, una auténtica  pieza de excepción. Me quedo un momento en esta fecha: 1952, poco antes de la aparición de los dos libros de Rulfo, unos años luego del despuntar de Revueltas y de Yáñez, dos o tres años después del lanzamiento de El laberinto de la soledad de Octavio Paz, quien poco después se referirá a aquel momento literario enfatizando la importancia de la prosa mexicana y subrayando las aportaciones de tres autores especialmente: el narrador Juan Rulfo, el ensayista Emilio Uranga y Juan José Arreola, narrador, ensayista, poeta, el más sorprendente de los prosistas mexicanos. De 1952 es Confabulario de Arreola, un libro que, sin dejar de hacernos pensar en Borges o en Franz Kafka, posee tal vitalidad y prodigio que asombrará a cualquier lector en cualquier época. Lo había hecho Arreola. Había conseguido un buen número de páginas y de piezas perfectas, un empleo magistral de la lengua, una sensibilidad rara, distinta, con momentos cínicos, de corrosivo humor y una delicadeza indeclinable que les proporcionan un vigor sin par.

En Confabulario aparece el que tal vez sea el texto más celebrado de Juan José Arreola. Es un poco anterior un cuento extraño de Octavio Paz (“Mi vida con la ola”, en Águila o sol), y algunas coordenadas comparten ambas piezas. Sus tramas giran en torno de la frustración, la angustia y los ferrocarriles. Hay en ambas obras una creciente sensación de absurdo, cruzado por la inmovilidad en un ámbito en el que lo debería primar sería el tránsito, la invencible contradicción del movimiento detenido y el devenir del tiempo. Más allá de esto, los lenguajes de ambos textos resplandecen: la sostenida poesía en prosa de Paz, incomparable en el idioma, y la ceñida, precisa y también poética escritura de Arreola, quien logró un cuento de tensión creciente poblado de registros del sinsentido lógico bien afincado en las mentes y en la tierra. “El guardagujas” revela una caída en un vicio del que no hay escapatoria: la obcecación imparable del traslado, prenda de los hombres desde que los hay, y que en los tiempos modernos, merced al incontrolado avance de la ciencia y de la técnica, revela mucho más que la búsqueda de la satisfacción de necesidades apremiantes. El embelesado lector de aquel cuento magistral hará bien si recuerda las líneas que siguen (aparecidas en El último juglar, Memorias de Juan José Arreola): “Creo que el aburrimiento sólo es propio de los pobres de espíritu, de los que necesitan divertirse y de los que han degenerado su naturaleza por exceso de impresiones. Los vicios, los viajes constantes, las diversiones, son los padres del aburrimiento. Un hombre sano de espíritu no debe aburrirse nunca”.

Arreola fue de inmediato saludado con admiración por la crítica. Pronto se le hizo formar pareja —en un imaginario más bien taxonómico— con Juan Rulfo, dadas su coetaneidad, su coterraneidad y la indudable excelencia de las dotes de ambos. Su emergencia en las letras nacionales deslumbró a lectores y escritores, maravillados ante un genio creador incapaz de abandonar sus raíces, su mundo mexicano (un gran ejemplo: su veneración al poeta zacatecano Ramón López Velarde), y de rehusar nunca a emprender vuelo en los mayores horizontes (supo calibrar, apreció como nadie, por citar sólo un caso, la escritura de su admirado admirador Jorge Luis Borges). No perdió nunca la fe en el espíritu y sus luchas, ni tampoco su fe en Dios, cuya existencia, decía, podría probarse tan sólo escuchando la música de Bach.

De estampa frágil (1.70 de estatura y no más de 50 kilos de peso), mirada opaca y poderosa, elástico como su prosa, e igualmente elegante, voz segura, dicción exacta (no perdió tampoco jamás la fe en el ahora vilipendiado ejercicio de la declamación), entregó los postreros lustros de su vida a la televisión. Se volvió entonces un personaje popular. Caía bien sobre todo por su ánimo de comprenderlo todo, por su curiosidad infinita, por sus insospechadas sabidurías y por una humildad que nunca vencieron la fama, la admiración, el dinero y que se fundaba en un principio de arduo cumplimiento al que siempre se entregó: el amor a la palabra y el amor al prójimo.

Juan José Reyes – Escritor, ensayista y editor.

 

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