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Juan Tovar: La irrupción de lo intempestivo

Juan Tovar durante la entrega de su medalla en el Palacio de Bellas Artes. Foto: Palacio de Bellas Artes-Twitter.

Un grupo de narradores mexicanos nacidos en los años 40 ha pasado a la historia de las letras mexicanas como el de los integrantes “de la Onda”. Se trata de nombres consagrados los de Gustavo Sainz y José Agustín, o incluso legendarios como el de Parménides García Saldaña. Suele asociarse a esta lista más bien corta a Juan Tovar, aunque los motivos estrictamente literarios de esta vinculación no quedan del todo claros. Tovar nació en Puebla en 1941, y en estos términos cronológicos, y en otros importantes, como el de la amistad, hace conveniente compañía con aquellos otros escritores. Pero en cuanto a su obra, lo cierto es que hay notas radicales que lo distinguen.

La de mayor peso es la concerniente a la escritura: mientras los otros trazan su prosa con un deliberado desenfado y con indudable atrevimiento temático, Juan Tovar prefiere un estilo que podría ser visto como más tradicional, apegado a la corrección. Su prosa —me apresuro a evitar cualquier mala interpretación de mis palabras— cuenta con varios atributos infrecuentes en nuestro medio. Es una prosa elegante y elástica, extraordinariamente fluida, perfectamente cosida en tramas complejas, profundas, que plantean, de modo excepcional, los asuntos de la convivencia, los valores, la irrupción de lo imprevisto, los poderes de la hipocresía y del cinismo.

Tovar se dio a conocer en 1967 mediante la publicación de El mar bajo la tierra, en la histórica Serie del Volador de la editorial Joaquín Mortiz (casa donde publicaron también sus primeros trabajos José Agustín y Gustavo Sainz). Tenía entonces 26 años, a más de una madurez sorprendente, una rara capacidad de comprensión de todos los artilugios de la mala fe, la hipocresía y el cinismo, el amor propio herido, el temor al qué dirán, la autoridad inapelable del macho, la sumisión fatal de las mujeres, de una sociedad empeñada en vivir en la superficie, mientras la realidad más bien sólo enseña que se hunde. Del otro lado, naturalmente, está la inocencia, y está el amor, de perspectivas siempre frágiles, de frutos temblorosos. Tovar daba pruebas de que en él la literatura mexicana contaba, ya hace 50 años, con un valor sólido del que había que esperar aun frutos mejores.

Y Tovar no decepcionó a sus lectores de su amplia y cada vez más seductora obra narrativa, como tampoco a los de sus obras teatrales ni a los espectadores de éstas. Ante esto, es natural preguntar los motivos por los que un autor de obra de verdadero fuste, de obras de alta calidad, no posea la fama de que gozan sus compañeros de generación, ‘los onderos’. Hallo dos que me parecen absolutamente menores: a) la obra de Tovar, siempre muy exigente en cuanto a su rigor y en cuanto a la inteligencia del lector/espectador, no tiene el atractivo de la moda, no aspira a complacer a nadie mediante el juego y la provocación; y b) Tovar se ha alejado por decisión propia de los reflectores extraliterarios; ha sabido trabajar en la literatura, y no en la autopromoción.

A lo largo de 50 años, y los que faltan de seguro, el autor ha realizado una vasta bibliografía, donde están, además de El mar bajo la tierra, La muchacha en el balcón o la presencia del coronel retirado (1970) y Criatura de un día (1980); a la antología de cuentos Hombre en la oscuridad (1965) y los cuentos Los misterios del reino (1966) y El lugar del corazón (1974). Como autor teatral, Tovar ha realizado obras de veras notables, como Las adoraciones (1981), Manga de clavo (1989), Manuscrito encontrado en Zaragoza (1985), El monje (1988), Cura de locura (1992) y Las adoraciones (segunda versión, 1993). Como ha dicho al recibir recientemente la Medalla Bellas Artes, Tovar sigue escribiendo para bien de las letras mexicanas.

Juan José Reyes – Escritor, ensayista y editor.

 

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