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La apología del humor: Laurence Sterne

A 250 años del autor de "Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero"

El retrato más conocido de Tristram Shandy, por Joshua Reynolds. Foto: National Portrait Gallery.

Desde la antigüedad, el humor ha sido considerado un elemento esencial en la constitución del ser humano; desde Hipócrates y su teoría de los cuatro humores hasta Da Vinci, en el Renacimiento, se creía que éste determinaba la personalidad y condición física de los individuos. Mucho es lo que se ha discutido en torno a este tema e irónicamente poca luz es la que se ha obtenido, pues las opiniones al respecto tienden a ser diversas y contrastantes.

Mientras algunos lo asocian a un aborrecible sentimiento de superioridad del hombre; otros ven en el humor la posibilidad de sublimar cognitivamenttwe lo ridículo y lo incongruente que acontece cotidianamente a través de la risa. Tal es el caso de Laurence Sterne (Clonmel, 24 de noviembre de 1713- Londres, 18 de marzo de 1768), quien a 250 años de su muerte aún insiste en procurar a sus lectores un momento de esparcimiento o distracción que permita olvidarse de las penas y aflicciones que tienen lugar en lo que él llama, el “despreciable y desastroso mundo”.

Y es que como el novelista irlandés refiriera en voz del caballero, cuyo nombre da título a su novela más aclamada: “cada quien hablará de la feria como a su puesto le haya ido en ella” (La vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero I,V); de modo que es de esperarse que la percepción de un hombre, que padeció gran parte de su infancia las precarias condiciones de vida en los regimientos militares y que no aspiró a una educación formal sino hasta años más tarde, no sea del todo favorable con el mundo que lo recibiera, desde su nacimiento.

De ahí que Sterne viera en la mezcla de la literatura y el humor (aunque tardíamente) un medio catártico para plasmar, con un toque de ingenioso sarcasmo, la frustración y las infinitas querellas que sobrevenían ante sus desventuras: la terrible tuberculosis que padeciera desde sus tiernos años, la súbita muerte de la mayoría de sus hijos, la mala relación que intentaba sobrellevar con su esposa, entre otras.

El tratamiento que el también clérigo diera a tales cuitas, a través de la escritura y con “gran pesar en el corazón”, fue publicado por primera vez en dos volúmenes a finales de 1759, tras haber sido rechazada su primera versión. Así pues, las aventuras de Tristram Shandy, el infortunado protagonista de esta biografía ficticia, quedaron inmortalizadas bajo la pluma aguda y, aparentemente, inexperta de su autor, quien poco antes de ésta, su primera novela, había sólo incursionado en el ámbito literario con un pequeño tratado político: Historia de un buen abrigo o, como mejor se le conoce, Un romance político (1759).

A consecuencia de su salud endeble, no pudo más que publicar una segunda novela: Viaje sentimental por Francia e Italia (1768), con cuyo éxito terminó por consagrar la fama de la que ya se había hecho acreedor previamente, gracias a la vida de Shandy. En ambas obras es evidente la gran capacidad de observación del autor, expuesta en sus esmeradas descripciones, tanto de situaciones y lugares determinados como de personajes y sus perfiles psicológicos.

Sin embargo, su incursión en un género tan singular como la sátira tuvo importantes repercusiones en la recepción de sus obras, pues además de lidiar con las críticas negativas de sus detractores, fue censurado y hasta obligado a quemar su primer tratado. Con todo, la repentina notoriedad de Sterne no menguó y sus escritos llegaron a cada rincón de Europa, donde se le asoció con renombrados autores como François Rabelais y (muy a pesar del propio Laurence) Jonathan Swift.

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Viñeta de “Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero”, en su versión de novela gráfica por Martin Rowson. Imagen: Editorial Impedimenta.

Aunque no puede negarse la influencia de los prosistas aludidos (particularmente, la del humanista francés) en los escritos de Sterne, éste supo imprimir un estilo propio a través de su distintiva habilidad para desviarse del discurso principal y ahondar en cada nuevo tema sin terminar el anterior.

De modo que las digresiones características e inagotables, aunadas a una mezcla de comicidad y sentimentalismo, dieron fe de la libertad que el autor se procuró al escribir, y consolidaron, sin duda, su legado literario con el epíteto de “clásico”, principalmente con su novela shandeana.

En ésta, el joven Tristram comienza su discurso con una queja de índole universal: su propio origen. Pocos son los afortunados que en conformidad con la suerte que les tocó aceptan las condiciones en que llegaron a este mundo. En contraste, Shandy se vuelve el portavoz de todos aquellos que cuestionan (o condenan) el motivo y la forma de su existencia; entre ellos su creador.

Por ello es posible dar mayor razón a quienes aseguran una especie de acercamiento autobiográfico a lo largo de los nueve volúmenes que conforman la novela, en la que las opiniones de Tristram Shandy son en realidad los sentimientos y pensamientos de Laurence Sterne.

Es justamente del tono personal de la obra de donde se desprende la vena humorística del autor, quien a través de sutiles invectivas, aborda diferentes pasajes, así como personajes entrañables que aluden a situaciones o personas que tuvieron una significativa presencia en su vida, como su personaje, Mr. Toby Shandy, que reinterpreta la figura de su tío Richard Sterne, asociada a la vida militar que Laurence conocía muy bien; o el párroco Yorick, evocación del propio Sterne, como prestador de servicios religiosos. Asimismo, la composición fragmentaria de la novela ayudó a reforzar esta idea, ya que las aventuras de su pequeño héroe iban de la mano de sus viajes y experiencias.

Consciente del proceso de escritura y de la importancia del lector en ella, Sterne lo hace partícipe y en reiteradas ocasiones dialoga con él, apelando a su benevolencia en favor de la estructura discursiva del texto más que propiamente de su contenido.

A pesar del gran sentido del humor de Sterne, la risa y la burla, con la que encubre la vida de Shandy (y de alguna manera la suya), responden al miedo que supone enfrentarse no sólo a las opiniones de los demás sino a las propias; lo cual justifica a un tiempo la exageración en el férreo deseo de haber nacido en otra parte; de ser otro.

De modo que el texto fluctúa entre lo risible y lo melancólico, con miras a la comedia antigua, que retoma elementos de la tragedia. Así pues, en esta que algunos críticos han llamado “tragicomedia”, Tristram se reconoce como hijo de la banalidad, producto de la injerencia de la siempre omnisciente Fortuna. Ésa que de la noche a la mañana volvió a Sterne un referente para autores como Thomas Mann, James Joyce o Goethe; y ésa que tras haberse convertido en quien siempre quiso ser, con la misma presteza le arrebató el último hálito, el 18 de marzo de 1768.

Antes de sucumbir a la terrible enfermedad que llevara a cuestas toda su vida, Sterne escribió también correspondencia a una mujer casada (Cartas a Eliza, 1767) y una serie de sermones (Sermones de Mr. Yorick, 1760- 1769), de los que su alter ego fuera vocero.

Si bien ninguno de estos libelos supera en complejidad y en popularidad a sus dos novelas principales, en definitiva contribuyeron también a dar a conocer el idiolecto y las opiniones de Laurence Sterne, quien seguro del impacto que éstas tendrían en el mundo (y vaya que así fue, dada la cantidad de imitadores que surgieron tras la publicación de sus obras), logró su cometido: despertar el interés de críticos y lectores en su literatura por igual, para que entre risas, éstos le proveyeran la dicha de despedirse del mundo, para él aborrecible, no como un escritor bien alimentado “sino famoso”.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

 

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