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La asombrosa vitalidad de la “Visión de Anáhuac”

100 años del ensayo primordial de Alfonso Reyes

México-Tenochtitlan vista desde el mercado de Tlatelolco. Imagen: Especial

¿Habrá imaginado Alfonso Reyes lo que serían el valle de México y la gran ciudad de los aztecas al paso de los años, de los siglos? Al impar polígrafo nuevoleonés le tocó conocer ya una ciudad moderna, y entonces apacible (al morir don Alfonso, en 1959, el Distrito Federal tendría entre tres y cinco millones de habitantes y continuaba siendo lo que el mismo escritor llamó en su momento, “la región más transparente del aire”.) Su Visión de Anáhuac, aparecida en 1917, nos devuelve la imagen de un mundo que estamos a años luz de conocer esencialmente. El estudio de la historia por naturaleza posee aquel carácter: da sin falta con una insuficiencia irremediable. No puede verse, no puede vivirse lo pasado, mucho menos lo remoto. Reyes sin embargo, y a partir de esta certeza, se lanza a conocer y a ver, a vivir aquel Anáhuac que el propio curso de la historia no ha hecho desaparecer del todo.

¿De qué se vale el escritor para encuadrar, desplegar y armar su visión? Se diría que de dos recursos fundamentalmente: un formidable acopio de conocimientos de diversa índole (historiográficos, geográficos, botánicos, biológicos, antropológicos), a la vez que de una asombrosa imaginación. En tal sentido, ¿en qué género podría encajarse la Visión de Anáhuac? En el que aquel autor magnífico mejor ejerció el poder suave y efectivo de su escritura: el ensayo.

Se ha dicho mucho que es tarea imposible establecer cuáles son los libros mayores de don Alfonso. En las letras nacionales, ¿qué libro solo de Reyes entraría en una antología? Junto a obras tan notables como El deslinde, La experiencia literaria, Trayectoria de Goethe, A vuelta de correo, Cuestiones gongorinas, cercano a la finísima poesía de don Alfonso, sus cuentos también finos y de superior ingenio, Visión de Anáhuac no sólo no desmerece sino que intensifica su poderío brillante.

Tenochtitlan es el escenario por el que se pasea la mirada del autor. El templo dedicado a los dioses, el palacio del emperador y el mercado -centros de la animación de la vida de los pobladores-  son revisados por la sabiduría y el vuelo poético de la prosa alfonsina. Veamos unas líneas referidas al Templo Mayor:

El Templo Mayor es un alarde de piedra. Desde las montañas de basalto y de pórfido que cercan el valle, se han hecho rodar moles gigantescas. Pocos pueblos -escribe Humboldt- habrán removido mayores masas. Hay un tiro de ballesta de esquina a esquina del cuadrado, base de la pirámide. De la altura, puede contemplarse todo el valle chinesco. Alza el templo cuarenta torres, bordadas por fuera, y cargadas en lo interior de imaginería, zaquizamíes y maderamiento picado de figuras y monstruos. Los gigantescos ídolos -afirma Cortés- están hechos con una mezcla de todas las semillas y legumbres que son alimento del azteca. A su lado, el tambor de piel de serpiente que deja oír a dos leguas su fúnebre retumbo; a su lado, bocinas, trompetas y navajones…

Visión de Anáhuac comenzó a escribirse en 1915, es decir hace 102 años, cuando el joven Reyes alcanzaba los 26 años. En el libro, que concluye con una propuesta novedosa en aquella fecha (la recuperación del ‘alma nacional’, nueva, distinta a las vivas presencias de lo indio y de lo español), fulge la belleza de aquel valle nuestro, para siempre imaginario ahora. Y resplandece a no dudar una prosa magistral, libre, aireada y transparente, inventiva, elástica y precisa. A 100 años de su puesta en circulación, Visión de Anáhuac conserva su maravillosa vitalidad.

Juan José Reyes – Escritor, ensayista y editor.

 

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