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La broma mística de Mario González Suárez

Un texto a propósito de 'Marcianos leninistas'

Mario González Suárez en editorial Era. Foto: Correo del Libro.

Marcianos leninistas de Mario González Suárez es, según aproxima la cuarta de forros, una novela disfrazada de colección de cuentos. Una pista más acertada está en su subtítulo, Ludibrium, el juego serio o la broma mística. Esa palabra enigmática —como muchas que se encuentran entre sus páginas tiradas como monedas de I Ching— es un talismán que cohesiona el libro a partir de una articulación que no es lógica pero sí análoga.

O como el propio escritor lo declaró en una breve entrevista a propósito de la reedición en Era de este libro 15 años después de su primera aparición, entonces en Tusquets: Marcianos leninistas “está inscrito en un realismo, pero en uno donde se atisba que la realidad no es tan plana como parece”, son cuentos “que funcionan al filo de la realidad pero que no son fantásticos”.

Así, en los textos de este libro mestizo —pues aquí hay tanto cuentos como fragmentos de otros discursos— la narración no es siempre el punto de contacto. En Marcianos leninistas se intercalan relatos y, entre ellos, unas pausas reunidas bajo el nombre de qualia. Cada uno de estos textos trata de desentrañar un destino, aunque el destino sea, como lo dice uno de los personajes recurrentes del volumen, el Dr. G., una noción que nadie ha podido comprobar pero que todos usan para analizar y dar sentido a la vida.

Para empezar con lo que corresponde a los relatos, cada uno de ellos es independiente pero forma parte de una secuencia mayor, misma que va desde los paisajes nicaragüenses de “Autobiografía revelada” a la crónica de un joven mexicano que finge su identidad durante un viaje patrocinado por las juventudes soviéticas (“En russkii”); los casos del Dr. G., un terapeuta que encarna el aura vampírica de la psiquiatría; el secuestro de un espía ruso, no por parte de nuestras fuerzas de seguridad, sino por entidades de otro mundo (“Memorando de México”); una fábula china donde se analiza el colonialismo británico y la marcha sangrienta del maoísmo (“El mazo y la guadaña”), y otras historias de tema sinológico y de sugestiones gnósticas tales como “Pleroma”, “Ricachá” o “Arroz fumanchú”, que nos recuerdan cómo la sombra del marxismo, y su derivación más pragmática, el leninismo, fue capaz de encender la imaginación tanto en Oriente como en Occidente y sus periferias.

Punto y seguido son, más que metafóricamente, los Qualia que van entretejiendo cada relato, a manera de descanso o incluso como signo de puntuación. González Suárez  los explica en palabras del filósofo John R. Searle: “hay un sentir cualitativamente especial allegado a cada tipo de estado consciente, y estamos en desacuerdo sobre el modo de hacer casar estos sentires subjetivos con nuestra concepción general del mundo como un mundo consistente en realidad objetivo (…) todos los fenómenos conscientes son experiencias subjetivas, y de aquí que sean qualia”.

En estos qualia, hay esquelas del Club Bakunin de México, un manual sobre cómo lidiar con un secuestro extraterrestre, fragmentos de textos sobre la psicopatología o qué hacer si te encuentras una moneda tirada en el piso, profecías de Theophastrus Bombastus von Hohenheim (mejor conocido como Paracelso), también fotografías y citas de otros libros. Son, en suma, textos variopintos (y bajo sospecha de ser apócrifos) que expresan el sentir de su autor, quien sobre el procedimiento de su escritura afirma: “ni siquiera me he planteado escribir narrativa. Escribo como voy viendo las cosas”.

El dicho no es efímero. La ordenación de Marcianos leninistas se parece a un gabinete de curiosidades donde se puede encontrar casi cualquier cosa, y expresa ya la vocación por la imagen de Mario González Suárez, quien desde hace al menos una década también se ha dedicado a la creación de imágenes: “antes de las palabras está la imagen. Y el trabajo con las palabras es el de hacer que lo que estás viendo sea verbalizable. Trabajo desde la imagen, las palabras deben someterse a la imagen”.

Un Lenin cyberpunk. Fragmento de la portada de Marcianos leninistas de Mario González Suárez. Ilustración: Juan Carlos Oliver.

El autor de Verdever o A wevo, padrino tiene entre sus maestros fotógrafos a Minor White, Helmut Newton, Francisco Matarrosas, Nacho López, y considera que “para un escritor el trabajo con el lenguaje no es un asunto meramente gramatical, sino el de encontrar la manera en que aquello que tiene palabras pueda decirse con palabras, con la imagen, básicamente: eso que sueñas, lo que ves, lo que imaginas. Para convertirlo en un texto literario se debe someter a la alquimia del lenguaje y que quien lo lea pueda ver lo que tú viste”.

Y a pesar de que los cuentos de Marcianos leninistas viajan por el mundo y se imaginan incluso una internacional intergaláctica, González Suárez llega a afirmar que mientras “los escritores latinoamericanos están arraigados a la tierra, los anglosajones son los que sueñan con el espacio. En Latinoamérica seguimos a ras del piso mientras que allá están viendo hacia Marte, a otros planeta, se alejan de estos problemas de la tierra”. Por supuesto, Marcianos leninistas refuta esta impresión, esta qualia, que González Suárez lanza como para retar al lector de sus libros y a sus alumnos.

Es el año 2017, y por cosas del destino (de nuevo), Marcianos leninistas se reedita por primera vez desde 2002, no tanto por su coincidencia con en el aniversario de la Revolución de Octubre, sino en un esfuerzo de la editorial Era (casa donde también han aparecido De la infancia o Faustina) por reunir la obra completa de Mario González Suárez, quien nos ofrece este libro lleno de jiribilla, de polisemia y personajes que quieren decir una cosa pero dicen otra. Un libro que desde la portada diseñada por Juan Carlos Oliver despierta viejas reminiscencias de ciencia-ficción, futurismo y cyberpunk con aires revolucionarios: una estatua de Lenin con un corte mohicano señala el camino a las tropas del Ejército rojo, la krásnaya armiya (uno de los chistes recurrentes del libro es hispanizar el ruso).

Marcianos leninistas termina con dos qualias: la foto de una sonda que se parece mucho a la Sputnik navegando en el vacío; y finalmente, una afirmación de Teophastrus Bombastus von Hohenheim: “del mundo no quedará nada, ni los elementos, ni el firmamento, ni nada de lo que hay en ellos, sino que un día se hará verdad que el mundo será consumido por el fuego, igual que el fuego consumirá el agua, las piedras y todos los metales… Y no hay nada que pueda defenderse del fuego o resistirle”. La nada y el destino, dos imágenes nada terrenales, a la vez que saludos dirigidos a otras galaxias.

Olmo Balam – Editor de Correo del Libro.

 

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