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Enrique Vila-Matas: La erudición enmascarada

En el 70 aniversario del autor de "Historia de la literatura portátil"

Enrique Vila-Matas. Foto: Especial.

Detrás de la timidez aparente de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), hay un enfant terrible, un observador agudo que parodia la infelicidad ajena, que sabe reírse de la manera más seria en medio de la mayor tragedia. Es un humor que comparte coordenadas con Borges, Pitol y Monterroso.

Enemigo de la impostura, Vila-Matas nutre su imaginación con los emblemas literarios de lo antisolemne: la relativización de toda verdad; lo anónimo, con lo que tiene de ejemplar y umbral de lo universal; la frase, el lenguaje y sus sonoridades como el motor que impulsa el relato; la dislocación aparente de los personajes y situaciones sutilmente entramados en la unidad novelesca; el descubrimiento de lo momentáneo que desoficializa las consideraciones históricas trascendentes.

Vila-Matas acaba de ser reconocido con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2015. Por ese motivo, recuperamos fragmentos mínimos de la entrevista que le realizó Miguel Ángel Quemain al autor catalán y que aparece publicada en el libro Voces Cruzadas.

Dices ser “un narrador que va contra la literatura”, ¿Qué significa ir contra la literatura, es ir en pos de su disolución?

–Sí, porque siempre se mitifica en exceso al artista y siempre he sido partidario de lo que decía Marcel Duchamp: el artista es alguien que hace cosas y no hay por qué mitificarlo tanto. También yo he caído en esa mitificación porque quería ser artista. Ahora es distinto y pienso que necesitaba esa cura de humildad muy clara. En definitiva, el artista es alguien que como otras personas se dedica a hacer, que viene de la palabra artesano, el que hace cosas y no es, por supuesto, este artista tan excesivamente mitificado por la sociedad.

¿Escoger una tradición, escritores modelos, es un modo de elegir una forma de pensamiento? O ¿la tradición son esas obras atomizadas que se encuentran en el camino y se leen de manera azarosa?

–Borges ha sido ejemplar, en ese sentido. Consiguió que todos participemos de la tradición, ha descubierto que las obras de vanguardia no conducían a nada y que en la tradición estaba todo. En mi caso paradójicamente soy considerado todavía por la crítica como un autor de vanguardia, pero con la ventaja de que soy de una vanguardia legible. Se me puede leer, que es lo que siempre he pretendido: hacer algo accesible para el lector, para un tipo de lector medio, pero al mismo tiempo fuera si no vanguardista, si arriesgado. ¡Nunca copiar lo que han hecho otros!; sabemos que hay modelos que siempre funcionan para el lector medio, es fácil encontrarse y entender algo que se conoce. En mi caso ha sido un trabajo duro, siempre me lo ha dicho mi editor cada que vez que le he entregado un libro, incluso últimamente reconoce que es “raro lo que haces, lo que pasa es que ahora ya se empiezan a acostumbrar”. Total, ha sido un largo trayecto.

¿Qué aparece primero en la cabeza del autor: el asedio de un tema, la anécdota o el desarrollo de una estructura?

–Puede aparecer primero el título y a partir de ahí, como me sucedió con Suicidios ejemplares, surgir todo el libro. En el caso de Hijos sin hijos, el título aparece después y está dado por una idea de Kafka que extraje de sus diarios. La imaginación, en mi caso, se despliega en torno a una frase, que puede funcionar como la columna vertebral del trabajo narrativo. Pero también puede venir de un título.

En tu literatura se ironiza lo que llamamos pensamiento, lo intelectual en sus formas librescas y eruditas, tu literatura es una especie de teatralización de las ideas…

–Se puede actuar con una especie de sabiduría falsa de tipo borgiana, es decir, presentarse como un erudito sin serlo. Se trata de jugar un poco a crear una imagen de erudición. Crear un autor que en apariencia maneja muchos textos, que en el fondo no conoce. Eso sucede en Hijos sin hijos, donde aparezco como un gran conocedor de Kafka, sin ser un especialista. Es un juego que utilizo como pretexto para escribir cosas de Kafka: mientras él sufría un dolor ante la literatura, en mi caso hay un sentimiento lúdico. Eso me diferencia brutalmente, radicalmente de Kafka. Sin embargo, puede ser una buena pareja, que creo ha funcionado en este caso.

En el conjunto de tu literatura es muy claro que existe una moralidad literaria, pero ¿consideras que también existe una moralidad social, una moralidad política, en tu literatura? 

–Creo que el punto de vista del narrador, siempre en cualquier escritor, muestra su ideología y mi ideología política no la explico cuando invento historias pero está detrás del punto de vista y en todos los escritores creo que pasa esto, es indisociable. No hago como Jean-Paul Sartre que tenía un compromiso político a la hora de escribir, pero creo que el mío se nota en mi punto de vista: es un punto de vista vanguardista, es un punto de vista radical de extrema izquierda y creo que sí aparece en los libros, pero queda en el fondo. Una cosa es la política y otra la literatura, pero detrás de lo que escribo está la ideología, que como le sucede a todo mundo, creo que se nota.

 Dices: soy de extrema izquierda ¿eso es políticamente correcto?

–Si, de extrema izquierda, pero también tengamos en cuenta que dadaísta y situacionista y si me apura con una mezcla de independentista catalán, con lo cual tenemos una combinación fuerte.

Discutir con la historia, o con las versiones institucionalizadas de la historia, es una de las constantes en tus libros, ¿es una exigencia que compartes con el lector, aspiras a un lector de omnisciencia semejante a la del novelista?

–Por supuesto que no. Precisamente he ido evolucionando para que se pueda leer todo lo que escribo sin necesidad de haber leído nada, incluso sin aventuras intelectuales previas. Antes sí lo exigía y creo que era un error. Detrás de la invención, del ejercicio narrativo está todo el aparato crítico, teórico y de investigación que le pertenece al novelista. Pero el lector no tiene por qué padecerlo, gozarlo o compartirlo. El lector puede entrar a mis libros sin haber leído nada y entenderlos, como está sucediendo ahora.

¿Escribir es una forma de conocimiento, sales ileso después de escribir cada uno de tus libros, sabes más de ti, de la literatura, de la vida?

–Es una paradoja porque yo creía que lo que hacía de mí mismo era una negación, para conocer algo de mí. Pero, en definitiva, como lo que hago es ficción, sigo en el mismo punto de partida: sin saber nada. 

¿Para qué continuar entonces?

–Pues por el lujo de la literatura misma y por divertirme, por el juego mismo que es lo que más me gusta de la literatura, el juego mismo. No sé lo que es verdad ni me interesa saberlo.

Te han calificado de escritor excéntrico pero también hay en ti un escritor transfronterizo

–Cada vez más, existe de una manera rotunda la idea de lo transnacional. Las literaturas de tipo nacional son anacrónicas, son algo que en el fondo yo desprecio bastante porque además están ligadas, ligan la literatura al poder. Esos escritores nacionales son los que a la larga se llevan las medallas locales y en definitiva aspiran a estar cercanos al poder político, todo lo contrario de lo que a mí me gusta y me interesa. Veo la literatura como un combate con el lenguaje, un combate cotidiano del escritor con su escritura y el paradigma de este tipo de escritura tan alejado del poder y tan cercano a la literatura, que es independiente por completo al poder político, sería el caso de Kafka, y bueno ya sabemos que Kafka era un escritor transnacional, aunque sólo sea porque es un clásico. Es un anacronismo en estos momentos hablar de literaturas nacionales. Se puede ver esto en México donde hay nacionalismo muy fuerte, para no hablar de Cataluña. En España hay unos escritores que pudieran ser considerados como españoles, algunos de los cuales, los más representativos, fueron invitados a la boda del príncipe. Los invitados son los representantes de lo que antes se llamaba literatura nacional española.

¿Qué significa para ti partir de la idea y no de la imagen en el proceso de la escritura?

–Me han emparentado con Sebald y Magris y en lo peninsular con Javier Marías. Este parentesco lo ha calificado un crítico como pentamental, que es un adjetivo que se ha inventado él y que no me acaba de gustar mucho, pero que observa a este tipo de literatura como alejada del mundo de la imagen y del cine para escribir un tipo de literatura más apegada a un trabajo de lenguaje.

¿De qué literatura te sientes cercano?

–De todos los de este siglo y además, son la tradición misma de la literatura: Borges, Kafka, Gombrowicz, Pessoa. Es la unión de esos cuatro distintos lo que más me interesa, y Nabokov también.

¿Te sientes parte de una generación, de un movimiento literario?

–Sinceramente, yo no me identifico con los escritores españoles de mi generación. Pero sí me intereso por otros autores, que hacen cosas muy distintas a las mías.

¿Te consideras un escritor catalán?

–Me considero nacido en Barcelona y catalán pero cuando escribo hago mía la frase de Gombrowicz: “cuando escribo no soy ni chino ni polaco”. Tengo un artículo que se acaba de publicar en un libro que se llama El traje de los domingos, y el artículo se llama “De banderas a patriadas” y por supuesto señalo que creo que me puedo parecer mucho más a un escritor belga que a un escritor de mi barrio, por poner un ejemplo. A veces te identificas con lo que dice un escritor indio y no te identificas con la persona más próxima a ti en Barcelona o de Cataluña, a la hora de escribir me refiero.

¿Y por qué no elegir el catalán como lengua?

–Mi madre que es muy catalana y casi únicamente habla catalán, siempre me educó diciéndome que tenía que explicar siempre lo que pienso y siento y decir la verdad. Entonces cuando hablo en catalán yo tiendo a decir siempre la verdad, y de hecho me sigue pasando. Cuando hablo con amigos catalanes en catalán soy como un alma de buena fe absoluta diciendo todo lo que pienso realmente. No me escudo en lo que se escudan otros diciendo que en la escuela franquista no se enseñaba el catalán, que podría hacerlo. Pero en mi caso es deliberado porque bien podría haber aprendido a escribir y no es mi caso. Bromeo diciendo que me ha costado bastante escribir en castellano como para tener que aprender el catalán.

Miguel Ángel Quemain – Escritor y periodista. (Texto publicado originalmente en Voces Cruzadas, Ed. El Nacional, 2005).

 

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