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La supremacía del hombre

A 100 años del nacimiento de Augusto Roa Bastos
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Augusto Roa Bastos. Foto: Especial.

La guerra, como una insaciable deidad antropofágica, ha trastocado a tal punto a la humanidad que hablar de ella significa —la mayoría de las veces- referir la historia misma. Ante el panorama de desolación que indefectiblemente deja a su paso, el hombre se ha esmerado en idear nuevas estrategias para garantizar la supervivencia de su especie y recuperar la dignidad perdida con las armas.

Dentro de la ferviente lucha por la prolongación de la vida humana, la asistencia a los demás, a través de los recursos y posibilidades de cada individuo, se vuelve una necesidad imperiosa. Así lo entendió Augusto Roa Bastos (Asunción, Paraguay, 1917-2005), quien no sólo se distinguió por ser uno de los escritores más sobresalientes de América Latina, sino también por haber ofrecido su producción literaria como un servicio humanitario a su nación y al mundo.

Con ecuanimidad y aire impasible, Roa Bastos reflejó tanto en su presencia como en sus escritos la severidad de quien ha tenido que vivir en la hostilidad de los conflictos armados. Desde su nacimiento, en medio de la catástrofe mundial que representó la Gran Guerra, estableció el primer vínculo con la naturaleza bélica del hombre, tema central de su prolífica bibliografía.

Mas la distancia geográfica y la inconsciencia de sus primeros años le impidieron advertir que sus tempranas dotes literarias servirían para retratar, años más tarde, uno de los episodios más sanguinarios en la historia de su primera patria. Así pues, la Guerra del Chaco produjo gran mella en la juventud del escritor, al evidenciar con excesiva crueldad la fragilidad humana a causa de un embate mortal e innecesario.

Aunado a esto, el olvido, al que los anales de la historia relegaron el sufrimiento de su natal Paraguay, sirvió como aliciente para que Roa Bastos se consagrara a delinear con la vivacidad de sus letras esta nación desdibujada por la indiferencia y así, además de brindarle la asistencia que físicamente no quiso volver a ofrecer, encontrarle nuevamente su lugar en el mundo.

En el empeño de plasmar la imagen profunda de la colectividad de su tierra, el paraguayo engendró dos de sus novelas más sobresalientes: Hijo de hombre (Losada, 1960) y Yo, el supremo (Siglo XXI, 1974). Aunque diferentes en su estructura y en la maduración del idiolecto distanciado por más de una década, ambas, obras fundamentales de la literatura latinoamericana, son el testimonio de una época y el monolito perenne de los estragos de una guerra impulsada por el deseo de mando.

De acuerdo con lo dicho por el propio Roa Bastos, el poder “en sus diferentes manifestaciones” tuvo al igual que la guerra un papel definitivo a lo largo de su vida, convirtiéndose también en un tema constante dentro de su narrativa. Ante la concentración excesiva de las potestades en un solo individuo por el afán egoísta y orgulloso de dominar a los otros sin reparar en las consecuencias, el escritor apostó siempre por la oposición.

Así, en un periodo en el que el ejercicio del poder absoluto alcanzó gran parte del territorio latinoamericano, la respuesta combativa de él y otros autores oriundos de estas tierras fue retratar las personalidades de los hombres que personificaban la opresión y el autoritarismo en el subcontinente.

Dentro de este ciclo de obras fundamentadas en las dictaduras y asimismo inscritas en el fenómeno literario del Boom, destacan las de Roa Bastos que al reproducir la tiranía del Dictador Perpetuo de la República del Paraguay, rompe con el modelo establecido por sus contemporáneos, distinguiéndose por las singularidades que la pluma de su autor les concedió.

 

Y es que el estilo de Roa Bastos, influenciado por la narrativa de Faulkner así como la de Hawthorne, Melville y Hemingway, se caracterizó por la sobriedad y claridad de su tratamiento, aun con el uso de técnicas vanguardistas. A partir de la sucesión no lineal de los acontecimientos, incorporó una dualidad derivada de dos elementos opuestos: la ficción, que imprimió el plano mítico al que están supeditados los personajes, los escenarios y el tiempo; así como los referentes históricos que confirieron la verosimilitud necesaria para la efectividad de sus obras.

La conjunción de estas propiedades idiolécticas dio como resultado, más que la caricaturización de un personaje histórico o su fiel representación, un texto de reconstrucción de identidad no sólo para su pueblo, tras haber vivido bajo la voluntad de una sola voz por tanto tiempo; sino también para él mismo, que al no tener “pasta de héroe” se vio forzado a vivir lejos de su patria la mayor parte de su existencia.

En el destierro, Roa Bastos tuvo la oportunidad de desarrollarse en múltiples ámbitos laborales: trabajó como periodista independiente y cronista de guerra, su principal inquietud; posteriormente incursionó en la elaboración de guiones para cine, televisión y radio. Además, la residencia inestable del expatriado le permitió conocer y nutrirse de las tierras que le brindaron asilo temporal y que tiempo después él consideraría también su hogar.

Si bien la vida en el exilio fue “muy fecunda”, pues la mayor parte de su vasta y diversificada producción literaria (teatro, novela, cuento, poesía, etc.) vio la luz en esta etapa, la nostalgia estimulada por los recuerdos y la sensación de desarraigo lo obligó a volver la mirada hacia los vestigios inmateriales de su patria.

De ahí que pese a la lejanía, sus escritos hayan constituido un manifiesto lingüístico sui generis, donde las lenguas de su tierra, distintas pero fraternas, interactuaron a tal punto que se volvieron una sola e indivisible. Mientras que el español fue la lengua formal, el guaraní era la lengua de la comunicación emocional, por lo que su uso se volvió indispensable para reforzar cualquier clase de expresión.

Esta consolidación de la realidad cultural de una nación a través de la literatura nació primero del reconocimiento amoroso del propio origen, que Roa Bastos había ejercido ya desde su tierna infancia, al admitir la diglosia (situación en la que coexisten dos lenguas en una misma comunidad) y el carácter bicultural que yacían en él y en sus compatriotas, hijos todos de una tierra bilingüe. No obstante, ésta también surgió de la necesidad de acuñar la identidad nacional que se había creído perdida en las vicisitudes, donde paradójicamente más se identificó.

“No olviden kená, che ra’y-kuera, que siempre debemo’ ayudarno’ lo uno a lo’ jotro, que siempre debemo’ etar unido” arenga Solano Rojas en El trueno entre las hojas (1953), cuento en el que Bastos expuso, a manera de una alegoría desgarradora, la esencia solidaria del paraguayo que, aún desde la muerte, busca salir en ayuda de quienes lo necesitan.

Esta prueba de amor y compasión por el prójimo dejó una huella tan honda en el alma del arandú (“sabio” en guaraní), que como ofrenda al espíritu filantrópico de su tierra, la imprimió en su oficio literario y la obsequió después al mundo entero como un mensaje de unificación humana por encima de su instinto bélico y su avidez de poder.

En gratitud a la magnanimidad de este acto y al genio de su obra, Augusto Roa Bastos se hizo acreedor al Premio Cervantes correspondiente al año de 1989, mismo que vio el fin del periodo dictatorial en Paraguay. Ya sea a causa del azaroso sino o a consecuencia de las coyunturas sociales y políticas de la época, la entrega del galardón aludido, durante un momento histórico altamente significativo para el escritor y su gente, simbolizó el triunfo del régimen que por lo menos en el imaginario de su obra y de sus lectores, antepone al ser humano a su propia destrucción: la supremacía del hombre.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

 

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