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La vitalidad contagiosa

Juan Goytisolo in memoriam
Foto: tomada de http://gestioncultura.cervantes.es

En 2014, Juan Goytisolo (Barcelona, 1931-Marruecos, 2017) fue reconocido con el Premio Cervantes de las Letras, instituido por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte. El excéntrico más destacado de las letras hispánicas se unió así a escritores con los que ya compartía un vínculo más allá de lo literario, especialmente con Jorge Luis Borges. El jurado afirmó en el acta que el premio se concedía a Goytisolo “por su capacidad indagatoria en el lenguaje y propuestas estilísticas complejas, desarrolladas en diversos géneros literarios; por su voluntad de integrar a las dos orillas, a la tradición heterodoxa española y por su apuesta permanente por el diálogo intercultural”.

Estas palabras apenas dibujan la magnitud del proyecto narrativo del autor de El exiliado de aquí y de allá (2008), pues la mencionada “tradición heterodoxa” no se refiere únicamente a una variación radical dentro del cosmos hispano, sino a una búsqueda de lo que hermana a nuestra lengua con el mundo musulmán y árabe, esa otra orilla que pocos de los que escriben en español se han atrevido a explorar.

Lejano e incómodo en España, Juan Goytisolo afirma que no forma parte de esa tribu, pero sí de la cultura, en la que se define como “el narrador actual que tiene la relación más intensa con el árbol de la literatura española. En su vida y su literatura, rigor ético y literario van de la mano. Esa certeza la expresa Juan Goytisolo en El bosque de las letras (1995), libro “como el 99 por ciento de los que se escriben en España: indigestión de lecturas extranjeras”. Y es que Goytisolo renuncia a sumarse a “los 100 mil tertulianos” que viven en ese gran “circo mediático” en que se ha convertido la sociedad española, habitada por unos “españoles sin ganas”, como decía Cernuda.

El diálogo se inicia en su piso de la rue Poissionere, en París, ciudad en la que se autoexilió desde 1956 y se continuará en la Plaza Dja el Fana, en Marrakesh, que es parte de la fascinación por el norte de África como legado de su amistad con Jean Genet, donde la casualidad nos reunió para conversar in situ sobre los aromas que se le cuelan a sus textos, sobre la sensualidad violenta y sutil a un tiempo que atraviesa y es atravesada por las palabras más viejas que libro a libro renuevan el significado de nuestra lengua.

Un diálogo con Goytisolo, autor de La cuarentena (1991), Makbara (1980) y La saga de los Marx (1993), entre otros muchos, no puede transcurrir sin que salte a la mesa la palabra tradición, una tradición que en su universo personal cobra la imagen de un árbol de palabras y de letras, frondoso y espeso, instalado en un bosque mayor, El bosque de las letras (1995), como se titula uno de sus beligerantes libros de ensayos sobre literatura y vida, que en él nunca aparecen disociados. La palabra de Goytisolo transcurre de sus raíces a sus ramas, sobre su relación con los lectores y el horizonte ético de su literatura.

Pues Goytisolo es un novelista que se ha distinguido en el ensayo y la crítica literaria, un erudito de la cultura árabe y de la tradición clásica española, además de dueño de una curiosidad intelectual que lo ha llevado al aprendizaje de otros idiomas, otras culturas y otros medios sociales.

Una de sus peculiaridades más conocidas, el enriquecimiento de su literatura a través de la cultura árabe-musulmana, es sólo la lectura cuidadosa de las obras de sus predecesores: El arcipreste de Hita, La Celestina, El libro del buen amor, Cervantes, Góngora y San Juan de la Cruz, todos ellos autores en los que se encuentra la huella musulmana. La relación constante de su obra con el conocimiento histórico, lo ha alejado del provincianismo y llevado a sentirse “perfectamente extraño” en la sociedad española. Sin embargo, sostiene que él es “el creador, el narrador actual que tiene la relación más intensa con el árbol de la literatura española. He dejado de lado la sociedad y me he consagrado a la literatura española”.

Esta tensión habita su obra desde el primer momento. Juan Goytisolo, exiliado de la España franquista, fue al inicio un escritor mexicano “editorialmente hablando”, pues fue en México donde se publicaron Señas de identidad (1966)  y Don Julián (1970). Esos primeros libros fueron recibidos con escándalo por su erotismo, un erotismo que “desapareció de la literatura española con la salida de los musulmanes de nuestro horizonte”.

Goytisolo no olvida la deuda de la cultura europea con el cercano oriente, e identifica los vestigios de esa herencia en el propio Cristo, en el contacto entre el Islam y el cristianismo a lo largo de la Edad Media, el averroísmo, Dante, Goethe y su diván, la influencia turca en músicos como Mozart y la otomana en los escritos de Voltaire y Montesquieu. Cuando muchos dan por muerta la grandeza de la civilización árabe, Goytisolo ve en contemporáneos como el turco Orham Pamuk o el egipcio Gamal el-Ghitâni a dos vanguardistas que han creado su propia expresión moderna.

Juan Goytisolo considera que la verdad de la ficción es aún más fuerte que la verdad de la realidad. Por eso podemos ver que El cuaderno de Sarajevo (1993) está detrás de El sitio de los sitios (1995). Sin El cuaderno… detrás, le hubiera parecido inmoral trazar una ficción sobre el infierno en que se convirtió Sarajevo. Esta novela forma parte de una aproximación sucesiva a la comprensión del horror de la guerra, de un llamado a la tolerancia.

Pero también es muestra de una concepción literaria que ilumina la obra de Goytisolo: su filiación cervantina, y es precisamente de Cervantes que ha tomado la lección de instalarse en el terreno de la duda, de la interrogación; una sucesión de preguntas que Cervantes “aprendió durante su cautiverio en Argel (…) un gran contacto con la tradición oriental, la tradición de Las mil y una noches, el relato dentro del relato”. Y eso demuestra que “Cervantes era, como yo, un autor mudéjar”.

Esta tradición es la que Goytisolo defiende en su obra, la de “sacudirse la pereza”, crear una apreciación distinta de la mano de los recursos narrativos: “Lo que para mí ha sido una norma en los últimos 40 años es aportar, a la comunidad lingüística y a la cultura a la que pertenezco, un idioma distinto del que he recibido de ella al empezar la creación”.

Goytisolo no padece su condición de excéntrico sino que la sitúa en el centro de su carácter y de su obra, como el propio Cervantes: “Y no se trata de una imitación, se trata de una fecundación: lo que yo llamo los relectores fecundos. Esto, Américo Castro lo vio muy bien cuando hablaba de ‘la vitalidad contagiosa de la obra’”.  Y es de esta vitalidad y rareza cervantina de la que Goytisolo se ha dejado contagiar, pues “cada escritor es una anomalía y pasa a la historia como eso, como algo anómalo”.

(Fragmentos de la entrevista a Juan Goytisolo por Miguel Ángel Quemain, publicada en Voces cruzadas, Resistencia, 2005)

 

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