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Las cartas de Frida Kahlo

110 años de Frida Kahlo
MEXICO-EXPOSICION "EL DOLOR DE FRIDA KAHLO"

Una carta de Frida Kahlo para Diego Rivera fechada el 2 de noviembre de 1940, día de muertos. Foto: Especial.

En la calle Londres 247 hay una casa de color azul. Cuando cruzas el portón verde eres bienvenido a un jardín habitado por un gato negro. Mientras recorres un camino serpenteante de piedra te vas encontrando con fragmentos de cartas de los antiguos habitantes del recinto, Frida Kahlo y Diego Rivera. Los muros del hogar parecen susurrar historias de amor, noches de cervezas frías, cigarros, guitarras y tertulias de política y arte. Sí, en este hogar corrió un río de dolor pero también hay una fuerza que se niega a morir y que clama “viva la vida”. La única forma que tenemos de escucharla es a través de las páginas que dejó su creadora, Frida Kahlo.

Frida Kahlo (Coyoacán, 6 de julio de 1907 – 13 de julio de 1954) fue una escritora prolífica, poseemos más texto escrito de ella que obras visuales. A 110 años de su nacimiento, sus cartas y diarios nos invitan a un mundo gobernado por las principales figuras artísticas y políticas de México y la historia del arte durante el siglo XX. Leerla permite explorar desde una posición personal la posición que tenía sobre su cuerpo, el arte, sus afectos y su pulsión creativa. Sobresale, entre sus múltiples narrativas, una que por su cercanía a todo aquel que ha amado, le han roto el espíritu y se ha vuelto a parar se le antoja universal: la lucha por mantener la esperanza, encontrando en el amor su principal motor.

Difícilmente se puede pensar en Frida sin Diego. Muchos describieron su amor como la relación entre un elefante y una paloma: ella tan frágil y delgada, él tan grande y fuerte. Frida conoció a Diego mientras ella estudiaba en la Escuela Nacional Preparatoria y él pintaba un mural. La joven supo que se casaría con el muralista desde el primer momento, pero su amor surgió cuando le llevó al maestro su trabajo para que le diera su opinión. Es aquí donde las cartas comienzan a ser nuestras guías en el mundo de la mujer del hombre con ojos de sapo:

Mi amor, hoy me acordé de ti, aunque no lo mereces tengo que reconocer que te amo. Cómo olvidar aquel día cuando te pregunté sobre mis cuadros por vez primera. Yo chiquilla tonta, tu gran señor con mirada lujuriosa, me diste la respuesta aquella, para mi satisfacción por verme feliz, sin conocerme siquiera me animaste a seguir adelante. Mi Diego del alma recuerda que siempre te amaré, aunque no estés a mi lado.

El idilio entre los dos pintores duró 27 años, en ese lapso probaron las frutas más dulces. Escribe Frida:

En la sombra y en la luz; tú te llamarás auxocromo, el que capta el color. Yo cromóforo, la que da el color. Tú eres todas las combinaciones de números. La vida. Mi deseo es entender la línea, la forma, el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz.

Pero también fueron años de sufrimiento insoportable y abandono de parte del pintor. La escritora española Rosa Montero describió así los disturbios de su amor: “para ella (él) es un mito, el ogro bueno y malo de la infancia, el principio mismo de la vida. Y aunque es cierto que Diego la atormentó psíquicamente y la abandonó en momentos de gran necesidad, también es cierto que en otros momentos fue una gran ayuda para Frida y que nunca llegó a abandonarla por completo.” Como muestra de su turbulenta relación tenemos esta carta escrita por Kahlo antes de que le amputaran una pierna:

No pretendo causarte lástima, a ti ni a nadie, tampoco quiero que te sientas culpable de nada, te escribo para decirte que te libero de mí, vamos, te “amputo” de mí, sé feliz y no me busques jamás. No quiero volver a saber de ti ni que tú sepas de mí, si de algo quiero tener el gusto antes de morir es de no volver a ver tu horrible y bastarda cara de malnacido rondar por mi jardín.

arbol de la esperanza

Fragmento de “Árbol de la esperanza” (1946) de Frida Kahlo. Colección de Daniel Filipacchi
París, Francia.

El amor en el universo de la Casa Azul nunca fue cosa de dos. Postales selladas con labios color carmesí, fotografías con dedicatorias, fragmentos de coloridos diarios nos llevan a sentir que el fuego que ardía en la mujer que decoró la portada de Vogue no se apagó nunca. Si de algo son evidencia las cartas de Kahlo es que la pulsión del amor es todo para el arte. Te escribiré horas y horas, aprenderé historias para contarte, inventaré nuevas palabras para decirte en todas: te quiero como a nadie, escribió  para Josep Bartolí, un republicano español con quien mantuvo un romance que inspiró el doble autorretrato Árbol de la Esperanza: “Por ti he vuelto a pintar, a vivir, a soñar. Eres mi árbol de la esperanza”. Mientras que al fotógrafo Nickolas Muray le escribiría: Mi niño, realmente no puedo quejarme de nada en la vida mientras tú me ames y yo a ti. Es tan real y hermoso que me hace olvidar todo los dolores y los problemas, incluso me hace olvidar la distancia. Mucho se dice de la bisexualidad de la pintora, insinuando una relación con Chavela Vargas quien dijo al periódico La Jornada: “¡Agarré el cielo con las manos, con cada palabra, cada mañana!”

Dos almas afines que se cruzan nunca se desconectan, mucho menos cuando es la sensibilidad la que las hace vibrar. Cuando Kahlo tenía 26 años intercambió cartas con la pintora americana Georgia O’Keeffe, entonces de 46 años, quien pasaba por un momento de inestabilidad emocional. Es un ejercicio interesante ponerse en la piel de la mexicana, quien acababa de sufrir un aborto y la muerte de su madre, y que al enterarse del dolor de su compañera de oficio no dudó en cubrirla de cariño epistolar. Así es que, en 1933, Kahlo le escribe: me gustaría contarte todo lo que me ha sucedido desde la última vez que nos vimos, pero la mayoría de ello es triste y no debes escuchar cosas tristes por ahora.

Cuesta creer que una mujer condenada a pasar largas horas en cama, encontrará fuerza para amar. Empero, sus palabras permiten construir un universo colateral al que se ve reflejado en las pinturas, dibujos y esbozos. Descubrimos así a una Frida cariñosa, vibrante, crítica, transparente. Por supuesto que el dolor es parte de su texto, pero al ser narrativo este nos permite atentar comprender con claridad la lógica que empleaba para resistir y seguir adelante. Al contrario de un lienzo, una carta requiere forzosamente un receptor del cual el artista es consciente y por ende de un código comunicativo que sea común más que personal. Esta cualidad es la que permite al lector adquirir herramientas que puede que le develen un nuevo nivel de comprensión ante el producto artístico. Inclusive cabe la posibilidad de que para algunos las reflexiones de Frida Kahlo sean una obra por sí misma.

El caso de Frida Kahlo incita a reflexionar sobre el valor analítico del nexo entre obra y biografía. Pero más allá de esto, la emoción que emana de sus cartas grita a todo aquel que desee escuchar que las palabras también pueden crear imágenes. Puede que la pluma de Kahlo descanse junto a su pincel condenadas a nunca volver a ser animadas por su mano. Mas su verbo sigue habitando en el espíritu de la modernidad, lo encontramos en la obra de la poetisa y música Patti Smith y en la música de la banda británica Coldplay. La vemos convertida en un fenómeno identitario en México y fuera como un icono del feminismo. Continúa siendo polémica, inclasificable e invitando a que se le considere un texto al que es posible responder a su vez con otro. Pero sobretodo, sigue planteando herramientas de resistencia ante situaciones que parecen inalterables.

Myhrra Duarte - Comunicóloga especializada en cultura.

 

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