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Los otros amores de Héctor Manjarrez

Fragmento de “Summertime” (1943) de Edward Hopper.

La biblioteca de Héctor Manjarrez en Ediciones Era se ha enriquecido en los últimos años con títulos como París desaparece (2015) o Los niños están locos (2017). Recientemente apareció la segunda edición de El otro amor de su vida (1998), una de las pocas comedias amorosas mexicanas que se pueden incluir entre las grandes novelas del siglo pasado.

En los libros de Manjarrez las mujeres siempre han sido libres. Pero Conchita Retama, la protagonista de El otro amor de su vida, todavía está presa de las expectativas que la familia y la sociedad pone sobre las mujeres, esas mismas cargas que en otros de sus libros serán menos opresivas, como en los cuentos de Anoche dormí en la montaña (2012) y la ya mencionada París desaparece.

Durante una noche de copas, Salvador se encuentra con Conchita, una de las amigas de su juventud que aparece despampanante durante una velada bohemia en la Ciudad de México a finales del siglo XX. Los dos se besan pero ella desaparece a la medianoche y sin aclarar si quería una noche de amor o solo estaba jugando con un hombre y sus recuerdos. El tipo, conducido por su enamoramiento y el instinto, la sigue a su casa, donde vive con su esposo quien sorprendentemente no sufre un ataque de celos, sino que los deja solos en la residencia. A partir de ahí desfilarán por la casa de Concha todo tipo de personajes fársicos, como su mejor amiga, Concha Senior; su madre, otro novio de la juventud y hasta un chelista polaco que va rumbo a un concierto.

¿Por qué todos se sienten autorizados para intervenir y opinar sobre la vida de Concha? Ese es el nudo gordiano de una novela que desde la portada –ilustrada por una pintura de Edward Hopper, Summertime (1943)- plantea una ruta hacia el verdadero amor que necesita una mujer en su vida.

El otro amor de su vida y Los niños están locos, además de un texto publicado en la revista Crítica, “Algunas normas para los cuentos de hadas”, aparecieron de manera consecutiva en menos de un año y entre esos textos y la reedición de otras obras de Héctor Manjarrez, se puede hacer una retrospectiva sobre algunos temas. En esta conversación a la entrada de la primavera, Manjarrez habla sobre algunas de sus pasiones, que son también misterios: los niños, los cuentos de hadas, las mujeres y el teatro.

Aunque no es el personaje más importante de la novela, todo lo que desencadena los acontecimientos de El otro amor de su vida es el impulso de Salvador para seguir a Conchita a su casa, es el deseo y la ilusión. ¿Consideras que estas dos fuerzas están presentes en todas las edades?

—Yo no sé cuándo pierde uno la inocencia. Cuando uno es niño la pierde al ver el maltrato de los adultos y de los mayorcitos. Pero la inocencia en el sentido bíblico no sé cuándo la pierde uno, quizás en la pubertad, cuando conoce el deseo. Yo iba a un deportivo todos los días de la semana, entonces después te ibas a bañar y veías a hombres y adolescentes desnudos y empiezas a verlo de otra manera, así como las conversaciones entre hombres. Cuando empiezas a tener erecciones y no sabes qué son, una experiencia que se cuenta en Los niños están locos, que no se sabe si es bueno o es malo; yo no soy católico, era juarista de educación, pero la noción de pecado estaba en el aire todo el tiempo. La inocencia es inseparable de la ignorancia, por eso en inglés le llaman carnal knowledge al acto sexual.

Uno de los personajes más llamativos de El otro amor de su vida es el chelista polaco Tadeusz que aparece, de una manera algo aleatoria, en la calle frente a la casa de Conchita. ¿De dónde salió la inspiración para este personaje?

—Decidí que mi amigo Ludwik Margules merecía aparecer como chelista en una novela, un polaco católico que habla horrores del papa Juan Pablo II.

Ahora decías que te sumergías en los personajes, como si hicieras una inmersión

—Voy a usar un símil espantoso, es como cuando los sacerdotes aztecas se metían en el pellejo de sus sacrificados, es como meterte en el pellejo de tus personajes y decir “yo sé lo que yo haría, ¿pero qué harías tú?, ¿harías lo que yo?, explícame, déjame sentirlo”. Pero más allá de eso mis hombrecillos no me dan instrucciones, como sí lo hacía la mamá de Woody Allen.

Hay en tus libros una afinidad muy fuerte con el teatro, la manera en la que entran y salen los personajes, especialmente en París desaparece, Yo te conozco y esta novela, El otro amor de su vida. ¿Qué influencia ha tenido el teatro en tu obra?

—Cuando yo llegué a Inglaterra en 1965 hice una inmersión en el teatro. Había ido al teatro en París, cosas de Beckett, los monstruos del teatro en el Orion. Pero es que Inglaterra, sobre todo Londres, es teatro. Los niños hacen pantomimas desde chicos, nadie habla de teatro porque en Inglaterra nunca se habla de lo que importa, siempre se habla de tonterías, pero lo sientes.

En cuanto tuve unos ingresos me metí a la Royal Shakespeare Company como miembro, a fin de conseguir boletos con descuento antes que el público normal y en esa época estaba Trevor Nunn, Peter Brook, y hacían vanguardia: Harold Pinter, Shakespeare, Shakespeare y Marlowe. Escribí teatro y vi que de repente llegaba Emilio Carballido y Miguel Sabido, iba con ellos al teatro y siempre tuve esa pasión por el teatro. Cuando vine a México ya no pensaba en escribir teatro, pero tenía amigos en el teatro, uno de ellos era Margules, que me invitaba a los estrenos de sus obras, aunque a mí no me gustaban los estrenos; no iba sino hasta días después y ya le escribía una carta muy larga.

Fue Rita Macedo, en Londres también, quien me desvió de escribir teatro, un día le di a leer una de mis obras y a la semana ella tocó mi puerta, pasamos a mi comedor y aventó la obra sobre la mesa, me dijo que cómo podía escribir algo tan malo, que la obra era infecta, que no tenía oído. Dejé de escribirlo, pero no sólo por eso, sino porque no me sentía cómodo, aunque algunas de mis primeras publicaciones eran sobre teatro. En México, efectivamente, iba a los estrenos de Gurrola, de Margules, de Martha Verduzco, pero no escribía ya teatro. Quizá de ahí sale ese amor por el teatro en estos libros.

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El escritor Héctor Manjarrez. Foto: Correo del Libro.

Hay varias concordancias entre Los niños están locos y “Algunas normas para los cuentos de hadas”. ¿Los escribiste simultáneamente?

—Sí. Pero los cuentos fueron escritos durante muchos años, el más antiguo debe tener unos 30 años. De los que se han publicado, por ejemplo, “El arquero y lo que le sucedió”, salió en una versión un poco diferente hace muchos años en lo que entonces se llamaba la revista Milenio y que dirigían Fernando Fernández, Eduardo Vázquez Martín y Ricardo Cayuela, y el primer número fue sobre la Ciudad de México.

Pero en todo caso hubo un momento en el cual, como quedó consignado en nuestra conversación anterioren la que yo estaba pensando en los niños y cómo escribir sobre los niños, me sucedió en Anoche dormí en la montaña, donde todas las protagonistas son mujeres y los hombres son secundarios. Había pensado en hacer lo mismo con los niños y estando en eso, en algún momento tuve la necesidad de leer cuentos de hadas y me puse a leer cuentos y cuentos y cuentos de hadas. Y para ayudarme a saber qué eran los cuentos de hadas, al menos en su artificio o en su mecánica secreta, empecé a apuntarlos: seguía leyendo libros escandinavos, escoceses, irlandeses, ingleses, alemanes, italianos, franceses y haciéndome preguntas: ¿qué tantas veces sucede esto?, ¿de qué tamaño son?, ¿cómo son los malos?, ¿cómo son las mujeres? De ahí salió una primera versión para un artículo.

—¿Varios de estos cuentos fueron pensados como cuentos de hadas?

—Justamente “El arquero y lo que le sucedió”, que es la segunda versión modificada. El Hada Madrina es la actriz Rosita Quintana y el Presidente es Adolfo López Mateos; estos personajes vienen directamente de mi lectura de los cuentos de hadas.

Este cuento me recuerda, más que el tema, la atmósfera de El otro amor de su vida, que es teatro de vodevil, todo es absurdo o chistoso. En una de las normas de los cuentos de hadas encontraste que los hombres son malvados a un nivel general, no contra alguien; y las mujeres, cuando son malas o buenas, lo son de manera pasional. ¿Qué opinas de esta noción de que en la literatura se representa a las mujeres como seres malvados o benéficos a nivel individual?

—Así es como la cultura ve y hace las cosas. Yo no creo que las mujeres sean más pasionales que los hombres, es la cultura la que nos hace verlas así. Siempre he evitado cargar a mis personajes mujeres de esas expectativas. Desde que yo recuerdo, es una de las reglas internas que tengo.

Esto me da una clave más sobre estos libros; en El otro amor de su vida son adultos e intelectuales con un lenguaje muy diverso y ricos; mientras que en Los niños están locos se trata de personajes con un lenguaje más directo. ¿Qué es más difícil: escribir adultos o escribir niños?

—No lo sé. Es difícil escribir ambos, hasta que no encuentras de repente algo que te abre el cuento ante tus ojos o el capítulo de una novela. En el momento en que tú como escritor entras en el niño o en el adulto, ya eres él y te sigues. A lo mejor eso te dura tres párrafos y vuelves a encontrarte con la pared y tienes que buscar qué hace ese niño o ese adulto, porque ya no lo sabes.

Stevenson tiene un texto muy extraño sobre los sueños; por supuesto, él es prefreudiano y además es escocés. Y él dice que unos hombrecillos, o duendecillos, le dictan en sueños ciertas escenas de sus libros. Así nos enteramos de que Dr. Jekyll y Mr. Hyde y Olalla fueron producidos por los duendecillos. A veces uno piensa que Stevenson es tonto, es un gran narrador o un escritor, pero prefiere ser un tonto a preguntarse realmente por las cosas; y dice que cuando tenía apremios económicos y el carnicero ya tocaba en la puerta de atrás con la cuenta y el banquero ya no daba crédito, aparecen ellos para sacarlo de “problemas mercantiles”, algo muy lejos de la inspiración romántica.

Creo que tiene mucho que ver con la mentalidad escocesa que es tacaña y protestante, que considera que si trabajas y tienes dinero está bienhabido, y que haces el trabajo de Dios. Estoy seguro de que Guy de Maupassant pensaba lo mismo porque vivía de lo que escribía, pero Maupassant era un tipo sin dinero, aunque tenía apellido aristocrático, pero nunca se le ocurriría decir que sus duendecillos son mercantiles. Después de leer esto de Stevenson, sé que a mí los sueños también me sacan de aprietos.

Olmo Balam – Editor de Correo del Libro.

 

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