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Los primeros 100 años de Leonora Carrington

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“Pastoral (Angel Hunters)” de Leonora Carrington, 1950. Foto: Sothebys.

Tal vez los artistas auténticos sean aquellos que hacen que algo ocurra en el mundo cuando crean. Delante de lo que ha sido creado, la sensación nacida  en el espectador tiene dimensiones imprecisas. De entrada, el espectador se da cuenta de que ahora él mismo siente de manera extraordinaria; y en el caso de las pinturas la sensación naciente corresponde a nuevos mundos, nuevos horizontes, en los que naturalmente uno tendría que alojarse a partir de su registro. Los surrealistas cayeron en cuenta de esto y desplegaron un pasmoso poderío imaginativo: se dedicaron a inventar realidades donde los demás morarían siempre y siempre de manera distinta, renovada. Por su parte, al espectador mexicano esta novedosa rueda de la fortuna lo inquieta de manera peculiar. Le sirve de abanico infinito de espejos.

Para los mexicanos el mejor de los mundos posibles es surrealista: sólo en él puede hallarse (en el sentido de estar y en el sentido también de dar consigo mismo), vivir la vida que le toca, entender y no entenderlo todo y nada, jugarse la suerte que viene y va como en una ruleta rusa con balas de salva. Entre los mexicanos quiso el mundo y quiso ella misma, le tocó vivir a la escritora y pintora inglesa surrealista Leonora Carrington, una mujer prodigiosa por su fuerza inventiva, por el peso de su inteligencia, por su disposición a abarcar y guardar y atesorar lo que este mundo mexicano pudo darle para que lo incorporara de una manera personalísima a lo que había recogido en su primera, formativa experiencia europea.

Nacida en Lancashire en 1917, la inglesa Leonora Carrington estudió muy joven Arte en Londres. No tardó tampoco en conocer al artista alemán Max Ernst, con quien mantendría una relación que sería esencial en su trayectoria. Con Ernst se estableció en París y entró en el mundo surrealista, aquel que capitaneaba André Breton.

En el primer lustro de los años 40 los sueños surrealistas tuvieron que mudar sus redes y paisajes originales a causa de la Gran Guerra. En esos trajines, Leonora pudo abandonar el continente gracias al matrimonio que contrae con el periodista y poeta mexicano, en andanzas europeas entonces, Renato Leduc. Con Leduc vino a México y se dispuso a vivir una rica extranjería. No tardó en ingresar en el México surreal, en el de la atmósfera en que se confunden flora y fauna en colores de agua y fuego. Su pintura, y también su espléndida escultura (por ejemplo un Cocodrilo suyo reposa bellamente en una de las calles citadinas), guarda fidelidad plena al surrealismo, juega un juego de espejos con la de Remedios Varo (otra extranjera mexicana): personajes de figuras y rostros alargados, cuerpos que son ojos, ojos que a menudo están cubiertos por telas que se integran al paisaje, culebras, perros, ovejas, aves, soles que estallan junto a árboles secos. Todo puesto en un colorido insólito, que va de lo tenue a una intensidad líquida y ardiente.

La imaginación de Leonora Carrington se alía además, y fundamentalmente, con una rara destreza técnica, la que propicia una caligrafía fina y abigarrada, directa y laberíntica. Aquí en México halló la tierra de su casa la gran artista inglesa. Curiosamente habitó una casona de la muy anglófila colonia Roma en la Ciudad de México, en las calles de Chihuahua. Discreta pero sin cesar alerta, Leonora construyó con hilos finos la apacible trama de sus mundos. Y México la quiso siempre, siempre la querrá.

Juan José Reyes – Escritor, ensayista y editor.

 

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