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“Mi signo es de agua”: Juan Vicente Melo

A 85 años de su nacimiento
vicente melo vera

Foto: Universidad Veracruzana

“Nací en Veracruz, ciudad abierta al mar. Mi signo es de agua”. Veracruz, mar y agua son las tres palabras primordiales con las que refiere su origen y carácter Juan Vicente Melo Ripoll (1 de marzo de 1932 – 9 de febrero de 1996), doctor en medicina por la UNAM, especialista en dermatología en la Universidad de San Luis en París, estudiante de piano y de literatura en la Sorbona. Fue director de la Casa de Lago y redactor de la Revista de la Universidad, partícipe de la llamada generación de la Revista Mexicana de Literatura, donde encontró sus afectos definitivos. Es uno de los escritores mexicanos más queridos y, paradójicamente, más olvidados.

Reconoce como su generación a Inés Arredondo, Huberto Batis, Juan García Ponce, Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, Gabriel Zaid y a Jorge Ibargüengoitia. A Salvador Elizondo no, aunque nacieron el mismo año. Su no es definitivo y sin porqué.

Melo fue un bebedor y un fumador de tiempo completo. En sus últimos años se contentó con un refresco mientras aspiraba satisfecho el aire salino y húmedo de su puerto. No le temía al pronóstico de los médicos, “lo único seguro es la muerte”. Sin embargo, el cáncer lo debilitó. Las radiaciones lo menguaron. Cuando llegó a los 39 kilos, su apariencia frágil, su cabeza desnuda no le restaron entusiasmo y agradecía estar vivo. Era un hombre agudo, irónico, con un enorme sentido del humor.

La rueca de Onfalia es una novela de reconciliación con la vida, con el amor, con la muerte. Lo mantuvo vivo hasta concluirla. “Pocas cosas tan vitales como la creación, como la literatura”, decía. Con el apoyo de una beca que le otorgó el FONCA y el apoyo generoso y solidario del crítico Alberto Paredes logró concluir La rueca… y un libro de cuentos tituló Al aire libre, dedicado a la memoria de Inés Arredondo. Escribió contra el tiempo y el cansancio.

Melo es autor de La noche alucinada (cuentos, 1956), Los muros enemigos (cuentos, 1962), Fin de semana (cuentos, 1964), Festín de la araña (relato largo, 1966), Juan Vicente Melo (autobiografía, 1966), La obediencia nocturna (novela, 1969) y El agua cae en otra fuente (cuentos, 1985).

Como crítico de música colaboró a principios de los años sesenta en México en la cultura, bajo la dirección de Fernando Benítez y posteriormente en La cultura en México, dirigido por Carlos Monsiváis. Alberto Paredes reunió esos materiales y el Fondo de Cultura Económica los publicó bajo el título de Notas sin música, que prologó el compositor y crítico Eduardo Soto Millán.

El escritor y crítico Evodio Escalante ha subrayado que La obediencia nocturna es una gran novela, aporte fundamental a la literatura de los sesenta y principios de los setenta. Luis Arturo Ramos, alumno, “amigo y maestro también”, autor de un exhaustivo ensayo sobre la obra de Melo (Melomanías, publicado por la UNAM) ha indicado que “vista en su conjunto, la obra de Melo registra la urdimbre de sus obsesiones y confirma la vocación de una prosa puesta al servicio de una sensibilidad desmesurada, que pretende dar cuenta de sí misma mediante una estructura sintáctica y de asombrosa arquitectura musical”.

A Melo se le ha leído poco; a poco más de 20 años de la primera edición de su novela La obediencia nocturna se le empieza a descubrir. “Se le ha tenido miedo a mi obra”, decía. Muchos críticos lo etiquetaron como un escritor maldito, del pesimismo y el mal. Melo renuncia a eso: “Bueno, yo diría más bien hermético, más que maldito, ¡ojalá lo fuera! Me quedo con Mefistófeles en lugar de Fausto”.

—Le han preguntado si es un escritor maldito y ha respondido que es un escritor hermético, que a eso es a lo que puede aspirar, ¿cuál sería la diferencia?

—Un escritor hermético es al que no se le entiende nada. Ahora, francamente, sí aspiro a ser un escritor maldito y no ser un escritor hermético. Un escritor hermético es una tía mía, hermana de mi padre, que se llama María Luisa Melo de Remes, esa sí es una escritora hermética. Y si no se le entiende, es porque es mala escritora. Yo aspiro a ser un buen escritor y que se me entienda precisamente por ser maldito y no por ser hermético. Muchas veces me han preguntado si hay una tentación mefistofélica hacia el mal. No es Mefistófeles, realmente el que triunfa va a ser Fausto, pero claro, a lo largo del tiempo. Para llegar al cielo se necesita conducción, estar aquí, vivo y en la patria terrenal.

—Respecto al “pecado” y la “culpa”, temas tratados en su novela La obediencia nocturna, la noción de maldad podría incluir dos palabras en apariencia hermanadas: pecado y culpa. ¿Hay una distinción entre ellas?

—La culpa se conoce fundamentalmente porque los otros te señalan como culpable, lo seas o no. La culpa se conoce y asume porque tú la inventas, seas culpable o no. La culpa, propia o ajena, también te la inventas, seas culpable o no. La culpa la tiene uno sin haber cometido el pecado, o sin haberse enterado de que lo cometió. Sin embargo, el pecado no es una noción aprendida sino una cosa que sea trae en la sangre y que circula en las venas. Pecar es respirar. No faltará quien te diga: eres culpable por haber escrito esa novela, pero jamás te dirán que pecaste al escribirla, por eso entre la culpa y el pecado, me quedó con el pecado porque es, entre otras cosas, más bonito y más fascinante, más mortal.

—¿Cómo se absuelve el hombre del pecado?, ¿la literatura es una vía?

—Yo creo que el proceso sería una lucha personal, una lucha que uno debe forzosamente entablar con las armas que uno tenga al alcance, o que se las invente o que se las den, uno va a elegir a los autores que lo van a conducir por la literatura. (…) Me he inclinado más a la noción del mal presente. Una novela que me parece extraordinaria y que no me cansaré de repetirlo a la menor provocación es Cumbres borrascosas, es una novela llena de pecado, de culpa y de maldad de principio a fin. A uno le toca interpretar eso y tiene que dar las armas con qué contarlo, con qué combatirlo, con qué asumirlo, con qué aceptarlo. No desprecio la literatura alemana ni esa noción del mal, pero simplemente a mí no se me dio eso. Tal vez por vocación y por temperamento y por inexperiencia, espero algún día, a lo mejor mañana, poder aprender a leer y a asumir la culpa de otra manera.

Miguel Ángel Quemain – Escritor y periodista. (Texto publicado origintalmente en Reverso de la palabra, Ed. El Nacional, 1996).

 

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