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Miguel Tapia: ‘El río errante’

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Miguel Tapia en las instalaciones de Editorial ERA, enero de 2018. Foto: Correo del Libro.

Miguel Tapia (Culiacán, 1972) ha navegado por varias afluentes: la de la música, la traducción, el periodismo, la narrativa, incluso la ingeniería en sus años de formación. En su prolífica vida como lector y docente, el espacio de la escritura se ha reservado para historias que han germinado poco a poco, al punto que sólo ha publicado dos libros.

En su libro inicial, Señor de señores y Los caimanes, reúne sus primeros cuentos —cuando todavía firmaba como su segundo apellido, Alcaraz—, y destaca por la variedad de sus temas y tonos, que van desde lo alegórico hasta el realismo. Por ejemplo, cuando hace una parodia del texto bíblico y el narco-corrido –perturbadoramente parecidos- en “Señor de señores” (que puede leerse aquí) y también en “Al pueblo llegó un fulano”, relato en el que una canción norteña sobre triángulos amorosos, póker y balas toma cuerpo en la vida real; o un cuento de tintes cortazarianos como lo es “El escalón perdido”. Hay otros dos relatos que merecen especial atención: “Los caimanes” y “Un tipo con suerte”, pues ambos cuentan la historia de amistades que se acaban por una mujer, un tema al que volvería años después bajo la forma de la novela.

En Los ríos errantes, desembocadura de esos afluentes narrativos y biográficos, nos asomamos a la parte más íntima del universo creativo de Miguel Tapia. Y eso implica también un vistazo al mundo coloquial y cotidiano de su natal Culiacán, o al menos de un pueblo que le sirve para meditar y relatar sobre el tema del regreso y la huida. Dos grandes temas de esta época y sobre todo en la región del norte, en la que cada vez más estos dos movimientos son casi uno mismo. De ahí que la imagen de Los ríos errantes no sea otra que la de un río como los hay muchos en las ciudades mexicanas: desecado, lleno de piedras más que de agua, como una extensión de la urbe y sus texturas.

A principios de 2018, Miguel Tapia volvió a México después de muchos años, así al igual que Tona, como si completara –sólo en parte- el trayecto de ida y vuelta del protagonista de Los ríos errantes. En entrevista, nos cuenta sobre los grandes temas de su vida que no sólo por coincidencia, son los temas de su primera novela, Los ríos errantes, novela que cuenta la historia de Tona, un muchacho que se ve forzado a huir, tanto por presiones emocionales como por la violencia del pueblo, un chico normal que siente que todo es obra de la predestinación pero, a la vez, que mejor habría sido tener un mapa para al menos encontrar dónde se perdió uno.

Uno de los temas más recurrentes de Los ríos errantes es dejar el hogar, el origen. En una parte, uno de los personajes dice que “quien se va de su propia tierra es porque no se aguanta a sí mismo, no sabe qué hacer con su propio trasero y si no, miren a los que regresan”. ¿Ese periplo ha sido similar al de tu vida?

—Sí, excepto que yo no he vuelto todavía a mi ciudad, excepto cuando vengo de visita. Nunca he hecho el intento de regresar para quedarme, pero he visto a lo largo del tiempo muchos casos de compañeros, amigos y familiares que han hecho ese intento de salir por razones muy diversas, y me queda esa impresión de que hay una especie de impulso de irse del origen. Lo que yo quería mostrar en la novela son dos movimientos: el que lleva a la gente hacia el exterior, y otro que lo lleva hacia el interior, pero a un interior más reconcentrado, más volcado sobre una tradición muy arraigada, sobre cierto regionalismo que está presente todavía en el estado de Sinaloa, no sólo en la capital, Culiacán. Son dos movimientos muy marcados y quería ponerlos en contraste con este personaje que está en medio de ambos movimientos.

La metáfora de la novela es un río, pero es un río sucio, como muchos que hay en México, hecho de basura y piedras. ¿Cómo fue trabajar con esa metáfora?

—Por momentos resultó difícil pero también fue una tabla de salvación porque era una imagen que estaba muy presente en todo momento, tanto en la narración como por mi propia concepción acerca de la ciudad. En Culiacán decimos que hay tres ríos, que en realidad son dos que se unen para formar un tercero y eso sucede en el centro de la ciudad. No podía hacer a un lado esta idea sin forzar mi propia idea de lo que es la región. Fue una tabla de salvación porque me ayudaba a ritmar el texto y a darle una cadencia. Me ayudó a pensarlo más que como una historia con un inicio y un fin, que va de causa a efecto, a pensarlo como un río que fluye de manera accidentada hacia un final, que en el caso del río es el mar, pero en la novela queda a la distancia. Me interesaba imitar ese flujo, más que el trayecto de inicio a fin.

Hay tres temas muy clásicos de la literatura en la novela: el viaje, el río y la ciudad. En este caso la ciudad es una provincia. ¿Cómo adaptar estas imágenes a Sinaloa o a la región que has mencionado?

—Todo el esfuerzo se centró en captar y concentrar estas imágenes que giraban para mí en torno a la región y la ciudad. Lo que sí tenía claro es que quería aprovechar estos elementos para narrar a un personaje sencillo, en una ciudad promedio de la provincia y tratar de aprovechar esa, por así decirlo, invisibilidad del personaje para que tuviera una voz común. Por eso en el texto aparecen muchos textos en cursiva que son la voz de los otros personajes y a veces es la voz de nadie, para identificar al personaje con esa voz comunitaria. Tona tiene una forma de hablar y de referencias que lo hacen un personaje no muy enterado de la situación, promedio, sin una gran educación o un bagaje de lecturas.

Ahora que lo mencionas, Tona se siente frecuentemente como un tonto, como si todos supieran lo que pasa alrededor excepto él…

—Así es, no es un narrador omnisciente. Comienza con la premisa de ir descubriendo lo que sucede junto al personaje y llevar al lector a través de sus propias equivocaciones. El lector sólo es desengañado cuando desengañan al personaje. Me interesa ese tipo de narración que no propone una versión definitiva de los hechos, que respeta un poco el sentido natural de nuestras vidas que es accidentado y caótico, y sólo toma sentido cuando uno mira hacia atrás y trata de reconstruir el camino.

—Los ríos errantes es tu primera novela. ¿El impulso de reconstrucción de la memoria y del caos fue lo que te llevó a escribir una novela en vez de una serie de cuentos, que son más ordenados o sintéticos?

—Lo que sí descubrí fue que en mi trabajo personal como narrador la escritura de la novela trataba de responder a una pregunta: qué es una historia y qué es contar una historia. Todo esto lo puedo ver ahora, por la experiencia vital de escribir, y como un proyecto entero.

Algo que sucede al leer los cuentos de Señor de señores y Los caimanes en el contexto de la novela es que hay una dimensión fantástica o estilística donde se ve una narrativa más concentrada, mientras que aquí existe un tono más naturalista…

—En el cuento no es necesario narrar tanto, a veces basta con sugerir, hacer referencia a otras historias y a otras ideas para lograr un significado. En el caso de la novela, debe construir más su propio universo para funcionar plenamente, no quiere decir eso que tenga que ser menos fantástica o mitológica. Pero esta historia necesitaba de este tipo de prosa. Me sigue gustando la capacidad del cuento de concentrar en una sola escena diversas interpretaciones apoyándose en otras historias, por el efecto parabólico de hacer referencia a otros personajes e historias, ya sea implícita o explícitamente.

¿Llamarías a Los ríos errantes una novela de formación?

—Es novela de formación para el personaje y para mí mismo como narrador. Es una novela de juventud, y creo que necesitaba escribirla porque es un periodo en el que la curiosidad y la energía tienen un poder definitivo. Había cosas que tenía muy claras desde el inicio: la forma de hablar de Tona, su carácter, su edad y su entorno, todo lo demás fue surgiendo, poco a poco, de manera bastante natural.

¿Qué implica ser joven con el trasfondo de la guerra contra el narco?

—En el fondo, creo que la violencia que se vivía en la época en la que está la novela era ya la misma, pero con otro nivel de visibilidad, tanto a nivel regional como nacional. La novela era una forma de explicarme cómo las cosas han llegado hasta este punto. Y también una manera de escapar de la retórica de nuestra novelística, de centrarse en la violencia física y los enfrentamientos armados de las series narcopoliciacas que tanto gustan en el periodismo, pero que en la narrativa no me parecen tan necesarios ni tan provechosos, pues tienden a convertirse en algo folclórico. El verdadero cuestionamiento va más allá de eso, va más sobre lo que está sucediendo a nivel de nuestra propia cotidianidad, hasta formar parte de nuestras vidas, como si fuera tan natural como lavarse los dientes o irse a trabajar.

¿Cómo definirías la literatura de la región del norte o de esa zona lingüística?

—Yo preferiría no definirla. Es evidente que hay una literatura del norte, como es obvio que existen escritores nacidos en esa región y que escriben, pero no estoy seguro de que haya elementos para definirlos como un movimiento; hay literaturas locales y más que nada personales que se entrecruzan. A mí en lo personal no me interesa preocuparme por ese tipo de cosas, sino leer la producción de esos escritores tanto del norte como del centro. Muchas de estas problemáticas ya no son exclusivas del norte; lo que sucede en la frontera del sur no es tan distinto a lo que ocurre en la frontera norte. Se está generalizando mucho sobre la violencia, ya no sólo identificada con el narcotráfico sino también con otras actividades. Es una dinámica que se está instalando en todo el país y debemos pensar más allá de quiénes son los líderes, quién desplazó a quién, las preguntas que están detrás de esto son más inquietantes y nos conciernen a todos.

Olmo Balam – Editor de Correo del Libro

 

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