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Muchas formas de decirlo y una sola de escribirlo: Marx, 200 años

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La República está perdida

Cicerón

I

Deteriorado por la muerte de su esposa, Jenny von Westphalen, Carlos Marx la sobrevivió aproximadamente unos 15 meses más. A inicios de 1883, la muerte de su hija, Jenny Longuet, agudizó su delicado estado de salud. En febrero del mismo año, una infección en la garganta lo privó del habla y casi por completo de la comida; su delgadez aumentaba diariamente. En su correspondencia con Engels —según el biógrafo Franz Mehring en Karl Marx, historia de su vida— Marx estaba en un estado de abatimiento. La suerte estaba echada. Había llegado el momento en que la palabra escrita comenzase a expresar lo que él había pensado. Murió el 14 de marzo de 1883, durmiente y sin dolores, sentado en su sillón. Al tercer día fue enterrado; Engels fue el único orador frente a su tumba. Al filo del último renglón de su discurso se encierra una breve y sustanciosa verdad: “Su nombre vivirá a lo largo de los siglos, y con su nombre, su obra”.

Hay una larga historia sobre Marx, sobre su vida, sus escritos, sus acciones y sus repercusiones. Las noticias, que durante este año han recordado el bicentenario del alemán, recogen que nació el 5 de mayo 1818 en Tréveris, Alemania, en el seno de una familia judía. Se matriculó en el estudio del Derecho. De estudiante leyó poesía alemana: Goethe, Schiller y sobre todo a Heine. Junto con Hegel, Feuerbach, Bauer, Stirner, Kant, Fichte y  Schelling, el joven Marx perteneció a eso que Rüdiger Safranski llamó los “años salvajes de la filosofía”. Difícilmente se puede encontrar en la historia un periodo en el que se confió tanto en el pensamiento filosófico. El pensamiento de Marx brindó la brújula del cambio a partir de una teoría económica robusta, mientras que —a la par de Nietzsche- cerró el paso a la metafísica y a la moral cristiana.

Entre la labor periodística de la Gaceta Renana (1843), y la publicación del tomo primero del Capital (1868), Marx trabajó en la gestación de los conceptos fundamentales del marxismo. De joven, en las reuniones hegelianas de izquierda, Marx se adentró en las concepciones del Derecho y comprendió la suma de contradicciones que le son inherentes al desarrollo, pero sobre todo adoptó el concepto de la transformación constante como motor de la historia, mismo que no dejará de formar parte de sus meditaciones. En la Gaceta renana, Marx defiende la libertad de prensa, la libertad religiosa (por ejemplo, pregonó el laicismo en el matrimonio) y la educación. Además, en su faceta de periodista investigó cuestiones sociales despojándolas de su visión exclusivamente política, y dotando al ojo teórico de una mirada “sociológica”. La especulación filosófica cedió su espacio al empirismo y con ello sus investigaciones sobre lo “material”.

Para Marx, las condiciones materiales de producción están insertas en las relaciones sociales históricas de explotación. El Marx revolucionario emergió con las Críticas y con el Manifiesto comunista, entre otros escritos. Si la obra primera de Marx está marcada por el entendimiento de los clásicos, el empirismo y el método dialéctico consolidaron y refinaron el pensamiento del Marx maduro al detallar las categorías económico-políticas. La categoría eje sobre la que investigará, entenderá, explicará y analizará las condiciones económicas es el trabajo.

Marx introduciría un lenguaje en la historia del pensamiento económico que sería de uso común, casi por defecto, para sus futuros lectores: modo de producción, mercancía, consumo, fuerza trabajadora, capital, plusvalor, acumulación, explotación, alineación, fetichismo, valor de uso y valor de cambio. La onceava tesis sobre Feuerbach menciona que no se trata de interpretar sino de de transformar el mundo. La investigación no es nada sin una praxis coherente y continua.

Para 1868, Marx ya había cambiado de moradas en varias ocasiones: Francia, Bélgica e Inglaterra. Durante su estancia inglesa, sus pujas fueron la libertad política y cívica y la aspiración a que la clase obrera se liberara del yugo de la clase dominante y explotadora. El Manifiesto comunista, a ojos de Engels, significó un progreso en las ciencias espirituales como lo fue la teoría de la evolución de Darwin para las ciencias duras; para los militantes, y ciertos claustros académicos, el materialismo histórico no sólo significó una teoría de la historia sino, sobre todo, una concepción del mundo.

Marx polariza las clases sociales en el Manifiesto: la clase capitalista explotadora, propietaria de los medios de producción, y la clase trabajadora asalariada que sólo cuenta con su fuerza de trabajo para poder (sobre)vivir. Marx, como estudioso e impulsor de la igualdad social, se define cercano al sentir de los oprimidos, “la historia de todas las sociedades anteriores a la nuestra es la historia de luchas de clases”. La historia es la pugna entre ambas clases sociales, “burguesía y proletariado”. Lo terrible de la situación, sin caer en la descripción de la desgracia de la alineación del obrero, es la concentración del capital en una clase privilegiada y el dominio del poder económico sobre el poder político. Para Marx, “el poder estatal moderno no es otra cosa que un comité que administra los negocios comunes de la clase burguesa”.

Su programa intentaba ofrecer una alternativa al resquebrajamiento del modelo económico político del siglo XIX. El contexto histórico de Marx es el de las monarquías absolutas, de la lucha del proletariado en los países desarrollados, la observación de la Comuna de París de 1871. Marx escribió pensando en la praxis de sus contemporáneos para un día, mediante la inversión de la burguesía por el proletariado, sustituir al capitalismo.

Marx se comprometió no menos con la lucha política que con la investigación científica documental. Su obra más ambiciosa, El Capital, que empezó a escribir con vistas a su impresión en 1865, se publicó tres años después, todo un logro ante la precaria situación económica y familiar que enfrentaba.

En una carta, Engels retrató el trabajo desgastante y desolador que implicó para Marx redactar, aunque sea en fragmentos, sus ideas: “ese maldito libro que has tenido sobre ti tantos años era el principal culpable de todas tus desgracias… esa imposibilidad de terminarlo te agobiaba física, espiritual y financieramente”.

Marx contestó con un ánimo similar. Sin embargo, los 28 años de vida que le restaron no fueron suficientes. En vida, Marx no alcanzó a concluir lo que al final llamaba “el libro”. Engels publicaría de manera póstuma el trabajo restante del Capital, el tomo II en 1885 y el tomo III en 1894. El germen teórico de los años anteriores brotó con dificultades. Su expectativa era describir las “leyes que rigen la economía” del capitalismo: su método explicativo-descriptivo permitió un asomo a las posibilidades prácticas de un mejor mundo para los trabajadores.

 

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II

Peter Sloterdijk escribió una vibrante hipótesis sobre Marx en su libro Temperamentos filosóficos: “La historia puede leerse como una historia de los intérpretes”. El juego de palabras pone el acento en la pregunta de quién es un intérprete. Un lector es un intérprete de lo escrito. Entonces, ¿cuántos y quiénes han leído a Marx?

Así como Homero educó al pueblo heleno, parece que los teóricos y líderes de la lucha obrera, campesina y proletaria fueron educados bajo la tutela de la escuela marxista. Tal vez a su nombre sea lícito añadir el nombre de dos pensadores que crearon un estilo de pensamiento y que desmontaron los edificios de la Modernidad: Nietzsche y Freud.

Marx fue un hombre bien querido por la clase obrera revolucionaria de Alemania, como de Francia, pasando por las de Bruselas y Manchester; incluso estuvo en contacto con Lincoln en Estados Unidos. Para él, la emancipación del proletariado era el paso necesario para un cambio social general.

No obstante, al momento de cerrar definitivamente los ojos, la brújula de millones de obreros se perdió. Su fantasma recorrió el siglo XX: su apellido fue usado para justificar revoluciones injustificables. Su obra leída por ojos iracundos. En la Unión Soviética, los ideólogos primero, los dirigentes después, contaminaron y desgarraron los conceptos marxistas amén de su propia concepción del comunismo. Su nombre fue objeto de disputa y sus ideas se interpretaron como si fueran dogmas.

La Escuela de Frankfurt apeló a una lectura de reivindicaciones. Herbert Marcuse y Max Horkheimer, con talento y creatividad, llamaron al club de lectura con tufillo burgués: “¿lees a Marx?” “Sí”. “Eres bien bienvenido al club del nosotros los que vamos a cambiar el mundo. ¿No lo lees, no lo conoces?, gracias: la revolución implica compromiso”.

Los franceses de la primera mitad del siglo XX, de la mano de Raymond Aron y Jean-Paul Sartre, intentaron hacer escuela entre los jóvenes; para ellos, Marx era la única posibilidad para enfrentar el desarrollo del capitalismo y la fe en el progreso. Se cayó en excesos. La mistificación de la teoría marxista desde la academia, con Louis Althusser a la cabeza (y su famosa obra, Cómo leer El Capital), emitió un pro-bono de argumentos a una creciente población de antimarxistas. No sólo se leyó a Marx desde el revisionismo de las palabras y las ideas implícitas, los teóricos del capitalismo encontraron en su análisis la descripción del desarrollo natural de la economía: un mundo globalizado, mano de obra barata, desigualdad del trabajo, competencias aparentes entre productores, red de crédito para permitir la circulación del capital, explotación del suelo a niveles industriales con incorporación de tecnología y sobre todo, ganancia y acumulación de los medios de producción.

El paso de la historia del siglo XX con un periodo entreguerras, un mundo bipolar, la descolonización y luchas sociales de interés agrario, luchas por las identidades y el reconocimiento de los usos y costumbres de los pueblos volvieron marginales las ideas marxistas. Las reformas al Estado de corte social y la creación de un Estado de derecho y bienestar desplazaron las posturas de una revolución desde abajo. Por otra parte, el liberalismo político, lo mismo que el económico, no cedió sus trincheras ante los estructuralistas franceses que pidieron una reconfiguración económica a partir de la emancipación del sujeto. Los partidos políticos de la Internacional abandonaron sus declaraciones de principios. Los sistema políticos no tenían rentabilidad electoral y mucho menos gobierno lo suficiente vigoroso para enfrentar el avasallamiento del capital. Era claro que el marxismo había perdido militantes y, sobre todo, lectores.

Después de la caída del muro de Berlín y la configuración neoliberal gestada en Chicago, la pregunta sigue latente, ¿quién quiere leer a Marx y sobre todo, quién quiere enseñarlo? La nueva oleada de filósofos, sociólogos, antropólogos, economistas e historiadores claman por la actualidad de Marx: Slavoj Žižek, Jacques Rancière, Ernesto Laclau, Antonio Negri, Thomas Pikkety y Byun-Chul Han piden la palabra. Para ellos la lectura seria y detenida ha mejorado los juicios y desterrado los prejuicios. Incluso pueden modificar el lenguaje para nombrar y complejizar las nuevas relaciones sociales o proponer paradigmas de actualidad. Los sufijos se conocen: Marx post Marx o más allá de Marx es un aliento para pensar la transición del capitalismo hacia un estado social más justo. Negri, por ejemplo, piensa en Más allá de Marx que no es necesario seguir los pasos del filósofo alemán, sino que se puede pensar diferente pero llegar al mismo lugar, la aspiración sigue siendo el comunismo.

Hasta entrado el siglo XXI los teóricos se han percatado que el centro de órbita no es lo que dijo Marx o Marx mismo, sino su pensamiento. Sin culpas morales ni traumas revanchistas, hay que abrir el paso a sus escritos; las reediciones no deben faltar. Todavía hace 30 años los espectros de Marx, como dio nombre a uno de sus libros Jacques Derrida, dan pie al compromiso en un mundo considerado al revés. La desconexión de los fantasmas y la mirada objetiva es necesaria.

Actualmente en la conmemoración de los 200 años del nacimiento de Marx, la reinvención de la lectura es mayor: quitemos la hagiografía de un teórico que nunca nos abandonó y pongamos atención a la claridad de las palabras que incitan a la práctica. Como maestro con su alumno, concluyamos: Te conocerán por lo que haces. El nombre poco importa. Tu apellido será recordado. No lo olvides. Agradar es lo de menos. Provocar el cambio es lo que cuenta.

Fabián Martínez Becerril – Escritor.

 

 

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