Home»“Mujercitas” o el camino hacia la virtud

“Mujercitas” o el camino hacia la virtud

En el 150 aniversario de la novela de Louisa M. Alcott

Segundo volumen de la edición de 1870 de “Little Women”.

Contrario a la usanza de los tratados antiguos, en los que los temas morales merecían ensayos insondables o las más indescifrables alegorías, la ligera pluma de Louisa May Alcott (Pensilvania, 1832-Massachusetts, 1888) logró expresar con la mayor naturalidad, y sin dejar de lado su genuina agudeza, temas trascendentes en sus novelas.

En un afán por explorar el mejor camino hacia la virtud, la autora dedicó parte importante de su obra a enaltecer una idea que Plutarco vindicó en Virtudes de mujeres: “una sola y la misma es la virtud de la mujer y del hombre”. Pero tras experimentar las desfavorables consecuencias de pensar liberalmente, decidió escribir para cada género un propio tomo.

Mujercitas fue el primer experimento al estilo de John Bunyan, quien escribió sobre Cristo y su peregrinar hacia la Ciudad Celestial y bajo cuyo trascendentalismo fue educada la joven Louisa en el seno familiar. Sin embargo, el mérito de la novela más exitosa de la escritora estadounidense se debe, aun en la actualidad, a su sencillez, “el mejor encanto de todo poder”, como la propia M. Alcott escribe en el séptimo tomo de su libro, y con la que logró retratar el penoso camino para llegar al punto más álgido de la moral humana.

Con sus capítulos didácticos, en los que cada nueva aventura resulta en una enseñanza, M. Alcott ofreció al público juvenil una obra pletórica de admoniciones y consejos que se vuelven agradables porque “son capaces de comprender y compartir las alegrías de los niños” (Mujercitas, XIX).

El encanto de la vida, en apariencia mundana, de Meg, Jo, Beth y Amy reside en su familiaridad y, por lo tanto, en la facilidad con que el lector puede identificarse con una serie de personajes diáfanos hasta en sus más profundos pensamientos. De ahí que Mujercitas acumulara no poco reconocimiento y popularidad, pues no sólo se convirtió en un aliciente y modelo a seguir para las jóvenes que aspiraban a ser mejores; también fomentó la esperanza de que cualquiera, aun en las más humildes condiciones, podría alcanzar una vida virtuosa.

Mucho ayudó a la verosimilitud de las hermanas March, el carácter autobiográfico de la novela. Las experiencias narradas por M. Alcott retoman memorias vividas en el huerto de la casa paterna que aún prevalece en Massachusetts, y a la vez son producto de la adaptación que la autora hiciera de sus propias ideas y creencias.

Con Mujercitas es claro que la adversidad de la vida va más allá de circunstancias, como la guerra o la pobreza: la vanidad, el mal genio, la timidez y el egoísmo son algunos de los defectos que representan a cada una de las March y, asimismo, son todos el enemigo común contra el cual, a lo largo de los 23 capítulos que describen su peregrinar, deberán luchar retomando los valores primigenios que enaltecen el trabajo, la familia y el amor genuino por encima de las demás riquezas.

Con todo, no deja de parecer una ironía el título que da nombre a la novela, en contraste con la magnanimidad de espíritu que se van procurando las cuatro hermanas, a través de los continuos aprendizajes y moralejas. Pero es que Louisa May Alcott bien sabía que esta grandeza es determinante y puede hacer una impronta más honda para toda la vida en una etapa de transición; en una etapa en la que, como dice Josephine March, todas aquellas jóvenes lectoras, al igual que sus heroínas, “[…] ya no son niñas pequeñas, ahora son Mujercitas”.

Fernanda Gallegos Negrete – Estudiante y profesora en letras.

 

linea

 

También puedes leer

linea