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Nostalgia desde una “Bahía de Sal”

Sobre el libro ganador del Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela 2016

Gabriela Guerra Rey. Foto: Lecturafilia.

“¿Por qué íbamos a querer salir si ahí teníamos todo?”, se repite María al inicio de Bahía de Sal (Huso Editorial / Hiperlibro, 2018), una novela donde ella se desdobla como testigo de experiencias inauditas en un pueblo de tintes míticos que bien podría ser la isla de Gabriela Guerra (La Habana, Cuba, 1981), su autora, o alguno de esos pueblos mexicanos donde la realidad llega a ser más increíble que la vida inventada.

La característica principal de este espacio de la realidad literaria es la universalidad del lugar desde donde María de la Sal cuenta lo que pasa con su familia y su pueblo mientras son arrollados por un éxodo inevitable; ese mismo destino que enfrentaron a finales del siglo XX miles de cubanos y la propia Gabriela Guerra, merecedora del Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela en 2016.

Las historias de donde brota Bahía de Sal son resultado de la propia experiencia de su autora, cuando a los 10  años se mudó junto a su familia a un pueblo alejado de La Habana; también del fatídico año de 1991, cuando cayó sobre Cuba la crisis del “periodo especial”, un tiempo marcado por las carencias y la incertidumbre.

Bahía de Sal es también la geografía de un pueblo cualquiera, sin tiempo exacto ni lugar preciso, donde todo ocurre de manera cíclica: las lluvias, las sequías, los retornos, las crisis, la vida, el amor y la muerte; donde María de la Sal usa la palabra como último recurso para rescatar el pasado y convertirlo en un sueño promisorio.

Con motivo del reciente lanzamiento de su libro al mercado mexicano y con pretexto de la reciente sucesión presidencial en Cuba, un hito en la historia del país emblema de la resistencia latinoamericana, conversamos con Gabriela Guerra Rey sobre los derroteros que ha seguido su escritura allende el mar.

Antes de escribir Bahía de Sal publicaste un conjunto de crónicas en Argentina, Nostalgias de la Habana. ¿Cómo se relacionan esos dos libros?

—Yo digo que Nostalgias es, más que una obra escrita, una obra vomitada porque es un libro sobre mi vida y la de mucha gente en Cuba. De alguna manera es autobiográfico, aunque es mucho más, porque trata cosas que le importan a los cubanos y a la gente de fuera sobre el periodo revolucionario, este largo karma que nos ha tocado vivir. Esas crónicas surgieron por una necesidad imperiosa de expresar todo eso que nos había pasado, que pude empezar a canalizar cuando estuve de este lado del mar y aquello que viví se convirtió justamente en nostalgias. En Cuba varios poetas han hablado sobre esta cosa que uno de ellos llama “la maldita circunstancia del agua por todas partes”; es la sensación que tenemos los isleños de vivir encerrados. Es un libro testimonial y todo lo que está puesto ahí es absoluta realidad.

En Bahía de Sal hay muchos temas que son similares con Nostalgias de la Habana, pero es otra cosa, que salió sin planearlo, de estas cosas que vives o que la gente te cuenta, no sólo en Cuba, sino en muchos lugares del mundo donde he estado. Bahía de Sal es un pueblo imaginario, pero en mi cabeza se parece a algunos pueblos de Cuba, de México, de nuestro continente, porque al final hay mucha similitud en cómo vivimos los seres humanos en aldeas pequeñas.

Tengo una prima muy querida, que además vive en México desde hace unos pocos años, así que ha sido el único familiar que he tenido cerca recientemente. Ella es de una provincia al centro-oriente de Cuba, donde las cosas se vivían todavía de manera más surrealista que en La Habana. Unos meses antes de que empezara a escribir Bahía de Sal, me contó historias de mi familia que nunca había escuchado. Siempre nos reuníamos en familia y esta vez de pronto nos reunimos solas y descubrimos que estábamos acosadas por los recuerdos. Muchas historias nacieron de sus propias vivencias personales, pero la novela de ficción tiene la característica de permitirle al escritor crear, con el material que tiene, un mundo donde casi todo es posible, donde tomas elementos de la realidad, de las historias que te cuentan y de los fantasmas que están en tu cabeza y que te permiten escribir.

¿Se puede contar mejor nuestra historia desde la realidad literaria que a través de los esquemas de las ciencias sociales o políticas?

—Creo que es muy importante contar nuestra historia desde la realidad literaria porque la gente asimila mucho mejor una novela de ficción que una novela histórica. Para mí ambos géneros son fundamentales, pero estoy consciente de que la literatura aderezada puede llegar a más gente. Al final creo que eso no es sólo una labor de la literatura sino de otras artes. Sabemos lo que ocurrió en periodos anteriores de nuestra existencia gracias a eso, y así mismo tenemos una posibilidad de que en el futuro se sepa qué vivimos nosotros gracias al arte y la literatura.

¿Eres consciente como escritora de esos límites entre historia y literatura, de esa delgada línea entre la ficción y realidad?

— Eso es un problema grande que tenemos los escritores, porque a veces te cuentan historias reales que son mucho mejores que las que se te pueden ocurrir. La realidad supera muchísimo y con creces a la imaginación. Hay siempre un conflicto interno por saber qué vas a contar de la vida de la gente. En mi caso, no pienso en tomar algo como parte de la realidad o de la ficción. Eso ocurre a medida que estoy sentada frente a la computadora y escribo; entonces empiezo a construir alrededor de un hecho real o tomo elementos de la realidad para construir otro de ficción. La geografía de Bahía de Sal está relacionada con el lugar donde me fui a vivir cuando tenía 10 años y donde aún viven mis padres. Algunas de estas historias nacen de aquellos años de secundaria y de mis amigas de esa época, que hoy viven en diferentes lugares del mundo.

 

En tu libro la mujer se vive como una presencia generadora de un nuevo mundo, de nuevas posibilidades, ¿de dónde surge esa fuerza generatriz?

— Yo soy una mujer comenzando un milenio nuevo, que ha tenido que ver y distinguir qué es lo que vivimos frente a una sociedad que todavía parece que es de hombres. México es un excelente referente sobre esto: alguna vez leí en algún periódico una estadística que no quisiera dar por cierta, de que cada siete minutos muere una mujer por abuso doméstico. Eso es apabullante, significaría que en este tiempo que estamos hablando ya han muerto dos. Eso de alguna manera me lleva a escribir sobre las mujeres, porque para mí es una responsabilidad social que en la literatura también tratemos los temas de lo que nos ha tocado vivir.

Por otra parte, soy parte de una familia donde las mujeres han sido un sustento no tanto económico como una columna vertebral. Tuve una bisabuela en la que está inspirado el personaje de la abuela en Bahía de Sal, aunque de ella no sé nada, porque a duras penas mi mamá la conoció cuando era muy jovencita. Pero esa mujer es la que le enseñó a mi abuela, la primera generación familiar que sí conocí, temas trascendentales, como la honestidad a rajatabla y la generosidad de una familia muy humilde, donde si había un pan se compartía entre todos. Desde esa tatarabuela tan lejana, el pedestal de mi familia han sido las mujeres, cosa muy común en Latinoamérica. Me parece un tema muy importante a tratar y del que he hablado en mi obra y en mi vida cotidiana. No soy una feminista declarada pero sí defiendo lo femenino y toda esa relevancia que la mujer ha tenido en la sociedad.

La precariedad es un elemento recurrente en tu novela. ¿Cómo recuerdas esa experiencia desde los países donde has podido vivir?

— Además de vivirlo en carne propia durante los años de la crisis dura de los 90 en Cuba, es algo que desgraciadamente nos toca ver a todos los que hemos recorrido un poco del mundo. México tiene una de las mayores desigualdades. A uno le parece difícil entender que la gente viva de determinada manera y cómo marca eso su ritmo de vida. Yo, que viví situaciones así, aprendí tantas cosas que quizá si no las hubiera vivido no las podría escribir, u hoy sería una persona diferente. Aprendes realmente qué es lo importante, qué es lo trascendente y qué no vale la pena sufrir.

¿Cómo ha sido la experiencia de la condición de exiliado?, ¿cómo se vierten esas vivencias en tu literatura?

— Cuando uno está a punto de subirse al avión y abandonar el lugar donde nació no tiene la mínima idea de todo lo que viene después. Han pasado ocho años desde que llegué a vivir definitivamente en México y aún hay muchas cosas que estoy aprendiendo de este proceso que, también, te convierte en una suerte de transterrado. Tienes que aprender a vivir afuera, lejano a tus raíces, tu tierra. El caso de los cubanos es excepcionalmente doloroso porque estamos muy ligados a nuestra cultura, nuestra música, nuestro mar. Nuestra historia está llena de separaciones. Toda mi familia se fue de Cuba cuando yo no había nacido. Nací marcada por la condición de la separación, de los adioses, del que está del otro lado, de las despedidas, de los migrantes.

Vivir esa experiencia directamente es un proceso indescriptible. He necesitado dos libros y quizá tres o no sé cuántos más para plasmar todo las vertientes que esto implica. Cuando la gente está obligada a emigrar en circunstancias en las que siente que no puede seguir viviendo en su realidad, tiene un camino muy lindo por delante, que es el de ″qué me espera″, pero también uno muy terrible que es el de ″qué es lo que estoy dejando atrás″, incluida la familia.

Parece que todo lo que escribes es una carta de amor a Cuba.

— Es una carta de amor a Cuba. Soy una patriota profundamente enraizada a mi tierra. Una de las fuentes de inspiración más grandes para mi obra literaria está en Cuba. A veces me declaro con una frase, parafraseando a Ortega y Gasset, que dice: ″soy yo y mis circunstancias″; yo digo que ″soy yo y mis nostalgias″, porque es parte de mi personalidad vivir con este cúmulo de recuerdos que en mi caso no son para nada malos. Aunque la nostalgia puede llegar a ser dolorosa, a mí me permite escribir y retomar todas estas historias vividas, escuchadas o imaginadas para hacer literatura con ellas.

¿Cómo te gustaría que fuera recordada Bahía de Sal por los lectores?

— Desde que puse la primera línea me causó un placer infinito, en contraste con lo que me pasó con Nostalgias de la Habana, que me causó muchísima angustia. Con Bahía de Sal fui completamente feliz desde la primera línea hasta la última. Tuve el honor de recibir el premio Juan Rulfo, entonces para mí es completamente el sentimiento de madre, que tiene un hijo y es un acto de amor. Así me gustaría que la gente la leyera, la esperara y la recibiera.

¿Un premio tan importante como el Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela qué ha significado en tu carrera como escritora?

— Definitivamente fue una sorpresa y ha sido uno de los momentos más importantes que he tenido como persona y como escritora. Me abrió las puertas. Podría decir que ese fue el parteaguas para pasar a esta otra fase, en donde me siento bien de ser reconocida no nada más como escritora, sino como escritora mexicana, porque soy naturalizada de este país, acá escribo, trabajo y he hecho mi obra. Escribir aquí es ya una necesidad de vida.

Alfonso Navarrete - Jefe de información de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.

 

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