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Pita Amor (1918-2000): naturalidad y perfección

Foto: Especial.

Era más o menos de baja estatura y de voz poderosa, una voz que imponía por su fuerza y su cadencia. Iba por las calles de la colonia Juárez siempre provista de una suerte de arsenal de joyas que junto a sus ojos parecían encenderse, fuego esbelto, fuego vivo. Miraba fijamente aunque sus ojos no parecían tener reposo. No captaba lo que tenía delante sino más bien lo que se escondía tras los rostros de los otros. Así hacía consigo misma.

Fue una poeta que llevaba su música por dentro y que durante años, hacia los lejanos años del medio siglo XX disfrutó su leyenda, entreverando las luces de la mentira y el peso de la verdad. Su verdad, no puede haber duda, fue la poesía. La traía en los labios, como una flor o como una roja manzana fresca. Su poesía corresponde al tiempo aquel en que aún se confiaba sobre todo en la fuerza rítmica del verso, en la acentuación precisa, en la rima juguetona y precisa.

Pita Amor nació hace 100 años y murió hace 18 (en el 2000). Su vida encuadra a la perfección en el grupo de mujeres que Elena Poniatowska (Amor) ha llamado las “cabritas”: mujeres libres, autónomas, emancipadas, anticonvencionales en un mundo regido por el inaceptable machismo, incesante generador de prejuicios, simulaciones, hipocresía.

Pita forjó su leyenda al sostener tal actitud y sobre todo, en la naturalidad con que hacía sus versos y sus poemas. Elena Poniatowska atina cuando apunta que los sonetos de Pita Amor (su tía) son de factura perfecta. Lo son sin duda, y tanto que por los años 60 corría la versión en el ambiente literario —entre risas y no sin alguna seriedad— de que a la poetisa “le hacía” aquellos sonetos su amigo don Alfonso Reyes.

Mujer de amores y pasiones, se mantuvo lejos de la forzada dulzura, a la vez que supo verse en un espejo que, como ante los otros, la mostró desnuda, como si la belleza —buscada, conseguida— fuera su única divisa. Sus poemas forman una bibliografía considerable, y sin duda gozosa y conmovedora: Yo soy mi casa  (1947), Puerta obstinada (1946), Polvo (1949), Décimas a Dios (1953), Otro libro de amor (1955), Fuga de negras (1966), Soy dueña del universo (1984) se cuentan entre sus títulos.

Hacia los últimos años de su vida andaba por la colonia Juárez bien arropada, con un paraguas. Se trepaba en taxis, caminaba de seguro concibiendo rimas al mirar el lento movimiento de los árboles. A la distancia, hoy puede afirmarse que aquellos decires eran a todas luces falsos. Bastaba verla y bastaba oírla. Ella era algo así como un surtidor, una fuente brotante de versos felices o desgarrados.

Juan José Reyes – Escritor, ensayista y editor.

 

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