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Raúl Renán: Traductor del misterio

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Raúl Renán. Foto: Siempre!

La vocación literaria de Raúl Renán lo inundó desde la infancia. No era entonces una raíz sino ya una práctica diaria, un descubrimiento y una actitud de experimentación ante las letras, su significado y el sentido de la poesía. El inicio de una cruzada en pos del hallazgo del “poema dentro del poema”. Estos elementos acompañaron al también tallerista, narrador y editor a lo largo de su vida.

Renán nació en Mérida, Yucatán, el 2 de febrero de 1928. Falleció el pasado 14 de junio en la Ciudad de México de 2017  y en el transcurso se convirtió en un maestro de escritores en el arte de la experimentación poética, así como promovió la creación literaria desde distintos ámbitos.

Vivió tiempos difíciles: fue encargado por su madre con unos conocidos cuando tenía cuatro o cinco años. Una “forma de vida tan punitiva, llena de torturas, de acusaciones; por ejemplo, si algo ocurría durante el día y mi tutora lo juzgaba mal, me castigaba y cuando llegaba mi tutor en la noche, se lo contaba y él también me castigaba, aun dormido. Es durísimo eso. Pasé una vida de niño de esa manera”.

Sin embargo, esta familia le produjo su primer acercamiento con las letras. El hombre que lo adoptó inmediatamente decidió que leyera. “En ese empeño nace mi interés y la curiosidad para localizar las palabras. Empiezo a saber los elementos y ahí, prácticamente, es mi entrada a la literatura”, recuerda Raúl Renán.

Como un juego, como curiosidad, así se despertó ese interés, afirma el autor en retrospectiva: “Fue una cosa sorprendente, preciosa. ¡Qué cosa tan bonita! Las palabras que yo uso están aquí y aquí las cuentan, son como cuentecitos. Comencé a usar el periódico para doblarlo e intentaba imitar un librito como los dos que tenía a la mano y a subrayar las palabras que yo conocía. Ahí está el germen, el libro experimental, ahí está exactamente el poema dentro del poema”.

Renán afirmaba que la conciencia ocurrió cuando terminaba la primaria. Su tutor un día le dio el libro Lecciones de cosas para que lo copiara. “Me llegó a aburrir tanto que empecé a inventar, en lugar de copiar (…). Empecé a escribir cosas que me salían de la cabeza. También lo hacía jugando; me ponía a pensar y escribía. No estaba diciendo ‘soy escritor’ o ‘¿qué es esto?’ No, no lo juzgaba”.

Ahí se hallan otras claves de su futuro: “Fue un inicio muy fuerte, muy poderoso. Además, me ponía a copiar y yo no salía a jugar. Oía los gritos de niños jugando en el parque y yo no salía a jugar. Era un castigo y además era una disciplina de escritor, sin saberlo”.

Es incierto el momento en que arribó a la poesía. Renán confesó que se comparaba con un vecino; escribía a su lado. “Yo me ponía a escribir en mi casa con la intención de equiparar la calidad de mi amigo. Empezamos a comprar libros de los poetas yucatecos. Cuando empezamos a intercambiar trabajos, aumentó mi capacidad para escribir poemas”. En este punto se fue haciendo de esa disciplina, explorar su vocación y perseguirla con los medios disponibles.

En Mérida, durante sus estudios de secundaria es que entra en contacto con la poesía clásica, con los libros de poetas españoles del Siglo de Oro que lo acercaron a “la maravilla”, por esos “poemas tan preciosos, tan bien hechos, con un lenguaje de tal hermosura que me llenó de júbilo”. En la preparatoria comenzó a publicar textos en una revista estudiantil. Y mutó su escritura al verso libre. Eran los comienzos de los cincuentas. Luego, es atraído por Matsuo Bashō hacia el haikú. Y en la misma línea de su experimentación, comienza a cambiar lo formal alterando lo que considera su gran creación estilística: “el neo soneto”.

“Ahí adopté el principio de que lo primero que hay que ver del poema es la forma. Debe ser una forma nueva, diferente, atractiva, que dé significado a lo que estás escribiendo. Por eso hago toda esta variedad tremenda, hasta llegar a la modificación, que es mi éxito más grande, hago los sonetos de una sílaba”, explicaba sobre ese tiempo.

El conocimiento de la poesía clásica en Renán se puede encontrar en su libro Catulinarias y sáficas:

¿Por qué te digo, Virtus,

que también es un feo vicio el vivir?

Porque es tentación de disolutos,

ocasión de ruindades,

espacio de contiendas,

valle de tentaciones,

jornada de crueldades,

tiempo de malicias,

lapso de muerte.

Ya en la Ciudad de México ingresó a la carrera de letras hispánicas y arte dramático en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ya devorado por su pasión literaria, comenzó a publicar sus libros de poesía, narrativa y ensayo, que superaron la treintena de títulos, como Lámparas oscuras (1976), Catulinarias y sáficas (1981), Gramática fantástica (1983), Los silencios de Homero (1998), El río de los años (2005), Rostros de ese reino (2007), entre otros. Y en 2012 vio la luz el tomo uno de su Poesía completa.

Al alimón de su trabajo como creador, también fue impulsor de la literatura a partir de la promoción cultural y los talleres que impartió en muchos lugares del país, por cuenta del Instituto Nacional de Bellas Artes y la UNAM. Fue fundador de la editorial La Máquina Eléctrica. Sobre su trabajo como guía de escritores noveles, Raúl Renán señaló: “como a los jóvenes nunca les habían planteado la naturaleza de la experiencia del verso libre, despiertan a un terreno completamente libre, diferente y lo hacen bien (…) Es riquísimo ver el entusiasmo de los jóvenes al descubrirlo, es una cosa jamás oída por ellos y ese es el camino que los llevará a escribir buenos trabajos, muy buenos”.

La dualidad maestro-alumno le permitía, según dijo el mismo poeta, un gran enriquecimiento y le abrió nuevos senderos: “Veo que el trabajo de experimentación, que localizo concretamente desde la creación del verso libre, desde allá advierto que existe una gran apertura. Si no existe apertura no hay experimentación posible (…) Y yo pensaba que hay que hacerlo diferente, hay que cambiar, hay que lanzarse a recrear el idioma. Me da mucho gusto cambiar el idioma, mucho”.

Para Renán, la poesía “muchas veces es un misterio y quizá el poeta es el traductor de ese misterio, mejor dicho de la revelación de ese misterio; cuando sucede esa revelación, el poema puede surgir a través del poeta. También creo que el poema genera luz, es una forma de conocimiento que no se ciñe al concepto de razón”.

Así, las preguntas sobre el conocimiento y la ambigüedad son visibles en su poema “Circo”, del poemario Viajero de sí mismo (1991), que quizá no resume una vida pero sí ese afán de traducir el misterio que fue la marca de un poeta como Raúl Renán:

¿Quién soy dentro de mí?

¿Quién me sonsaca

y me inculca que diga?

¿De dónde viene este viaje

que se liga a otro camino

y a otro que prepara huellas

venideras,

para qué pies?

¿A dónde va este ir,

esta cansada güeva?

¿Dónde está la terminal?

¿Quién lleva la estafeta,

cuál es la contraseña

para salir de este circo

de fieras y payasos?

R. Martínez T. - Escritor

R. Martínez T.

 

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