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Recienvenido seas, Ricardo Piglia

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Foto: Especial

Murió Ricardo Emilio Piglia Renzi (1941-1917). La recitación de su nombre completo es ya motivo tanto de juego como de homenaje entre sus lectores, pues como sucedía cuando escribía, el argentino portaba dos caras: una visible y otra al acecho. Se fue y deja la sensación de que tenía todavía varias cartas bajo la manga, desenlaces abiertos, más lecturas a contracorriente, más teorías sobre la lectura en forma de narrativa.

Una de las últimas imágenes que nos quedarán de él son las escenas donde habla con tranquilidad sobre sus 327 cuadernos, el documental de Andrés di Tella dedicado a Piglia y sus ingentes diarios. Una imagen para combatir aquella del escritor convaleciente y, duele escribirlo, abandonado a una enfermedad de doble apellido, la esclerosis lateral amiotrófica.

Piglia, se ha dicho mucho en estos días, fue el último de los grandes escritores argentinos del siglo XX. Aunque, repasando su bibliografía, parecería en verdad el primero que se va de esa camada que tuvo por titánica responsabilidad suceder a Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares… gigantes de un vivero que lleva ya más de 60 años sin necesitar un Nobel para agenciarse la reputación de ser una de las literaturas más potentes de Latinoamérica. O, si no, al menos aquella en donde la lengua española nace respirando aires extravagantes, siempre a punto de dar otro salto diacrónico, la región del Río de la Plata como enclave de la experimentación centroeuropea.

Un reto en especial, el de escribir en la era post-Borges, misión parecida a la de volver a empezar después del fin de la historia, Piglia lo asumió bajo la égida del excéntrico. Si el clasicismo argentino estaba ya bien constituido, era tiempo de explorar por algunas de sus salidas laterales. Por eso, los dos grandes acompañantes de Piglia fueron Macedonio Fernández y Roberto Arlt; el primero, el gran experimentador de la novela como dispositivo y objeto narrativo; el segundo, un modulador del habla popular y de la novela negra que sigue escapándose a la clafisicación del canon.

Con esos penates, Piglia emprendió la literatura como él mismo la veía: como viaje y como investigación. Y qué otra manera que el diario, forma que es a la vez confesión, relato, libro de apuntes y ensayo y que el joven escritor usó como plataforma de su obra entera.

En sus obras -desde Jaulario (1967), sus primeros nueve cuentos; pasando por Respiración artificial (1980) y La ciudad ausente (1992) el par de libros que le ganaron un sitio como referente frente a la crítica y el público lector; su afamada Plata quemada (1997), reinvención del género policiaco; hasta Blanco nocturno (2010, Premio Rómulo Gallegos y Casa de las Américas al mismo tiempo)- Piglia combinó la narración convencional con formatos paratextuales como el prólogo, las fichas de archivo, las notas de diario, a la vez que perfeccionaba el mestizaje entre ensayo y relato.

A la vez operación y reflexión, su estilo (por llamarlo de algún modo) ha ido desembocando en una summa: Los diarios de Emilio Renzi. Más que un personaje y un narrador recurrente, Renzi  -dijo Piglia en entrevista con uno de sus primeros lectores mexicanos, Marco Antonio Campos-, “es el tipo de gente que si yo me descuido un minuto mi vida sería como la de él. A Renzi sólo le interesa la literatura”.

Divididos en Años de formación y los Años felices, son -a la espera de un tercer volumen todavía inédito- una autobiografía en la que surge la dualidad Emilio Renzi/Ricardo Piglia; autor/narrador en un diálogo en el que la vida en común del escritor, el asistente editorial y el estudiante se encuentran al final de una trayectoria.

En Piglia convergían, como sucede a cualquier escritor, la historia política y literaria de su país, sus grandes maestros y sus propias apuestas como lector. Pero él hizo de esta condición un motivo capital para su forma de narrar y de leer, dos actividades que fundió de manera magistral.

Él, quien tuvo a su cargo como Borges una colección de literatura policiaca -donde reunía a Dashiell Hammett, Raymond Chandler, David Goodis y Horace McCoy-, creó una serie dentro de las colecciones del Fondo de Cultura Económica en su filial de Argentina, la del Recienvenido, dedicada a los escritores argentinos de culto, verdaderos narradores extravagantes y marginales como Ezequiel Martínez Estrada, Sylvia Molloy, C.E. Feiling, Germán García y Ana Basualdo. El título, una vez más una referencia prestada de su adorado Macedonio Fernández, se refiere a aquellos que están por llegar y no se les espera pero son bienvenidos.

Se va, pues, el último del siglo XX y el primero del XXI. Recienvenido sea dondequiera que esté.

Olmo Balam

 

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