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La rebelión de Richard Ford

Richard For Clifden Irlanda Karen Robinson The Guardian

Richard Ford en su casa en Clifde, Irlanda. Foto: Karen Robinson/The Guardian

En una entrevista reciente, Richard Ford (Jackson Mississippi, 1944) respondía a La Pregunta: “¿cuál es su libro favorito?”. El escritor, recién galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016, respondió ambiguamente, pues para él la experiencia literaria no es una que se pueda jerarquizar, los rangos de un libro son los de sus lecturas. La literatura sería, entonces, como un viaje en avión: “te subes en él, lees esto o aquello, y no esperas encontrar el mejor libro del mundo”.

Una respuesta en consonancia con una frase de Larkin que ronda en Flores en las grietas (2012), la recopilación de conferencias y escritos autobiográficos de Ford, y que dice “una de las razones para escribir es que todos los libros que existen son de alguna manera insatisfactorios”. Ford, ha escrito por más de cuarenta años porque sabe que cada libro, cada ciudad y cada personaje, renace en cada lector.

En su juventud, nadie hubiera apostado porque Ford se convertiría en escritor, pues sufría dislexia. Cuando su padre murió a causa de un infarto, decidió tomarse en serio la vida. Estudió primero administración hotelera pero se graduó en letras inglesas en la misma universidad, la de Michigan State. Unos años después ingresaría a una maestría de escritura creativa en la Universidad de California, donde tomó clases con Oakley Hall y E.L. Doctorow.

Su condición disléxica le permitió, a pesar de todo, acceder a la literatura con el privilegio de la lectura lenta, y el de la concentración en unos cuantos libros leídos con escrúpulo (Abasalom, Absalom de Faulkner o las obras del mencionado Philip Larkin). Sobre todo, valorar cada texto en su propia dimensión. Ford sabe que hay escritores y críticos con un bagaje cultural más amplio, más numeroso, pero lo que él sabe lo sabe a fondo, como el erizo de la fábula.

Los primeros libros de Ford recibieron una bienvenida cálida pero no más, A piece of my heart (Un trozo de mi corazón, 1976) y The ultimate good luck (La última oportunidad, 1981) le dieron la satisfacción de escribir pero su poco éxito lo inclinó a buscar otros trabajos, sólo en caso de que su destino no fuera el de novelista.

Ford estaba entrenado para escribir, así que al menos viviría de su pluma. Encontró trabajo en la revista neoyorquina Inside Sports, con el respaldo de su formación de escritor y sus conocimientos deportivos –en su juventud, también había sido un boxeador y atleta aficionado. De ahí salió The Sportswriter (1986), que significó el primer triunfo comercial de Richard Ford. Fue también su última oportunidad de asestar un golpe editorial. Su agente, Amanda Urban, le dijo que si El periodista deportivo no funcionaba, ese era el fin.

A ese primer libro sobre el nativo de New Jersey, Frank Bascombe, le siguió Independence day El día de la independencia, 1995), libro que le merecería el Pulitzer de 1996, y tres libros que completarían la saga, The lay of the land (Acción de gracias, 2006) y recientemente Let me be Frank with you (Francamente, Frank, 2014), un libro que contiene cuatro nouvelles. Cada encarnación de Bascombe difiere entre los libros, productos de una relación autor-personaje que se vive como si se tratara de un vínculo entre amigos.

Además de esa tetralogía, Ford ha escrito otras novelas como Wildlife (Incendios, 1990), cuentos, reunidos en Women with men: three stories (De mujeres con hombres, 1997), Rock Springs (1987) y A multitude f sins (Pecados sin cuento, 2002), todos ellos publicados y traducidos por editorial Anagrama, la que se ha convertido en su casa hispanohablante.

Ford fue pronto el blanco de los periodistas y críticos literarios, ávidos de colocarlo en la corriente del “realismo sucio”, la misma a la que pertenecerían autores del tardío siglo XX como Raymond Carver, Cormac McCarthy o Carson McCullers.

Perteneciente o no, Ford dibuja un Estados Unidos muy parecido al de sus colegas. Ya sea el de Great Falls, Montana, o el de su Mississippi natal, se trata de escenarios donde la diversidad cultural es el motivo de los conflictos; una nación multirracial en donde la izquierda se arroga ilusorios genes indoamericanos y donde los conservadores se sienten amenazados por nativos que sienten extranjeros.

De nuevo: todos los libros son, en una medida u otra, insatisfactorios. Por eso Richard Ford seguirá escribiendo sobre ciudades y humanos, un binomio que lo ha ocupado tanto como el de instigar en cada uno de sus libros una provocación. Cierro con otro pasaje de Flores en las grietas en el que también se convoca a Kafka: “Quiero que mis historias, si es posible, afecten a los lectores como la gran literatura me ha afectado a mí, es decir, que sea el hacha para el mar congelado que está dentro de nosotros, que sea, como escribió Dürrenmatt, una rebelión contra la muerte.”

Olmo Balam

 

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