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Saturnino Herrán: Identidades en tránsito

Sobre la exposición "Saturnino Herrán y otros modernistas", muestra pictórica en honor al centenario luctuoso del artista mexicano

Un retrato de Saturnino Herrán. Imagen: Especial.

Ramón López Velarde describió a  Saturnino Herrán como “el más mexicano de los pintores y el más pintor de los mexicanos”. Al caminar por la exposición Saturnino Herrán y Otros Modernistas del Museo Nacional de Arte, es posible escuchar los ecos de los diálogos y tertulias entre Herrán y sus contemporáneos, como Alberto Garduño, Ángel Zárraga, Antonio Fabrés, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Francisco de la Torre, Germán Gedovius y Francisco Goitia, entre otros. Ecos de conversaciones sobre arte y sobre cuestiones como el criollismo, el indigenismo o el mestizaje en México, términos clave en el diseño del proyecto de la idea de la nación y la identidad mexicana en esos años de entre siglos y que fueron decisivos en el arte de Saturnino Herrán.

El curador de la exposición, Víctor Rodríguez Rangel conjuga simbolismo, modernismo hispanoamericano e indigenismo modernista para ensamblar la exposición por el centenario luctuoso de Saturnino Herrán (Aguascalientes, 9 de julio de 1887-  Ciudad de México, 8 de octubre de 1918) a través de 86 piezas entre pinturas, dibujos, fotografías e impresos que siguen la estructura de cinco ejes temáticos que reconstruyen su época, su imaginario y las ideas estéticas que lo acompañaron durante su vida como artista.

Saturnino Herrán llegó a la Ciudad de México junto a su madre a la edad de 17 años. Poseedor de un fuego interno creativo, trabajó a la par que estudiaba en la Academia de San Carlos bajo la tutela de artistas como Julio Ruelas, Germán Gedovius, Dr. Atl (pseudónimo de Gerardo Murillo) y Antonio Fabrés. De su caballete emergerían personajes diáfanos, rodeados de un aura melancólica subrayada por una paleta de colores que algunos llegarían a definir como apagados y otros como grises. Retrataría mujeres seductoras, viejos ciegos, jóvenes meditabundos, jugaría con los arquetipos del simbolismo: la femme fatale y el andrógino, asimismo sostendría una obsesión con las tres edades  siempre entrelazando con el pasado  y el paisaje mexicano. Su línea podría considerarse pura, y su representación de la luz sería el resultado de su formación durante el periodo modernista mexicano.

En su encarnación mexicana, el modernismo se manifestó a través el empleo de técnicas europeas como la fotografía y el cosmopolitismo de sus influencias estéticas; al mismo tiempo que evocaba imágenes prehispánicas y regionales. Indigenismo, mestizaje e inclusive la idea misma de la nación se volverían protagonistas del devenir artístico de estos pintores. A fines del XIX y a principios del siglo XX, el Dr. Atl, Roberto Montenegro, Diego Rivera y otros artistas cruzarían el océano y se empaparían del simbolismo y de pintores como Gustav Klimt o el arquitecto Antoni Gaudí.

En este caldo de cultivo emergió un nuevo rol para el artista: ya no se tratará más de agradar al público o crear obras bellas. El artista ahora debía poseer una personalidad fuerte y singular. Algunos sostienen que en el caso mexicano la bohemia del modernismo fue la respuesta al positivismo burgués. Pintores mexicanos como Julio Ruelas, Roberto Montenegro, José Manuel Enciso, Alberto Fuster y Saturnino Herrán terminarían de formarse bajo el influjo del fin de siécle. Sin embargo, en donde era más evidente el deseo de medirse y diferenciarse de los europeos era en la poesía. Por ello surgieron diversas revistas literarias, donde florecería también una nueva proyección plástica. Uno de los mayores estudiosos de la obra de Saturnino Herrán, Fausto Ramírez, investigó la influencia del positivismo en el modernismo mexicano, arguyendo que la naturaleza cientificista del mismo llevaría a los artistas a preguntarse sobre su origen y raíces.Por su parte, José Clemente Orozco, en su breve autobiografía narraría este vínculo de la siguiente manera:

“Fue entonces cuando los pintores se dieron cuenta cabal del país en donde vivían. Saturnino Herrán pintaba ya criollas que él conocía, en lugar de las manolas a lo Zuloaga. El Dr. Atl se fue a vivir al Popocatépetl y yo me lancé a explorar los peores barrios de México. En todas las telas aparecía poco a poco, como una aurora, el paisaje mexicano y las formas y los colores nos eran familiares. Primer paso, tímido todavía, hacia una liberación de la tiranía extranjera, pero partiendo de una preparación a fondo y de un entrenamiento riguroso.”

Saturnino Herrán crearía obras que reiterarían esa dualidad mexicana. Por ejemplo, el tríptico La leyenda de los volcanes (1910), en la que retrata el amor entre el guerrero Popocatépetl y Iztaccíhuatl; La criolla del Mantón (1915) y El cófrade de San Miguel (1917), entre otras pinturas que reinterpretan leyendas e iconos de la cultura mexicana con un trazo y una atmósfera plenamente modernistas.

volcanes herrán

“La leyenda de los volcanes” (1910), Saturnino Herrán. Imagen: Universidad de Coahuila.

En el primer apartado de la exposición, “La formación académica con Fabrés y Gedovius, 1904-1910”, se muestra la llegada de Herrán a la Academia, su dominio del dibujo de la figura humana y el despertar de su interés por la clase obrera y los ancianos. En el segundo núcleo, “Realismo social y simbolismo”, Herrán retrata a la población marginal de la gran urbe, misma que el pintor exploró bajo el mandato de ir a la calle y retratar lo que veía. En estas telas, el artista dejará ver su dominio del claroscuro y del realismo.

En “Vanguardia Internacional”, tercer núcleo de la exposición, Rodríguez Rangel nos invita a reflexionar sobre la influencia del extranjero en el estilo realista y simbólico de Herrán, así como en otros artistas mexicanos.  Esta sección tiene como protagonista una de las obras más famosas de Herrán, La Ofrenda (1913), una pieza que ha sido reproducida en manuales, libros de texto, y demás materiales alusivos a México. En ella aparece un grupo de viajeros de diferentes edades sobre una embarcación cargada de flores de cempasúchil; puede que sea una trajinera sobre el lago de Xochimilco ya que al fondo está el Huizachtepetl, mejor conocido como el Cerro de la Estrella. Lo único certero es que navegan cargando una ofrenda hacia una dirección desconocida. Este hermetismo contrasta con el gesto de una niña que mira directamente al espectador.

El recorrido sigue con “La influencia del modernismo español”, donde se plantea la aceptación de los artistas de la influencia castiza. Contrario a la tendencia hacia el repudio que abundaba en ese entonces, los creadores mexicanos aceptarían la hermandad con la península española. Herrán tendría una relación muy cercana con la iglesia y cofradía de San Miguel Arcángel, ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México que aquí aparece suspendida en el tiempo de la arquitectura y sus cúpulas, conventos, sagrarios y catedrales.

  • "La criolla del Mantón" (1915).
  • "Tehuana" (1914).
  • Panel del tríptico "Nuestros dioses" (1914).
  • Parte central del tríptico "Nuestros dioses" (1914).
  • "La Ofrenda" (1913).
  • "La cosecha" (1909)

 

El cierre de la exposición es “Cuerpo místico y las tipologías decorativas del ‘alma nacional’”, que se centra en las representaciones que Herrán hizo de su esposa, Rosario Arellano, y de la bailarina española Tórtola Valencia. Podría argumentarse que nos encontramos ante un vis a vis de lo que el autor consideraba el ser mexicano (lo que a su vez López Velarde entendió como el criollo mexicano), pues en estos retratos comparece el encuentro de cuerpos desnudos en contextos compuestos por paisajes nacionales y adornos provenientes del viejo continente. Dentro de este apartado sobresale Tehuana (1914), obra que sigue siendo objeto de debate, pues mientras algunos argumentan que la modelo para la tela fue su esposa, Rosario Arellano, otros afirman que fue el propio Saturnino Herrán vestido con un traje de tehuana, lo cual resulta doblemente interesante pues se trata de un vestido típico de una sociedad matriarcal.

Es por este juego de identidades que resulta más enigmática una de las últimas obras de Herrán, Nuestros dioses (1914), en la que el pintor exploró el cruce del cristianismo y las tradiciones indígenas en el proyecto de un friso mural de tres paneles para el Teatro Nacional. Este proyecto tenía como intención representar la conquista de las almas sucedida tras la llegada de los españoles y además era un atisbo del movimiento muralista que estaba a punto de ocurrir en México. Si nos paramos ante el primer panel, nuestros ojos se posan sobre una comitiva de doce figuras, con rasgos claramente indígenas, ataviadas con taparrabos, algunas con penachos, otras llevando en brazos un tributo de frutas; sobre sus cuerpos cuelgan escudos, joyas, armas. Se ven unidas por una anatomía delgada pero que gracias al manejo de luz y volúmenes del artista percibimos es musculosa. Todos menos uno dirigen su mirada hacia su labor o los rezos. El disidente hace contacto visual con el espectador.

En el segundo panel, como respuesta, tenemos a la comitiva europea. Comparten con sus contrarios los rasgos de oración y postración, como si estuvieran ante un espejo. Empero, aquí diferenciamos la presencia de clérigos, hombres de armadura y una virgen. Al frente de la comitiva, casi al mismo nivel, aparece un hombre con una espada y otro con un báculo pastoral. Sus ojos -si es que llegan a estar abiertos- se postran en el suelo casi como si su mirada no fuera digna de la figura frente a la cual se encuentran. Al igual que en el primer panel encontramos un par de ojos que se cruza directamente con el que está afuera del cuadro. Pareciera entonces una invitación a un diálogo sobre lo que sucede en la obra. Para poder entender su mensaje es necesario saber cuál es la figura ante la cual se encuentran ambos paneles. He aquí uno de los motivos por los cuales Herrán es considerado un precursor de la construcción de identidad nacional, pues la figura a la que remiten ambos paneles es la de Coatlicue en su representación de piedra, y sobre ella se esboza el delicado, esbelto y desnudo cuerpo de Cristo.

Se dice que una vez el escritor Carlos Fuentes se encontró con los cuerpos representados por el pintor y dijo que Herrán “le quita los olores de la carroña a la vida”. Saturnino Herrán y Otros Modernistas es una experiencia que sobrepasa el goce estético. En Boston reside un cuadro de Gauguin que Herrán puede o no haber conocido: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? (1897), pero cuya semejanza estilística y estética lo emparenta con más de una pintura del artista mexicano, especialmente con sus trípticos. Así como el nombre de esa pintura, la exposición en el MUNAL en honor a Saturnino Herrán es una reflexión sobre la identidad en transición que ocuparon los creadores de fin del siglo XIX y principios del XX. Y si deseamos continuar la reflexión, las pinturas de Herrán son también una exploración sobre nuestra identidad en el México del siglo XXI.

Saturnino Herrán y Otros Modernistas se presentará desde el 29 de septiembre de 2018  hasta el 24 de febrero de 2019 en el Museo Nacional de Arte.

Myhrra DuarteComunicóloga especializada en cultura.

 

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